La familia de Valentina está al borde de la ruina. Para salvar el apellido y las empresas familiares, ella acepta —o es prácticamente obligada— a casarse con un ranchero millonario de un pequeño pueblo del sur. Ella esperaba un hombre viejo y desagradable. En cambio encuentra a: Ethan Blackwood Treinta y pocos. Alto. Callado. Brutalmente atractivo. Dueño de miles de hectáreas, ganado premiado y medio pueblo. Un hombre que vive con botas embarradas, monta caballos al amanecer y odia todo lo que representa la alta sociedad de la ciudad. Y ahora tiene una esposa que llega al rancho con tacones, maletas de diseñador y cero idea de cómo sobrevivir lejos del wifi.
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Bienvenida al Rancho Blackwood
El camino hacia el rancho parecía no terminar nunca.
Valentina Rossi
miraba por la ventana de la camioneta negra mientras intentaba procesar la cantidad absurda de… nada.
Campos.
Montañas.
Árboles.
Más campos.
¿Cómo podía alguien vivir tan lejos de la civilización?
—Estamos por llegar —comentó
Walter Hayes
desde el asiento delantero.
Valentina apenas asintió.
Había dejado de intentar ocultar su tensión hacía kilómetros.
Y entonces lo vio.
El rancho Blackwood apareció entre las colinas como algo sacado de otra época.
Enorme.
Imponente.
Hermoso de una forma salvaje.
La casa principal estaba construida en madera oscura y piedra, rodeada por cercas interminables, establos gigantes y caballos moviéndose libremente.
Parecía más un pequeño reino que una propiedad.
Valentina observó todo en silencio.
Odiaba admitirlo pero…
era impresionante.
La camioneta finalmente se detuvo frente a la entrada principal.
Walter bajó primero para abrirle la puerta.
El aire frío golpeó nuevamente su piel mientras ella salía cuidadosamente.
Y justo entonces—
crack.
Valentina se quedó inmóvil.
Miró lentamente hacia abajo.
El taco de uno de sus zapatos acababa de romperse completamente al hundirse entre las piedras y el barro.
Silencio absoluto.
Walter abrió apenas los ojos.
Un par de trabajadores que pasaban cerca intentaron disimular que estaban mirando.
Valentina cerró los ojos un segundo.
No grites.
No grites.
No grites.
—¿Señorita Rossi…?
Ella sonrió.
Una sonrisa peligrosamente falsa.
—Estoy perfectamente.
El tacón colgaba miserablemente de su zapato de diseñador.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
Valentina se quitó ambos zapatos lentamente antes de terminar rompiendo el otro taco con la mano.
Walter pareció no saber si impresionarse o asustarse.
—Bueno —murmuró ella sosteniendo los zapatos destruidos—. Supongo que Montana gana el primer round.
Uno de los trabajadores soltó una risa antes de intentar esconderla.
Valentina lo fulminó con la mirada.
Él dejó de respirar casi.
Walter aclaró la garganta rápidamente.
—Le mostraré su habitación.
Sí.
Su habitación.
Su nuevo cuarto.
Su nueva vida.
Dios.
Entró a la casa intentando ignorar el frío suelo bajo sus pies.
El interior era aún más impactante.
Techos altos con vigas de madera.
Chimeneas enormes.
Escaleras elegantes.
Detalles antiguos y masculinos por todas partes.
No era rústico como imaginó.
Era lujoso.
Pero de una forma completamente distinta a Nueva York.
Todo ahí parecía sólido. Real.
Walter subió las escaleras cargando las maletas.
—El señor Blackwood pidió que se sintiera cómoda aquí.
—Difícil misión.
Walter ocultó una sonrisa.
Se detuvieron frente a unas enormes puertas dobles.
Cuando las abrió…
Valentina se quedó quieta.
La habitación era gigantesca.
Una cama enorme.
Ventanas con vista a las montañas.
Muebles antiguos perfectamente cuidados.
Una chimenea privada.
Y silencio.
Demasiado silencio.
No había bocinas afuera.
Ni tráfico.
Ni sirenas.
Nada.
El vacío del lugar comenzó a presionar contra su pecho.
Walter dejó las maletas cerca de la cama.
—Si necesita algo, el personal estará abajo.
—Gracias.
Cuando la puerta se cerró y quedó sola…
la sonrisa desapareció completamente.
Valentina observó la habitación lentamente.
Entonces caminó hacia la ventana.
Montañas infinitas.
Oscuridad.
Viento moviendo los árboles.
Eso era su vida ahora.
Sintió el nudo subirle a la garganta.
—No voy a llorar —susurró rápidamente.
Pero sus ojos ardían.
Porque por primera vez desde que todo comenzó…
entendió algo horrible.
Esto no era temporal.
Ese lugar realmente iba a convertirse en su hogar.