Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
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Capítulo 8
La tarde avanzaba sobre los jardines interiores del palacio, tiñendo el mármol de los patios con reflejos dorados y sombras alargadas. Tras terminar las lecciones de caligrafía y el paseo reglamentario supervisado por el guardia, el pequeño Lucas parecía haber recuperado una chispa de energía infantil que rara vez se permitía mostrar.
Cuando Elizabeth lo acompañó de regreso a la amplia sala de juegos, el niño dejó caer su soldadito de plomo sobre la alfombra y la miró con una mezcla de súplica y esperanza contenida.
—Nana... ¿Jugamos a las escondidas? —pidió el príncipe con un hilillo de voz, frotándose las manos con nerviosismo. Ninguna de las niñeras anteriores le había permitido juegos tan informales; para la estricta corte, el heredero debía comportarse como un adulto en miniatura.
Elizabeth dudó un instante. Conocía las rígidas normas del palacio, los manuales de conducta que prohibían el desorden y las advertencias de las supervisoras sobre mantener la compostura en todo momento. Pero al ver la soledad en los ojos del niño —esa misma vulnerabilidad que ella misma conocía tan bien—, el protocolo pareció insignificante. Una suave y casi imperceptible sonrisa cruzó sus labios.
—Está bien, alteza —aceptó ella con dulzura—. Pero solo una ronda rápida antes de que comience el anochecer. Cierra los ojos y cuenta hasta diez en el rincón. No hagas trampa.
Un brillo de genuina emoción iluminó el rostro de Lucas. Se giró de inmediato hacia la esquina de la estancia, apoyó el rostrito contra las manos y comenzó a contar en voz alta, mientras Elizabeth se apresuraba a buscar un escondite rápido entre los pesados cortinajes de terciopelo azul que enmarcaban los ventanales.
Apenas un instante después, se escuchó el grito del niño anunciando que iba a buscarla. Los pasitos ligeros de Lucas resonaron por la sala, abriendo puertas de armarios y buscando detrás de los biombos, hasta que, con una carcajada triunfadora, apartó la cortina y descubrió a Elizabeth.
—¡Te encontré! ¡Estaba muy fácil! —exclamó el niño, soltando una risa potente y cristalina que hizo eco en las altas paredes de piedra, un sonido alegre que jamás había resonado en esos pasillos y que dejó helados a los guardias en la puerta.
Elizabeth fingió una expresión de derrota fingida y divertida, lo que provocó que Lucas volviera a reír con más fuerza, contagiado por el momento.
—Eres demasiado buen detective, alteza —admitió ella con una sonrisa sincera—. Pero ahora me toca a mí buscar. ¿Te parece si te escondes tú?
El niño asintió emocionado y salió corriendo a toda velocidad por la puerta lateral que comunicaba directamente con el estudio privado y los pasillos adyacentes, buscando un lugar donde ocultarse.
Elizabeth esperó unos segundos prudenciales, contando mentalmente antes de salir de la sala de juegos para seguir su rastro. Con la vista fija en el suelo y los pasos ligeros, doblando la esquina del pasillo secundario con la intención de revisar los corredores, su trayectoria chocó de manera imprevista contra una sólida y imponente masa.
El impacto fue seco. El muro de firme musculatura y pesadas telas la detuvo en seco. Elizabeth exhaló un suspiro ahogado, tambaleándose por el golpe antes de perder el equilibrio y caer bruscamente al suelo sentada sobre el frío mármol.
Con el corazón latiéndole desbocado en el pecho y las manos apoyadas en el suelo para sostenerse, levantó la vista con rapidez, recorriendo una elegante túnica imperial bordada con hilos de plata hasta detenerse en el rostro del hombre que bloqueaba el camino.
Era un hombre de presencia imponente y aterradora, con la mandíbula firme y una mirada que paralizaba el tiempo: un ojo ámbar profundo y penetrante, y un ojo azul brumoso que la examinaba con una frialdad absoluta. El emperador Vinicius en persona.
Antes de que Elizabeth pudiera siquiera procesar el terror helado que comenzó a recorrer sus venas, el sonido de unos pasitos acelerados rompió la tensión.
—¡Papá! —exclamó Lucas corriendo alegremente desde la esquina, deteniéndose justo al lado del soberano antes de notar la presencia de su niñera en el suelo.
El mundo pareció detenerse. Al escuchar la palabra de labios del niño y reconocer al mismísimo dueño de la corona frente a ella, Elizabeth abrió los ojos de par en par, con el terror golpeándole el pecho con la fuerza de un martillo. Recordando de inmediato su posición y la urgencia de ocultar su identidad, se inclinó rápidamente hacia adelante contra el suelo, pegando la frente al mármol en una reverencia desesperada, con las manos temblando bajo el peso de la trampa en la que acababa de caer.