«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 1: El sabor de la traición
El vestido de novia de seda blanca colgaba del armario como un fantasma burlón. Dayana lo miró fijamente mientras se quitaba los zapatos de tacón, sintiendo un extraño presentimiento en el pecho. Faltaban menos de doce horas para caminar hacia el altar con Richard, el hombre con el que había compartido los últimos tres años de su vida. Sin embargo, el silencio sepulcral de la casa de campo de la familia parecía ocultar algo denso, casi asfixiante.
Un gemido ahogado rompió la quietud de la noche.
Dayana se congeló a mitad del pasillo. El sonido provenía de la habitación de huéspedes, al final del corredor. Con el corazón latiéndole con fuerza en la garganta, avanzó descalza, sus pasos amortiguados por la alfombra persa. La puerta no estaba completamente cerrada; una rendija de luz dorada cortaba la penumbra del pasillo.
Al asomarse, el mundo que Dayana conocía se derrumbó en un parpadeo.
Sobre las sábanas desordenadas, entrelazados sin ningún pudor, estaban Richard y Vanessa, su hermanastra.
—Oh, Richard... más rápido... —susurró Vanessa, con una sonrisa de pura malicia en el rostro mientras miraba directamente hacia la puerta, como si supiera perfectamente que Dayana estaba allí— ¿Qué pasará si tu linda prometida nos descubre?
Richard soltó una risa ronca, apretándole la cintura con rudeza.
—A Dayana solo le interesa el estatus de la familia. Es una mujer aburrida, Vanessa. Mañana me casaré con ella por las acciones de su padre, pero tú siempre serás la dueña de mi cama. Ella nunca se enterará.
Las palabras de Richard se clavaron como dagas heladas en el pecho de Dayana. La traición no solo venía del hombre que juraba amarla, sino de la sangre de su propia familia, aquella hermanastra que su padre había adoptado tras volver a casarse.
Dayana sintió que el aire le faltaba, pero las lágrimas no salieron. En su lugar, una furia ciega, fría y punzante comenzó a recorrer sus venas. No iba a armar una escena. No iba a gritar para darles la satisfacción de verla rota.
Dio un paso atrás, regresó a su habitación en silencio, tomó su bolso, las llaves de su auto y salió de la casa bajo la intensa lluvia de la medianoche. El rugido del motor ahogó el llanto contenido que finalmente escapó de sus ojos mientras conducía sin rumbo por las calles iluminadas por el neón de la ciudad.
El bar del Hotel Obsidian era el refugio de la élite más exclusiva del país. Era un lugar donde el dinero compraba el silencio y el anonimato.
Dayana entró arrastrando los pies, con el cabello húmedo por la lluvia y los ojos inyectados en sangre. Se sentó en la barra y pidió el trago más fuerte que el barman pudiera ofrecerle. El alcohol le quemó la garganta, pero no logró adormecer el dolor de la humillación. Mañana todo el país vería su boda cancelada, su padre se sentiría avergonzado y Vanessa se regodearía en su victoria.
—Necesito un milagro... o un demonio —murmuró Dayana para sí misma, apretando el vaso de cristal con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.
Fue en ese momento cuando el ambiente del bar cambió por completo.
Un aire gélido pareció invadir el lugar. Los murmullos cesaron y las miradas de los presentes se desviaron hacia la entrada VIP. Custodiado por cuatro guardaespaldas de rostro imperturbable, avanzaba un hombre que parecía mandar sobre el mismísimo espacio que ocupaba.
Nolan Cross.
El CEO de Cross Enterprises. El hombre más rico, peligroso y enigmático del sector financiero. Conocido en el mundo de los negocios como el "Emperador de Hielo", Nolan era famoso por destruir corporaciones enteras con una sola firma y por rechazar a cualquier mujer que intentara acercársele. Su porte era impecable: un traje hecho a medida que acentuaba sus hombros anchos, facciones esculpidas en piedra y unos ojos grises tan profundos y cortantes como navajas.
Coincidentemente, Nolan Cross era el rival más implacable de la familia de Richard. De hecho, Richard había estado intentando conseguir una reunión con él durante meses, desesperado por salvar sus propios negocios de la quiebra.
Nolan se sentó en una mesa apartada en la esquina más oscura del bar, emanando un aura de absoluto aislamiento. El barman le sirvió un whisky premium sin que el magnate tuviera que pronunciar una sola palabra.
Dayana lo observó desde la barra. Una idea descabellada, suicida y brillantemente malévola cruzó su mente.
Si Richard quiere las acciones de mi padre para salvarse... ¿qué pasará si me uno al hombre que puede destruirlo con un chasquido de dedos?
Empujada por el despecho y la adrenalina de la traición, Dayana se levantó de la barra. Sus pasos la llevaron directamente hacia la mesa de Nolan Cross. Los guardaespaldas se movieron instantáneamente para bloquearle el paso, pero Nolan, con un sutil movimiento de su mano enguantada, les indicó que se detuvieran. Sus ojos grises se posaron en Dayana, analizándola de arriba abajo con fría curiosidad.
—Estás interrumpiendo mi espacio, señorita —dijo Nolan. Su voz era un barítono bajo, suave pero cargado de una autoridad que hacía temblar las rodillas.
Dayana no se acobardó. Apoyó ambas manos sobre la mesa de madera fina, inclinándose ligeramente hacia él. El olor a lluvia de ella se mezcló con la fragancia a madera y tabaco costoso de él.
—Sé quién es usted, señor Cross —dijo Dayana, manteniendo la voz firme a pesar del temblor interno— Y sé que usted odia perder el tiempo. Así que iré directo al grano.
Nolan alzó una ceja, divertido por la audacia de la mujer desaliñada pero extrañamente hermosa que tenía enfrente.
—Te escucho. Tienes treinta segundos.
Dayana respiró hondo, dejando que la imagen de su prometido y su hermanastra en la cama alimentara su valor. Miró fijamente aquellos ojos grises que congelaban a cualquiera y soltó las palabras que cambiarían su destino para siempre:
—Mañana a las diez de la mañana iba a casarme. Pero mi prometido me ha traicionado. Sé que usted necesita una esposa para reclamar la herencia principal de la junta directiva de su familia. Así que le propongo un trato... ¿Quiere casarse conmigo mañana mismo?
El silencio volvió a reinar en la esquina del bar. Los guardaespaldas contuvieron el aliento, esperando que Nolan ordenara sacar a la mujer a patadas.
Nolan Cross no se movió. Se limitó a dar un sorbo a su whisky, manteniendo su mirada imperturbable fija en los ojos decididos de Dayana, midiendo el fuego de venganza que ardía en ellos.
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