Ella puede morir en cualquier momento, pero la presencia del Alfa se convierte en su única ancla para sobrevivir. Kael ha encontrado a su Luna, y destruirá a quien sea necesario con tal de mantener latiendo el corazón de la mujer que ama.
NovelToon tiene autorización de Dalia Hache para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Prólogo
El aire en el despacho principal de la mansión de la familia Valenzuela olía a caoba cara, café recién molido y una hipocresía asfixiante. Camila se mantenía de pie frente al escritorio de su padre, ajustando los puños de su bata médica sobre las muñecas. Aunque la arritmia en su pecho hacía que el corazón le diera latidos desordenados y dolorosos, su mirada permanecía serena, firme e inquebrantable.
—Padre, la lista del Centro Nacional de Trasplantes cerró la actualización del trimestre hoy por la mañana —dijo Camila, manteniendo la voz clara y calmada, sin atisbo de ruego—. El cirujano jefe de mi unidad revisó mi expediente. Todo está listo para que mi nombre encabece la prioridad nacional. Lo único que faltaba era tu firma como director ejecutivo de la clínica y tu aval tutor. ¿Por qué no la enviaste?
Guillermo Valenzuela, un hombre cuya reputación médica trascendía fronteras, bajó la vista hacia los documentos sobre su mesa, incapaz de sostener la mirada de su propia hija. Pero antes de que pudiera articular palabra, el sonido sutil de unos tacones altos contra el suelo de mármol anunció la verdadera dueña de esa casa.
Victoria entró al despacho sosteniendo una taza de porcelana, luciendo una sonrisa ladina y perfectamente calculada. Se colocó al lado de Guillermo y le rozó el hombro con un afecto fingido antes de fijar sus ojos fríos sobre Camila.
—Camila, querida, no atormentes a tu padre con tus exigencias —dijo Victoria, utilizando ese tono dulzón que escondía un veneno mortal—. No es una cuestión de firmar un simple papel. La lista de trasplantes requiere prioridad para pacientes con un pronóstico de vida verdaderamente funcional. Sería un desperdicio institucional destinar un órgano de tan alto perfil a alguien cuyo propio cuerpo podría rechazarlo bajo el estrés que te provocas tú misma.
Camila dejó escapar una risa corta, helada y sin un gramo de humor, dando un paso al frente sin acobardarse.
—¿Desperdicio institucional, Victoria? Hablas como si fueras médica, cuando todos en esta casa sabemos que tu única especialidad es manipular el dinero y la culpa de mi padre —respondió Camila con una frialdad que hizo que la sonrisa de la mujer se congelara—. Soy cirujana cardiovascular. Sé leer mi propio ecocardiograma mejor que nadie. Mi fracción de eyección está cayendo, pero mi resistencia sistémica y mi función renal son perfectas. Soy la candidata ideal. Si no estoy en esa lista no es por medicina, es porque tú te has encargado de envenenarle la cabeza a mi padre para beneficiar los fondos de tu hija.
—¡Aprende a respetar a la esposa de tu padre! —intervino Guillermo, golpeando suavemente la mesa, aunque su voz carecía de verdadera autoridad—. Victoria solo vela por la estabilidad de la familia y de la clínica...
—Victoria vela por la herencia, papá, y tú estás demasiado ciego para verlo —lo interrumpió Camila, mirándolo fijamente a los ojos—. No soy una débil que va a encerrarse en una habitación a llorar esperando a que te compadezcas de mí. Salvo vidas todas las noches en el quirófano mientras la tuya se desmorona en esta casa. Si no vas a firmar la orden de prioridad, encontraré la forma legal de saltarme tu comité. No voy a dejarme morir para hacerles la vida más cómoda a ustedes.
Victoria dio un paso hacia ella, con los ojos echando chispas al ver que la joven no se doblegaba.
—Inténtalo, Camila —susurró la madrastra con desprecio—. Pero recuerda quién maneja los hilos del consejo del hospital. Un solo reporte sobre tu "inestabilidad cardíaca" y te quitaré la licencia médica antes de que puedas tocar otro bisturí. Vete a tu guardia. Es para lo único que sirves.
Camila no se dejó intimidar. Se enderezó, sostuvo la mirada de Victoria hasta que la mujer tuvo que desviarla, y luego miró a su padre una última vez con profunda decepción.
—Guárdate tus amenazas, Victoria. Mi trabajo en el quirófano habla por sí solo. Nos vemos mañana en la junta.
Sin darles la espalda con prisa, caminó a pasos firmes hacia la salida. En el pasillo, su hermanastra Giselle la esperaba apoyada en el marco de la puerta, limándose las uñas con indiferencia y una sonrisa burlona.
—Vaya, la enferma tiene garras —se mofó Giselle al verla pasar—. Deberías guardar aire, hermanita. Con ese corazón tan defectuoso, discutir con mi madre podría ser lo último que hagas.
Camila se detuvo a un centímetro de ella. A pesar de la palidez de su rostro y del dolor sordo que le oprimía el pecho, su aura emanaba una autoridad natural que hizo que Giselle diera un paso atrás por instinto.
—Mi corazón puede tener una falla estructural, Giselle, pero el tuyo está completamente podrido —le dijo Camila en un murmullo bajo y firme—. Y aun con la mitad de mi capacidad cardíaca, soy diez veces más mujer y profesional de lo que tú jamás serás. Apártate de mi camino.
Giselle apretó los dientes, sorprendida por la contundencia de sus palabras, pero no se atrevió a replicar mientras Camila cruzaba la puerta principal y subía a su vehículo.
El reloj del Hospital General marcaba las 2:15 de la madrugada cuando Camila cruzó las puertas automáticas del área de urgencias. El aire acondicionado helado y el olor característico a antiséptico y medicamentos la hicieron reaccionar. Presionó disimuladamente dos dedos contra su cuello para medirse el pulso: 110 latidos por minuto, irregular.
Sacó un pequeño frasco de su bolsillo, tomó su dosis de betabloqueante con un sorbo de agua y respiró hondo. Dentro de esas paredes ella no era la hija relegada ni la paciente moribunda; era la Doctora Valenzuela, una de las cirujanas más brillantes de la guardia nocturna.
—Doctora Valenzuela, qué bueno que ya llegó —dijo la enfermera de guardia, acercándose con una carpeta de expedientes—. La noche está extrañamente tranquila, pero el reporte meteorológico dice que la tormenta que viene del norte traerá complicaciones en las carreteras.
—Gracias, Laura. Mantén el quirófano tres preparado de todos modos —respondió Camila, colocándose el estetoscopio alrededor del cuello y asegurando su cabello castaño en una coleta alta y firme—. Esta calma nunca dura en la madrugada.
Se dirigió al mostrador central para revisar las fichas de los pacientes ingresados. A pesar de la opresión en su pecho y del cansancio acumulado, la determinación en sus ojos castaños era absoluta.