La guerra entre Elarion y Drakhar ha durado años, pero, cuando el príncipe heredero de Drakhar se fija en la santa Sylvia, de Elarion, propone un tratado de paz, pero a cambio deben entregarle a la santa como concubina. Sylvia acepta esta condición para salvar a su nación, pero, no se imagina que, al entrar al palacio de Drakhar se encontrará con las amantes del príncipe heredero, pero, aunque ella no es fácil de intimidar, pronto descubre, que, en ese palacio, tiene un aliado más poderoso que el mismísimo emperador, el dragón rojo de la calamidad, que se ha liberado del control del príncipe heredero, y que, esta dispuesto a vengarse por usarlo como una maquina de guerra.
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Capitulo 08.
—no lo comprendo alteza...¿por qué trajo a esa mujer?, ¿y si solo es una espía?— se queja Meredith ante Balthazar.
Balthazar solo frunce el ceño.
—se lo que hago. Elarion se ha quedado sin su mejor sanadora, para cuando sepan que ese tratado no es válido, será muy tarde.— responde con calma Balthazar.
—entonces lo mejor sería eliminarla ahora, ellos jamás lo sabrán.— sugiere la mujer.
—aun no...primero me pienso divertir con ella, después, será el entretenimiento de los soldados.— responde Balthazar.
Meredith aprieta los puños casi clavando sus uñas en sus palmas. La sola idea de que esa albina este en la cama del príncipe le enoja. Ha tenido que soportar a innumerables mujeres, pero, algo en la albina le molesta, y es que antes de acercarse a ella, escuchó a los soldados que fueron de escolta con Balthazar, que, el príncipe aun no había tocado a la albina debido a la protección que tiene, y aun así, Balthazar estaba dispuesto a esperar.
Por otro lado, Balthazar recibía una mala noticia para él, los generales le contaban como los dragones mataron a sus domadores y escaparon guiados por el dragón rojo.
—las tropas de Elarion estaban presentes. Saben que los dragones ya no están bajo nuestro control.— le advierte el general.
—su alteza, Elarion podría aprovecharse de este momento...los dragones no han regresado, no sabemos donde se han ido.— habla otro general.
Balthazar estaba furioso, miro el tatuaje en su palma, estaba ya borroso, señal de que seguía perdiendo el control del dragón rojo. Apretó el puño.
—por ahora Elarion cree que nos retiramos, que el tratado de paz que firme es real...tomemos eso como ventaja, las tropas se moveran con discreción para entrar a Elarion...
Balthazar explicó que su plan era qué Elarion creyera que sus tropas se retiran, pero, tomarían distintas rutas para infiltrarse y organizarse para un ataque masivo.
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En el amanecer, el viaje dio inicio de nuevo, esta vez Meredith iba en la caravana, en el mismo carruaje que Balthazar, y claro aprovechando para estar cerca y seducirlo, tenía que asegurarse de que perdiera interés en la albina.
Mientras tanto, Sylvia iba tranquila, y deseando que esa mujer que se unió al viaje sirva para entretener a Balthazar. Además, ahora tenía otra cosa por la cual preocuparse.
Su encuentro con el dragón y lo que este le dijo.
El viaje duro dos días, en los que Sylvia veía como Meredith se metía en las noches en la carpa de Balthazar, y agradecía eso, así nadie la molestaba.
Finalmente, al tercer día, justo al atardecer, llegaron a la capital de Drakhar, DrakenHold. Las puertas de la ciudad se abrieron, recibiendo al príncipe con una reverencia de parte de los guardias de la puerta. Los carruajes y caballos avanzaron hasta el palacio, donde, también fueron recibidos con todos los honores. Los sirvientes corrieron a hacer dos filas y una reverencia al ver al príncipe bajar de su carruaje acompañado de Meredith.
Sylvia bajo sola en el carruaje que iba detrás. Todos se sorprenden al verla, pero no dicen nada.
—instalen a la invitada de su alteza...en el área de las concubinas, y no es necesario una alcoba lujosa, denle la peor.— ordeno Meredith.
Los sirvientes miraron a Balthazar y este asintió, después de todo, si no puede tenerla en su cama no es necesario darle lujos.
Mientras tanto, desde la ventana, Veyron observaba el regreso de su hijo, sintiéndose nervioso, ya que, en el sofá de aquella sala, Friedrich lo observaba con esa mirada fría.
—ya lo sabes Veyron. Intenta algo fuera del guión, y amanecerás colgado en las murallas de DrakenHold.— le advierte.
—y-yo...entiendo... no interrumpire...— responde balbuceando.
Friedrich se puso de pie, y se retiro de la sala. Mientras que Veyron finalmente dejo escapar un fuerte suspiro y golpeó la pared cerca de la ventana.
—maldita bestia...disfruta mientras puedas.—
Necesita encontrar una forma de hablar con Balthazar sin que nadie lo siga, para decirle sobre el dragón rojo y que, necesitan encontrar a quien les ayude a fortalecer de nuevo el sello sagrado. No pueden perder el control de los dragones o su trono será arrebatado por completo.
...............
Balthazar acudió al salón del trono, ante su padre y la corte, informa que, les ha quitado a Elarion su posesión más preciada, la Santa, la mujer con don excepcional para la curación, y la que evitaba perdida masivas de soldados en Elarion. Pero ahora, ya estaba en sus manos y engaño al emperador de Elarion con un falso tratado de paz.
—bajarán la guardia, mis soldados se infiltraran por todo Elarion, y entonces, finalmente, la victoria será nuestra.— presume Balthazar.
—su alteza...¿esta seguro que funcionará?, ¿y si Elarion ya se previno?— pregunta un miembro de la corte.
—su emperador es un mediocre, les aseguro que no sospecha nada, esta tan seguro de que logro la paz a cambio de una mujer.— ríe Balthazar.
—bien, si el príncipe dice que funcionará, entonces no estoy en contra de este plan.— responde el emperador.
—agradezco su confianza su majestad. No fallaré, con los dragones bajo nuestro control, tenemos ventaja.— asegura Balthazar.
Por supuesto, no piensa decir que, perdió el control del dragón rojo y que, hasta el momento no sabe donde están, ni él, ni los otros dragones, como dijeron sus soldados, estos escaparon después de matar a sus domadores. Aunque, el emperador ya sabe esto, y tenía que aguantarse, no podía decir nada, no mientras sea vigilado, porque, el asistente a su lado, era Faramud, quien había tomado la apareciendo de si fiel sirviente.
—Balthazar, hijo mío.— hablo el emperador.— has hecho un buen trabajo, incluso envió a los dragones de vuelta al palacio para hacerles creer que de verdad tendrían paz.
Balthazar levantó la vista hacía su padre, asombrado por lo que acababa de escuchar.
—¿los dragones están aquí?— pregunta nervioso.— y-yo...claro...los domadores han hecho buen trabajo.
—por supuesto. Ya puedes retirarte.— ordena el emperador.
Balthazar así lo hace, pero aun estaba nervioso, si su padre descubre lo que paso, estará furioso, necesita encontrar una forma de volver a tomar el control del dragón rojo.
...
que asco que comparta a sus concubinas si no lo matan muere por una infección