Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.
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Capítulo 7
Capítulo 7: Quiero ir a casa
Los mocasines no hacían ruido. Eso fue lo primero que aprendí de ellos: podía cruzar el pasillo entero y ni yo misma me oía.
Me había puesto un vestido de lino color hueso, el más discreto del clóset, y el cepillo de dientes seguía sosteniéndome el chongo porque ninguna de las cajas traía un solo pasador. Encontré a doña Meche en la cocina, con el delantal ya manchado de chile.
—¿Puedo ir a la biblioteca? —pregunté—. La del fondo del pasillo.
Me miró de arriba abajo, del chongo a los zapatos nuevos, y algo en su cara se ablandó.
—Son los libros que el patrón ya leyó. —Se encogió de hombros—. Ahí nadie entra. Ándale, pero no muevas nada de lugar, que él se da cuenta.
La puerta era de madera oscura y no tenía llave. Adentro olía a papel y a cera de piso, y las repisas de caoba llegaban hasta el techo por los cuatro lados. No había una sola novela. Manuales de sistemas de seguridad. Comunicaciones de emergencia. Informes económicos de bancos con nombres que yo solo había visto en el periódico. Una Geografía de la Bruma con el lomo roto de tanto abrirse. Una enciclopedia completa, y cuando saqué un tomo al azar tenía notas al margen con una letra pequeña y recta, en tinta negra, sin una sola tachadura.
Casi todos los libros tenían esas notas.
Me quedé un momento con el tomo abierto en las manos. No quería sentir lo que sentí: una especie de respeto, el mismo que me daban los cartógrafos muertos cuando les seguía la mano por un pergamino. Cerré el libro y lo devolví exactamente a su lugar.
En la repisa de abajo, en la esquina, encontré lo que estaba buscando sin saber que lo buscaba.
Era un atlas grande, de pasta dura verde, con el sello de una expedición inglesa de los años noventa y el título en dos idiomas: Levantamiento topográfico del altiplano. Lo abrí en el piso, de rodillas, porque en la mesa no cabía.
Curvas de nivel a veinte metros. Cauces de río en azul, en línea continua los permanentes y en punteada los de temporada. Símbolos de cueva, de cresta, de vado. Alguien había hecho ese trabajo con instrumentos de verdad, a pie, y yo le podía leer la mano igual que se la leía a un cartógrafo del siglo dieciocho.
Se me olvidó dónde estaba.
Busqué el punto más alto de la zona, un cerro con una torre marcada con lápiz: eso tenía que ser la Base. Desde ahí, hacia el norte, un río de temporada bajaba encajonado entre dos crestas. En seco, ese cauce era un camino sin árboles y sin gente. Más arriba, la roca caliza estaba llena de símbolos de cueva: refugio para el día, si hacía falta esconderse. Y después una cresta de mil doscientos metros que separaba el altiplano de la llanura del otro lado. Nadie pone un retén en una cresta de mil doscientos metros. Se pone abajo, en los caminos.
Del otro lado, hacia el norte, tenía que estar la frontera. La frontera con México. Un consulado. Cualquiera. Un edificio con una bandera donde pudiera decir mi nombre completo y que alguien lo anotara.
Seguí la ruta con el dedo por tercera vez, calculando distancias con el ancho de mi pulgar, cuando una voz habló justo encima de mi cabeza.
—¿Lo entiendes?
Me fui de espaldas.
No llegué al piso. Una mano me detuvo entre los omóplatos, y esa mano era del tamaño de mi espalda entera. Lucio estaba en cuclillas detrás de mí, tan cerca que su rodilla me tocaba la cadera. Pantalón táctico gris, camiseta negra, el olor a humo de siempre.
No lo había oído entrar. No lo había oído respirar.
Me enderezó como se endereza una silla y se quedó mirando mi chongo un segundo, con el cepillo de dientes clavado en él. No dijo nada de eso. Estiró el brazo por encima de mi hombro y pasó las páginas del atlas hacia atrás, hasta el cerro con la torre.
—Este mapa es viejo. —Su dedo bajó por el cauce que yo acababa de recorrer tres veces—. Ese río cambió de cauce hace tres años. Ahora corre por aquí. —Lo movió a la cresta de mil doscientos metros, a las cuevas, a la llanura del otro lado—. Aquí, aquí y aquí… ahora todo es campo minado.
Cada "aquí" caía sobre un punto de mi ruta. Exactamente sobre mi ruta.
Sentí el sudor bajarme por la espalda, frío, debajo del lino.
—Las curvas de nivel están muy bien dibujadas —dije, y mi voz sonó de otra persona, una alumna en un examen—. Es una técnica antigua, a mano, con teodolito. Ya casi nadie…
—Ya que te aburres —me cortó—, te llevo a un lugar.
Cerró el atlas. Lo puso en la repisa, en su esquina, con el lomo alineado a los demás.
Manejó él. No hubo Teo, no hubo escolta, no hubo segundo vehículo: solo la camioneta, el camino de tierra roja que subía por detrás de la Casona y la selva cerrándose sobre nosotros como un techo. Yo iba pegada a la puerta con las manos entre las rodillas. Él no volvió a hablar en todo el camino.
Se detuvo frente a una cerca de malla de acero de seis metros, con postes de concreto y un portón doble. Bajó. Me hizo una seña con dos dedos y yo bajé también, porque no sabía qué otra cosa hacer.
Se llevó dos dedos a la boca y silbó.
Un silbido largo, con dos notas. La selva se lo tragó. Y después la maleza del otro lado de la cerca se movió y salió una leona.
Casi dos metros de largo. Color de arena mojada, con las patas anchas y pesadas y la cola dibujando una curva lenta en el aire. Caminó hasta la cerca sin ninguna prisa, con el andar de quien es dueña del lugar, y cuando Lucio abrió el portón y le extendió la mano abierta, ella le lamió la palma.
Y a él se le suavizó algo en la cara. En las cejas. Fue tan breve que casi no lo vi.
—Se llama Sasha —dijo—. ¿Verdad que es bonita?
Una muchachita que come a todas horas. Bruno. Me hubiera reído si me quedara con qué.
—Mañana salgo a recorrer la línea. Varios días. No puedo llevarla. —Le pasó los dedos por detrás de la oreja y la leona cerró los ojos—. Vine a despedirme.
Después me miró a mí.
—Ven. Tócala.
—Tengo miedo —se me salió.
No era mentira. Era lo más honesto que le había dicho desde que lo conocía.
Él no se movió. La leona tampoco. Yo los miré a los dos, al hombre y al animal, y me tomó dos segundos hacer la cuenta: de los dos, él daba más miedo. Con Sasha, por lo menos, no había reglas que yo pudiera romper sin saber.
Caminé. Los mocasines se hundían en la tierra suelta. Cuando estuve a su alcance, Lucio me tomó la muñeca, me abrió la mano con el pulgar y me la puso sobre la cabeza de la leona.
Pelo corto, áspero, caliente. Y debajo, un cráneo del tamaño de mi torso.
Sasha gruñó. No fue un rugido: fue un motor encendiéndose bajo mi palma.
—Sasha, quieta.
El motor se apagó. Lucio no soltó mi muñeca; me movió la mano por el lomo del animal, despacio, de la nuca a la cruz, una y otra vez, hasta que la piel me olió a ella.
—Con su olor encima —dijo—, los lobos del cerro no se te van a acercar.
Me quedé con la mano en el lomo de Sasha cuando él me soltó. Ella se acostó. Yo también, sin darme cuenta, me fui quedando en cuclillas a su lado.
—Tiene cinco años —dijo él. Había sacado un cigarro y lo encendía con el encendedor de latón, protegiendo la llama con la mano—. A sus padres los mataron unos cazadores, en una llanura muy al sur de aquí. Les quitaron la piel y dejaron a la cría. No sabía comer sola todavía. Yo iba pasando.
Yo iba pasando. Así lo dijo.
Miré a Sasha con la cabeza apoyada en las patas y los ojos entrecerrados, dentro de su cerca de seis metros. Le acaricié entre las orejas. Ella no se movió.
—Pobrecita —murmuré. Y las palabras siguientes me salieron solas, como agua de una llave rota—: Yo también quiero ir a casa… quiero ver a mis papás…
No me di cuenta de lo que había dicho hasta que lo escuché en el aire.
Todo se detuvo. La selva, los insectos, el humo de su cigarro.
Levanté la cara. Lo que había en sus cejas un minuto antes ya no estaba. No estaba nada.
Tiró el cigarro a medio fumar y lo pisó.
—Sube.
Sasha levantó la cabeza cuando el portón se cerró. Yo subí a la camioneta con la mano todavía oliendo a ella.
El camino de regreso duró lo mismo que el de ida y fue el doble de largo. Él manejaba con una sola mano. Yo no me atreví ni a acomodarme el vestido.
La camioneta se detuvo frente a la Casona. No apagó el motor. Miraba al frente, al camino, como si yo ya no estuviera en el asiento.
—Bájate.
Bajé. Cerré la puerta con cuidado, sin azotarla. Las luces traseras se alejaron por la tierra roja y desaparecieron entre los árboles.
Doña Meche estaba en la puerta con el delantal en las manos. Me miró llegar.
Por primera vez desde que la conocía, no dijo nada.