En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
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Conversando.
Horas después, el campus de la universidad estaba más lleno de lo normal debido a los exámenes de mitad de semestre. Había risas ruidosas, voces que se cruzaban en el aire helado, miradas de complicidad entre los estudiantes que salían de las aulas de leyes y letras.
Y en medio de todo ese ruido, de toda esa masa humana… estaba Liv.
Estaba sentada directamente en el suelo, apoyada contra el tronco del gran roble, como siempre lo hacía cuando buscaba desaparecer del mundo. Pero esta vez… estaba sola de verdad. No había ninguna taza de chocolate caliente entre sus manos, no había ninguna sonrisa flotando en sus labios, no había ese brillo curioso tras sus gafas. Solo un silencio espeso que la envolvía como una armadura de invierno.
—Hola —dijo una voz aterciopelada desde arriba.
Liv levantó la mirada lentamente. Y por un segundo infinito, su sistema entero se congeló.
Freja.
Era perfecta. Impecable en su traje sastre, con cada cabello rubio en su lugar exacto, inmune al viento que desordenaba al resto de los mortales. Una aparición imposible en el mundo gris de los estudiantes ordinarios.
—Hola… —respondió Liv, carraspeando, sintiendo una punzada de duda en la boca del estómago.
Freja sonrió con una calidez artificial que helaba la sangre.
—¿Puedo sentarme contigo?
—Claro… supongo que sí.
Un error. Un monumental error de ingenuidad.
Freja se sentó en la banca contigua con una elegancia milimétrica, acomodando su abrigo para que no tocara la madera sucia. Miró a su alrededor, paseando la vista por los edificios antiguos de la Sorbona con una condescendencia absoluta, como si todo ese espacio le perteneciera por derecho de nacimiento.
—Siempre te veo sentada en este mismo punto —comentó Freja, rompiendo el hielo con delicadeza.
—Sí… me gusta la vista y la tranquilidad.
—Es curioso, de verdad.
—¿Qué cosa es curiosa? —preguntó Liv, cerrando un poco los brazos alrededor de sus rodillas.
Freja la miró. Directamente a los ojos, desnudando sus defensas con una sola mirada azul.
—Que alguien como tú… haya logrado llamar la atención de alguien tan meticuloso como Axel.
Silencio. El aire alrededor del roble se volvió de golpe pesado, difícil de digerir. Liv apretó el cuaderno de hojas amarillentas contra su pecho, sintiendo el cartón frío contra sus dedos.
—No sé exactamente a qué te refieres con eso.
—Claro que lo sabes, Liv. No nos hagamos las tontas a estas alturas.
—No… de verdad no lo sé.
Freja soltó una pequeña risa cristalina, un sonido que cortó la dignidad de Liv como una navaja.
—No tienes que fingir esa demencia conmigo, de verdad. No es necesario.
Liv bajó la mirada hacia el césped marchito.
—No estoy fingiendo nada.
—Entonces eres muchísimo más ingenua de lo que pensé en un principio —soltó Freja.
Un golpe. Suave, sutil, pero ejecutado con una precisión quirúrgica que fue directo a las dudas que Liv había estado intentando enterrar.
—Axel es… así —continuó Freja, recargándose con gracia, adoptando el tono de quien explica una obviedad a un niño—. Le fascina jugar. Le encanta armar rompecabezas humanos, probar teorías, ver hasta dónde puede llegar su influencia.
Liv permaneció inmóvil, con la boca seca, negándose a darle la satisfacción de una respuesta.
—Siempre lo ha hecho, desde que éramos adolescentes en Berlín —prosiguió la alemana—. Es su forma de entretenimiento favorita cuando la economía se vuelve aburrida.
—No creo que Axel sea esa clase de persona —susurró Liv, intentando defender el recuerdo del chico que se había quemado las manos haciendo panqueques en su cocina.
—No te pedí que creyeras en mi palabra, Liv —la interrumpió Freja, manteniendo la sonrisa intacta, implacable—. Solo te pedí que escucharas con atención.
Un nuevo silencio se instaló, roto solo por el murmullo lejano de los estudiantes. Freja se inclinó un poco hacia delante, invadiendo el espacio de Liv con la confianza de un depredador.
—¿Te invitó a salir a lugares extraños? ¿Te hizo sentir que eras la única persona cuerda en su universo de ricos? ¿Te dijo, tal vez con otras palabras, que eras diferente a todas las chicas que había conocido?
Cada pregunta caía sobre Liv con el peso de una losa de mármol. Cada descripción exacta de sus citas, de sus conversaciones en el parque de las luces, se transformaba en una burla macabra. El castillo de papel se estaba disolviendo bajo una lluvia de ácido.
Liv apretó los labios para evitar que le temblaran.
—Eso no significa lo que tú quieres que signifique.
—Significa exactamente eso, Liv. Significa que entraste en su radar de apuestas.
Silencio. Freja se volvió a recostar, estirando las piernas con una calma parlamentaria.
—Eres parte de un juego, querida. Un experimento con fecha de caducidad.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire gris de la tarde, flotando entre ellas como fragmentos de vidrio afilado. Cortantes. Definitivas.
Liv negó suavemente con la cabeza, una reacción mecánica de supervivencia.
—No… no es verdad. Él no haría eso.
—¿Ah, no? ¿Entonces qué es esto según tú? ¿Una historia de amor de tus libros de Jane Austen? ¿El príncipe millonario y la chica de provincia?
Silencio. Liv no tenía una sola respuesta. Porque una parte de ella, esa intuición femenina que había intentado acallar a gritos desde la noche anterior en el departamento, ya lo había sentido. Ya había detectado las costuras del guion de Axel.
Freja sonrió con una suavidad casi maternal, estirando una mano para rozar el hombro de Liv de manera condescendiente.
me gustó mucho