Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capítulo 17: Celos y Confesiones
La noche había caído por completo sobre el Castillo de Ceniza, trayendo consigo un frío sepulcral que ni siquiera los grandes braseros del palacio lograban disipar. Astra caminaba inquieta por los pasillos de piedra gótica, arrastrando las pesadas sedas de su vestido azul medianoche. Sus pasos eran silenciosos, pero su mente era un hervidero de caos.
El susurro agónico de Logan seguía repitiéndose en las paredes de su cráneo como un eco ponzoñoso. No sentía lástima por el hombre que la había condenado al destierro, pero la intrusión psíquica había reabierto una herida más profunda: la duda.
Se detuvo frente a un gran ventanal, contemplando la luna llena que brillaba con un fulgor antinatural. ¿Y si todo lo que estaba viviendo era una hermosa ilusión? Una inquietud helada le atenazó el pecho. Temía que la devoción ciega y el misticismo posesivo de Valerius no fuesen reales. ¿Qué tal si su adoración era simplemente un efecto secundario provocado por la profecía del Lazo de Eclipse? ¿Y si ella solo representaba una herramienta política perfecta para que el Rey Hereje unificara a los exiliados y destruyera de una vez por todas a las manadas tradicionales? La idea de pasar de ser la esclava de Logan a ser el peón de lujo de Valerius la llenó de una amargura asfixiante.
Buscando aislarse de sus propios pensamientos, Astra se adentró en la biblioteca real, un recinto colosal de techos altos donde miles de grimorios antiguos y pergaminos prohibidos descansaban en estanterías de madera oscura. El olor a papel viejo y cera quemada solía calmarla, pero esta vez no fue así.
Un cambio drástico en la presión del aire le advirtió que ya no estaba sola. El lazo místico en su cuello palpitó con un calor súbito.
Valerius emergió de entre la penumbra de los pasillos de lectura. No vestía su capa imperial; su torso estaba cubierto apenas por una camisa de seda negra entreabierta que dejaba ver la cicatriz del eclipse en su pecho. Su imponente figura avanzaba con una rigidez inusual. Había rastreado su agitación espiritual a través del vínculo biológico que compartían, y lo que había encontrado en la mente de Astra lo tenía al borde del abismo.
Al ver la distancia helada y la duda fija en los ojos plateados de ella, algo se rompió dentro del híbrido. Sus celos ancestrales y su instinto posesivo, reprimidos bajo su máscara de monarca implacable, se desbordaron por completo.
En un movimiento relámpago que desafió los reflejos de Astra, Valerius se plantó frente a ella. Antes de que pudiera articular palabra, el híbrido la tomó de los hombros y la arrincona violentamente contra uno de los colosales estantes de madera oscura. La estructura crujió bajo el impacto, y varios libros antiguos vibraron en las repisas superiores.
Valerius apoyó ambos brazos a los lados de la cabeza de Astra, atrapándola por completo con su cuerpo colosal de dos metros. Sus rostros quedaron a escasos milímetros de distancia. Su respiración era agitada, caliente, chocando directamente contra los labios entreabiertos de Astra. Sus ojos dorados se habían tornado de un ámbar carnívoro, inyectados en una furia posesiva que denotaba que estaba perdiendo el control.
—Te siento alejarte, Astra —siseó Valerius, su voz de barítono vibrando con una peligrosidad ronca— Puedo oler el rastro de la magia de los Colmillos de Plata intentando violar tu mente. Exijo que me lo digas ahora mismo... ¿Estás pensando en él? ¿Estás pensando en el patético Alpha que te desechó?
Astra sintió el peso de la madera contra su espalda y la abrumadora masa muscular de Valerius aprisionándola. El magnetismo biológico entre ambos intentó doblegarla, pero su nueva soberanía interior la obligó a sostenerle la mirada plateada sin pestañear, a pesar de que el corazón le latía en la garganta.
—¡No es por él, Valerius! —confesó Astra, dejando que la rabia y la vulnerabilidad se mezclaran en su voz— Tengo miedo de nosotros. Tengo miedo de que toda esta devoción tuya sea solo una mentira impuesta por las malditas leyendas. ¡Tengo miedo de ser solo un peón en tu tablero, una profecía andante que necesitas para justificar tu guerra y aplastar a tus enemigos!
Al escuchar aquellas palabras, el semblante cruel, aristocrático e imperturbable del Rey Hereje se rompió en mil pedazos. La furia en sus ojos dio paso a una vulnerabilidad salvaje y descarnada, una expresión tan humana y desesperada que Astra se quedó sin aliento.
Valerius soltó un gruñido bajo, doloroso. Se inclinó aún más, rozando su frente contra la de ella, sus mechones de cabello oscuro mezclándose con los de Astra.
—Me importan un demonio las leyendas, Astra. Me importa un bledo la bendición de la Diosa Luna o las profecías del eclipse —confesó el Hereje en un susurro que arrastraba siglos de soledad— Desde el maldito segundo en que te encontré desangrándote en el lodo de ese bosque, antes de saber quién eras o qué poder escondías, mi eternidad te perteneció. Mi obsesión contigo no es un decreto del destino; es real, es biológica, es mía. Te deseo a ti, no a tu corona.
Astra sintió que la última defensa de su corazón se desmoronaba ante la brutal honestidad del híbrido. Las dudas que la habían atormentado durante horas se disolvieron bajo el calor de esa declaración pura y obsesiva.
Valerius bajó una de sus manos grandes y atrapó la muñeca de Astra con una firmeza que no admitía réplica. Guiando sus dedos, tomó la mano de Astra y la presionó con fuerza directamente contra su pecho desnudo, sobre su corazón inmortal.
Astra abrió los ojos de par en par, ahogando un jadeo.
Los vampiros y los híbridos ancestrales tenían corazones que apenas latían una vez por minuto, órganos fríos e imperturbables propios de los no-muertos. Pero en ese instante, bajo la palma de Astra, el corazón de Valerius latía con una violencia inaudita, un martilleo errático, desbocado y doloroso que amenazaba con romperle las costillas. Estaba reaccionando exclusivamente a ella, vivo únicamente por ella.
—Siente esto —le ordenó Valerius, sus labios rozando la comisura de la boca de Astra en una promesa implícita que la dejó completamente sin aliento— Tú gobiernas este pulso. Si crees que soy un monstruo que te está usando, eres libre de clavar una daga en este pecho y destruirme ahora mismo. No me defenderé. Mi vida pende del hilo que tú sostengas.
Astra entreabrió los labios, completamente embriagada por la intensidad de su entrega, lista para cerrar la distancia y sellar sus almas en el beso que disiparía toda la oscuridad entre ellos.
Sin embargo, justo antes de que sus bocas se unieran, un destello plateado cruzó el reverso de sus ojos. Astra desvió la mirada por encima del hombro de Valerius hacia el gigantesco ventanal gótico de la biblioteca. Afuera, recortada contra la imponente luz de la luna llena, una silueta intrusa e identificable se movía sigilosamente por la cornisa del balcón exterior, sosteniendo el brillo letal de una hoja de acero. El peligro real acababa de cruzar sus defensas.