Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.
NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13
...HENRRY...
—Es que no lo entienden, carajo. No es que sea fea o que no tenga cuerpo, porque el vestido que llevaba el viernes le quedaba... de acuerdo, le quedaba bien. El problema es la maldita actitud. Esa prepotencia de muerta de hambre. Me miró como si yo fuera el valet parking de mi propia casa. ¡A mí! ¡A Henrry Montenegro!
Eduardo soltó un bufido ruidoso y dejó caer la cabeza hacia atrás en el respaldar del sofá de cuero, tapándose la cara con las manos.
A su lado, Alejandro le dio un trago largo a su cerveza, mirando el techo del lounge privado con una expresión de absoluto sufrimiento existencial.
Estábamos en el área de fumadores del club de golf, el único lugar donde podía desestresarme después de soportar a la fiera de barrio, pero mis amigos no estaban cooperando con mi catarsis.
—Henrry, hermano, por el amor de Dios —suplicó Eduardo, bajando las manos para mirarme con los ojos inyectados en sangre—. Llevas dos horas con lo mismo. Dos. Putas Horas. Si vuelvo a escuchar el apellido "Vega" salir de tu boca, me voy a tirar de tu edificio.
—No exageres, Eduardo. Solo estoy analizando la psicología de la tipa para saber cómo sacarla de mi casa —me defendí, dándole un golpe seco a mi vaso de whisky contra la mesa de centro—. Es un peligro para Mía. Mi papá está cegado porque ella le llevó el chisme primero, pero esa mujer es hipócrita.
—¿Y dónde está Carlos cuando se le necesita? —preguntó Alejandro, mirando a su alrededor como si buscara un salvavidas—. Él es el que entiende de estas dinámicas con pobretonas. ¿Por qué no vino hoy?
—Carlos está atrapado en el séptimo círculo del infierno —refunfuñé, cruzándome de brazos—Hoy le tocaba "cena oficial" en la casa de la suegra. Sí, en el bendito barrio de la novia. Me mandó un mensaje hace una hora diciendo que la señora lo obligó a comer empanadas con ají y a tomar refajo mientras escuchaban música de los setenta. Está completamente perdido. Ese hombre ya no nos pertenece.
Eduardo se enderezó en el asiento, apuntándome con el dedo índice.
—Pues prefiero mil veces estar en el lugar de Carlos, comiendo empanadas en la casa de la suegra, que aquí sentado escuchándote llorar por una profesora que ni siquiera te determina —soltó Eduardo, sin ningún tipo de filtro—. Henrry, date cuenta. Eres un tipo afortunado, director de un holding multimillonario, tienes a tres modelos de pasarela mandándote fotos calientes al chat en este mismo instante... ¿y estás obsesionado porque la tutora de tu hermana te dejó hablando solo junto a la piscina?
—¡No estoy obsesionado! —casi grité, alterado, sintiendo cómo el cuello de la camisa me apretaba de nuevo—. ¡Es una cuestión de honor!
—Es una cuestión de ego herido, que es diferente —intervino Alejandro con una sonrisa burlona, encendiendo un habano—. Te duele que encontraste a una mujer a la que le importa un carajo tu billetera, tus trajes de sastre y tu apellido. Te duele que te leyó la cartilla y te dejó como un niño malcriado frente a tu papá. Acepta tu derrota, hermano.
¿Derrota? ¿Yo?
Jamás.
Menos por una mujer como ella.
—No me ha ganado nada —siseé, clavando los ojos en el hielo derretido de mi vaso.—. Ella cree que ganó. Pero no me conoce. Se va a enterar de lo que pasa cuando desafía a un hombre como yo.
Eduardo y Alejandro se miraron entre sí, compartiendo una mirada divertida.
—Está grave —susurró Eduardo.
—Perdidísimo —confirmó Alejandro—. Que alguien le pida otro whisky antes de que empiece a recitar el currículum de la tipa otra vez.
—Bueno, ya, entierren el tema de la profesora —soltó Eduardo, espantando el aire con las manos como si intentara espantar mi mal genio—. Vinimos a tomar, no a hacerle auditoría a tus traumas psicológicos, Henrry. Hablemos de cosas importantes. Mujeres. Acción. Accion real.
—Por fin —apoyó Alejandro, acomodándose el reloj de oro—. Porque si tengo que escuchar otra descripción de la "mirada de desprecio" de la señorita Vega, voy a terminar pidiéndole el número para que me asesore a mí también.
Qué idiotas.
De verdad no entienden la magnitud de mi sufrimiento.
—A ver, Eduardo, suéltalo —le dije, recostándome en el sofá y recuperando mi pose—. ¿Qué traes en el radar? Porque últimamente tu nivel ha estado por el piso.
—Por el piso tu abuela, Montenegro. Tengo en la mira a Vania —soltó Eduardo, con una sonrisa de tiburón que le iba de oreja a oreja—. La modelo ucraniana que llegó la semana pasada para la campaña de los autos de lujo. Está que se muere por conocerte, Henrry. Me ha preguntado por ti tres veces. Solo estoy esperando que me des luz verde para llamarla y hacerla venir al club ahora mismo.
¿Vania?
Sí, me sonaba.
Rubia, pechos grandes, de las que no te hacen preguntas difíciles y se ríen de todos tus chistes malos porque ven el logo de Mercedes en tu llavero.
El tipo de mujer que me fascina... o bueno, el tipo de mujer que me hace las cosas más fáciles.
—Llámala —le dije, dándole un trago a mi whisky—Que traiga a un par de amigas. Necesito distraerme antes de que me dé un derrame cerebral por culpa de la pobretona esa.
Alejandro soltó una risa amarga y miró su teléfono, que no paraba de vibrar sobre la mesa.
—Qué envidia me dan, par de idiotas —gruñó Alejandro, apagando la pantalla con fastidio—Disfruten la soltería mientras puedan. A mí ya me tienen la soga al cuello.
Cierto. Se me olvidaba que Alejandro ya está prácticamente en el matadero.
—¿Todavía te toca casarte con la heredera de los hoteles? —le pregunté, burlón—. ¿Cómo es que se llama? ¿Isabella?
—La misma —suspiró Alejandro, pasándose una mano por la cara—. El mes que viene es el compromiso oficial. Es insoportable. La mujer tiene el carisma de una lechuga y solo habla de carteras de diseñador y de sus viajes a París.
—Bueno, pero míralo por el lado amable —lo consoló Eduardo, dándole una palmada en la espalda—. Las acciones de tu familia van a subir un veinte por ciento. Además, un anillo de compromiso no te quita tu libertad, hermano. Mira a Carlos, ese se amarró gratis por puro gusto con esa mujer. Al menos a ti te pagan por el sacrificio.
—Eso sí —admitió Alejandro, reviviendo un poco—. Pero mientras llega el día del funeral... digo, de la boda, pásame ese teléfono, Eduardo. Dile de verdad a la ucraniana que traiga a sus amigas. Si voy a morir amarrado a una lechuga, por lo menos quiero pasar mis últimas noches de libertad como Dios manda.
Eduardo soltó una carcajada y empezó a marcar el número de Vania en el celular, todo emocionado.
Yo me quedé mirando la pantalla de mi propio teléfono. Tenía tres mensajes de una presentadora de televisión de la tarde y un correo de la junta directiva. Nada de la insoportable profesora esa, obvio.
¿Y por qué me iba a mandar un mensaje la fiera de barrio? Ni que fuéramos amigos.
Idiota.
Henrry, concéntrate.
Me acomodé el saco, le di el último trago al whisky y sonreí. La noche prometía mejorar.