Tras un trágico accidente que le arrebató la memoria y su identidad, Estefanía despierta en una vida de opulencia que no reconoce, casada con José, un hombre poderoso cuya devoción raya en la obsesión. Aunque él le asegura que su amor es eterno, las noches de Estefanía están pobladas por sueños fragmentados de un rostro cargado de dolor y promesas rotas.
La estabilidad de su nueva existencia se resquebraja cuando aparece Andrés, un rival empresarial de José decidido a destruir su imperio. Al encontrarse, Estefanía descubre que su corazón late con una fuerza desconocida por ambos hombres. Mientras intenta reconstruir su pasado, se enfrentará a una verdad aterradora: uno de ellos no solo es el dueño de su presente, sino el arquitecto del secreto detrás de su "muerte" anterior.
NovelToon tiene autorización de Fernanda G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 4
A la mañana siguiente, la mansión se sentía desierta. José se había marchado temprano a las oficinas centrales de su corporación, dejándola bajo la estricta pero silenciosa vigilancia del personal de servicio y las omnipresentes cámaras de seguridad. Estefanía caminaba por los pasillos de mármol con una creciente sensación de claustrofobia. Necesitaba respuestas que su propia mente se negaba a darle, y el único lugar que aún no había explorado era el territorio privado de su esposo: su despacho.
La puerta de madera maciza estaba al final del pasillo del segundo piso. Al girar el pomo, Estefanía se sorprendió al encontrarla sin llave. Entró con pasos sigilosos, como una ladrona en su propia existencia.
El despacho era un reflejo fiel de José. Paredes cubiertas de estanterías de madera oscura repletas de volúmenes de derecho y finanzas, un enorme escritorio de caoba con detalles en oro pulido y un gran ventanal de cristal blindado que ofrecía una vista panorámica de los jardines grises. El aire olía de manera intensa a su perfume: madera de sándalo y tabaco.
Se acercó a las estanterías, pasando sus dedos por los lomos de los libros perfectos y alineados. Sin embargo, en una esquina apartada, un pequeño volumen encuadernado en cuero gastado desentonaba con la pulcritud del resto. No tenía título en el lomo. Movida por una curiosidad intuitiva, Estefanía lo sacó de su lugar.
Era un libro de poesía clásica. Al abrir la primera página, el corazón le dio un vuelco. En el papel amarillento, una dedicatoria escrita a mano destacaba con tinta negra.
"Para mi pequeña flor, siempre tuya. Aunque el mundo cambie, mi corazón te pertenece en esta y en cualquier otra vida."
Estefanía recorrió los trazos de las letras con la yema del dedo índice. Una calidez extraña, un dolor agudo y punzante le recorrió el pecho, desatando una oleada de emociones que la hicieron jadear. La caligrafía era enérgica, con trazos fluidos pero decididos; no tenía la simetría rígida e impecable que caracterizaba la escritura de José. Esta letra pertenecía a alguien que escribía con urgencia, con una pasión que desbordaba el papel.
—No eres tú… —susurró para sí misma, con las lágrimas agolpándose en sus ojos.
La frase "mi pequeña flor" resonó en su mente con una familiaridad hermosa y desgarradora. No se sentía como "Estefanía"; se sentía como un secreto guardado bajo llave. Una profunda melancolía la invadió, la certeza absoluta de que había amado a alguien con una intensidad que la mansión de mármol jamás conocería.
Un crujido suave a sus espaldas la hizo dar un salto.
—Es un libro hermoso, ¿verdad?
José estaba de pie bajo el marco de la puerta. Estefanía no lo había escuchado llegar; se movía con la discreción de una sombra. No llevaba el saco del traje, y las mangas de su camisa blanca estaban desabrochadas, dándole un aspecto inusualmente imponente en su propio espacio de poder. Su rostro no tenía la sonrisa afectuosa de los últimos días.
Estefanía intentó cerrar el libro y esconderlo detrás de su espalda, pero el movimiento fue torpe.
—Yo… solo estaba curioseando. Lo siento —dijo ella, dando un paso atrás hasta que sus caderas chocaron contra el borde del escritorio de caoba.
José avanzó despacio hacia ella. La luz que entraba por el ventanal perfilaba su silueta, sumergiendo su rostro en una penumbra amenazante. Con cada paso que daba, la atmósfera del despacho se volvía más densa, más fría. Su actitud protectora y cálida se evaporó en un segundo, sustituida por una vibración de control absoluto que heló la sangre de Estefanía.
Al llegar frente a ella, José no le gritó, ni se mostró violento. En lugar de eso, extendió la mano y, con una lentitud exasperante, tomó el libro de entre los dedos temblorosos de ella. Su toque fue firme, despojándola del objeto sin esfuerzo alguno.
—No deberías estar aquí, Estefanía —dijo, su voz descendiendo a un tono peligrosamente bajo y ronco—. Este despacho contiene asuntos delicados de la empresa. No es un lugar seguro para ti en tu estado.
—Esa dedicatoria… —se atrevió a decir ella, con la voz rota por el miedo y la confusión, buscando sus ojos—. No es tu letra, José. ¿Quién me escribió eso? ¿Quién soy yo?
José dejó el libro sobre el escritorio con un golpe seco. Luego, acortó la distancia que los separaba, atrapándola contra el mueble de caoba. Apoyó ambas manos en el borde del escritorio, a los lados de las caderas de Estefanía, inclinando su cuerpo sobre el de ella hasta que pudo sentir el calor de su respiración y el aroma a sándalo que la asfixiaba. La cercanía física era una clara demostración de dominación; la estaba reduciendo a su mínima expresión mediante su tamaño y su fuerza.
—Tú eres mi esposa —afirmó él, y sus ojos oscuros brillaron con una intensidad febril, casi demente—. Eso es lo único que necesitas saber. Ese libro es una baratija del pasado, un error insignificante antes de que entendieras que tu lugar está a mi lado.
Levantó una mano y le tomó la mandíbula con los dedos, obligándola a mirarlo directamente. La presión no llegaba a ser dolorosa, pero era lo suficientemente firme como para dejar claro que no toleraría que apartara la vista. Sus dedos acariciaron la línea de sus labios con una sensualidad posesiva que pretendía borrar cualquier otro recuerdo.
—Te amo, Estefanía —susurró contra sus labios, un segundo antes de besarla con una urgencia violenta y hambrienta—. Te salvé de la muerte. Te di un nombre, un hogar, una vida de lujo donde nada te va a faltar. No busques fantasmas donde no los hay. Tu historia empieza conmigo.
El beso fue un castigo camuflado de pasión. José la reclamaba con el cuerpo porque sabía que su mente se le estaba escapando por las grietas del olvido. Estefanía se dejó llevar, sometiéndose a la presión de sus labios por mero instinto de conservación, pero mientras él la abrazaba con una fuerza que le lastimaba las costillas, ella mantuvo los ojos abiertos en la penumbra del despacho. La dedicatoria seguía grabada a fuego en su mente, y la certeza de que su esposo era el carcelero de su verdadera identidad se volvió inamovible.