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ANTES DE QUE TE VAYAS

ANTES DE QUE TE VAYAS

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Matrimonio arreglado
Popularitas:887
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.

El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.

Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 3 EL CAMINO QUE EMPIEZA ANYES DE TI

Una semana después de esa conversación, el sol apenas empezaba a teñir de naranja los tejados de Canadá cuando me senté al borde de la cama de Rosa. La maleta, cerrada con doble cerradura, descansaba junto a la puerta; dentro llevaba poca ropa, muchas recetas escritas de mi puño y letra, y el delantal que habíamos manchado de harina aquella mañana de los waffles. La distancia hasta mi destino no era poca: la ciudad de Colonia, en el oeste de Alemania, se extendía a unas diez horas de vuelo desde aquí, una distancia que me parecía infinita entonces, casi como cruzar a otro mundo. Yo tenía dieciocho años recién cumplidos, no sabía decir ni una frase completa en alemán, y el miedo me apretaba el pecho tan fuerte que casi no podía respirar.

Me incliné y la abracé con toda la ternura que cabía en mí, cuidando de no golpear el tubo de oxígeno que le llegaba hasta la nariz. Ella me rodeó la cintura con sus brazos delgados, y sentí cómo su respiración se agitaba un poquito contra mi hombro.

—Te amo —susurré, con la voz ahogada—. Te amo más que a nada en este mundo. No sé cómo voy a estar tanto tiempo sin verte.

Ella me separó un poco, me tomó la cara entre sus manos y me miró con esos ojos que parecían ver más allá de todo lo que yo podía entender. Tenía las mejillas húmedas, pero su sonrisa era suave, serena, como si tuviera toda la certeza del universo guardada en el pecho.

—Recuerda lo que dice tu hermana rosa —me dijo, bajito, como si compartiéramos un secreto con el viento—: “No te rindas, aún estás a tiempo de alcanzar y comenzar de nuevo, aceptar tus sombras, enterrar tus miedos, soltar el lastre, retomar el vuelo”. Tú tienes las alas más bonitas que conozco, Camila. No te quedes aquí por mí. Vuela.

—Pero… prométeme que me esperarás —le pedí, y las lágrimas se me escaparon sin querer—. Dos años. Solo dos años. Prométeme que cuando vuelva, estarás aquí.

Rosa negó suavemente con la cabeza, y me acarició la comisura de los labios con el pulgar.

—Yo no voy a ir a ningún lado —dijo—. Pero ya vete, hermanita. Si te quedas más tiempo, vas a perder el avión. Y no quiero que empieces este camino con un tropiezo. Anda.

Me costó muchísimo soltarla. Cuando por fin me puse de pie, vi que ella se quedaba mirándome desde la cama, con la mano levantada en una despedida lenta, y tuve que dar media vuelta para no volver a abrazarla hasta hacerla daño.

En la sala, mamá esperaba junto a la puerta. Llevaba su delantal limpio, pero tenía las manos manchadas de harina —había querido prepararme mis panes favoritos para el camino, aunque se le habían quemado un poco— y los ojos hinchados de tanto llorar en silencio. Se acercó a mí y me abrazó con tanta fuerza que sentí que se me rompería el corazón.

—Cuídala mucho, mamá —le pedí, escondiendo la cara en su hombro—. Por favor. Cuídala como si fuera yo misma. No dejes que le falte nada, y si tiene un mal día, si me necesita… llámame, aunque sea de madrugada, aunque tenga clase. Llámame siempre.

—Te lo prometo, hija —respondió ella, y se le quebró la voz—. No te preocupes por nosotras. Aquí estaremos pendientes de cada respiración suya, de cada tratamiento, de cada cosa que le haga falta. Tú preocúpate solo por ti, por aprender, por ser feliz. Eso es lo que queremos las dos. No te cargues con culpas que no te tocan.

Me besó la frente, y sentí sus lágrimas caer sobre mi pelo. Papá apareció entonces en la entrada, con las llaves del coche en la mano y la mandíbula tensa, como si estuviera luchando por no llorar delante de mí.

—Vamos, mi amor —dijo, suavemente—. El camino es largo.

El viaje hasta el aeropuerto transcurrió en un silencio que solo rompimos cuando salimos de la ciudad. Yo miraba por la ventana los campos de cultivo de Campo verde, las casas bajas de techos rojos, los árboles de mango que veía crecer desde que era niña, y sentía que me arrancaban una parte de mí misma con cada kilómetro que dejábamos atrás.

—Papá —dije de repente, con la voz temblorosa—, no sé si voy a poder. No conozco a nadie, no sé el idioma, todo va a ser diferente… tengo miedo. Muchísimo miedo.

Él apartó la vista un momento de la carretera para apretarme la mano. Sus dedos eran grandes, ásperos por el trabajo en el jardín, y siempre me habían dado una seguridad que nadie más lograba.

—Escúchame bien, Camila —me dijo, con esa calma que solo él tenía—: No tienes que demostrarle nada a nadie. Ni a la universidad, ni a los maestros, ni a ti misma. Si en algún momento sientes que es demasiado, si te sientes sola o te hace demasiado daño, coges el primer avión y vuelves. Aquí tendrás tu cuarto listo, tu comida caliente y tu familia esperándote. No tienes que aguantar nada por orgullo. Lo único que queremos es que estés bien.

Esas palabras me calmaron un poquito, aunque el nudo en la garganta no se fue. Cuando llegamos al aeropuerto, el edificio inmenso se alzaba frente a nosotros, lleno de gente que corría de un lado a otro, de anuncios en idiomas que no entendía, de ruidos y voces que me abrumaron. Papá sacó mi maleta del coche, me ayudó a ponerla en el carrito y luego me abrazó —un abrazo fuerte, largo, como si quisiera guardarme en su pecho para no dejarme ir—.

—Te voy a extrañar —le dije, y ya no intentaba detener las lágrimas—. A los tres. Muchísimo.

—Nosotros también a ti, mi niña —respondió él, besándome la coronilla—. Escribe cuando llegues, ¿sí? Y no te olvides de que aquí tienes tu hogar para siempre.

Me di la vuelta y empecé a caminar hacia la fila de embarque, y solo cuando estuve dentro, protegida por una columna, me atreví a mirar hacia atrás. Papá seguía allí, de pie, saludando con la mano, hasta que la gente nos separó de la vista.

Más tarde supe que, cuando el coche de papá desapareció por la avenida, Rosa se había dejado caer en las almohadas y había llorado durante horas, agarrada a la almohada que yo había usado tantas veces cuando dormía con ella. Mamá se había quedado a su lado, sin decir nada, pasándole pañuelos y acariciándole la espalda, sabiendo que ese llanto era el precio de dejarme cumplir mi sueño.

En el avión, no pude contener las lágrimas. Me senté junto a la ventana, y mientras el aparato empezaba a rodar por la pista y luego se elevaba hacia las nubes, lloré por todo lo que dejaba atrás: por la risa de Rosa, por el olor a café de mamá por las mañanas, por las charlas de papá en el jardín, por la cocina donde habíamos hecho tantas recetas juntas. Las azafatas pasaron varias veces, me miraron con ternura y me ofrecieron agua o un pañuelo, pero nadie me dijo nada, nadie intentó calmarme con palabras vacías. El hombre que viajaba a mi lado, un señor mayor que leía un libro en alemán, simplemente me apartó un poco la manta para que estuviera más cómoda y me dejó llorar hasta que el cansancio me venció, y me quedé dormida con la cara pegada al cristal.

 

Llegué a Colonia al día siguiente, cuando el sol caía sobre los tejados de pizarra y las torres de la catedral se recortaban contra un cielo azul intenso. El aire era fresco, muy distinto al calor húmedo de mi tierra, y me envolvió como una caricia extraña. Pasé por la aduana con el corazón en un puño, pero el oficial, un hombre de mirada seria pero voz suave, revisó mi visa de estudiante y me devolvió el pasaporte con un gesto amable.

Un taxi me llevó hasta el centro de la ciudad. Allí, entre edificios de piedra oscura y fachadas con balcones llenos de flores, se alzaba la Universidad Superior de Gastronomía y Repostería de Colonia: un edificio imponente, de líneas clásicas y grandes ventanales que dejaban ver los pasillos amplios y limpios. Estaba en una zona muy viva, llena de turistas que paseaban por las calles empedradas, de cafeterías con mesas en la acera y de plazas donde la gente se sentaba a descansar. Mi departamento estaba a solo diez minutos a pie de allí, en un edificio más pequeño, pintado de color crema.

Por lo general, los estudiantes compartían vivienda, pero como yo era la única mujer del grupo de diez seleccionados, y no podían ponerme con compañeros varones, me habían asignado el apartamento completo para mí sola durante los dos años. Era un lugar sencillo pero acogedor: dos habitaciones amplias, una cocina con cabina de gas moderna, una sala con un sofá de tela gris y una mesa de madera, y todos los muebles necesarios ya colocados. Al entrar, me sentí extrañamente vacía —demasiado espacio para alguien que siempre había vivido rodeada de ruidos y cariño—, pero al mismo tiempo agradecida de tener mi propio refugio.

Mis clases empezaban al día siguiente, a las diez de la mañana. Pensé que podría organizarme, que tendría tiempo de sobra para prepararme, pero el cansancio del viaje me jugó una mala pasada: cuando desperté, el reloj marcaba las nueve y media.

Salté de la cama de un salto, con el corazón golpeándome las costillas. Me puse la camisa blanca del uniforme a medio abrochar, metí la falda a toda prisa, me calcé los zapatos sin atar bien y salí corriendo del edificio. Las calles estaban llenas de gente que iba al trabajo: vi coches de colores oscuros avanzando despacio, bicicletas que pasaban a toda velocidad, casas con macetas en las ventanas y puertas de madera labrada. No sabía muy bien por dónde ir, y varias veces tuve que detenerme para mirar los mapas que había en las esquinas, sin entender casi nada de las indicaciones escritas en alemán. Corrí hasta que me dolieron las piernas, y cuando por fin crucé las puertas de la universidad, el reloj del vestíbulo señalaba las once. Había llegado con una hora de retraso.

El aula —o mejor dicho, la cocina-taller— era inmensa, con mesones de acero inoxidable alineados en filas, hornos de última generación y estantes llenos de utensilios que nunca había visto. El maestro estaba de espaldas, de pie junto a la encimera del fondo, con el uniforme impecable y la espalda muy recta. Cuando orió el ruido de mis pasos, se giró despacio. Era un hombre alto, de pelo canoso cortado al ras y mirada tan afilada que parecía capaz de atravesarte. Hablaba un inglés perfecto, con un ligero acento alemán, y sus palabras salían frías y claras:

—La puntualidad no es un detalle decorativo en esta escuela. Es la base del respeto por tu trabajo, por el de tus compañeros y por quienes te enseñan. Llegar una hora tarde el primer día es una falta de consideración imperdonable.

Me quedé helada en la puerta, agarrando el asa de mi bolso con tanta fuerza que se me pusieron los nudillos blancos. Intenté explicarme, pero las palabras se me quedaron atoradas. Solo pude decir, con la voz muy bajita, en el único alemán que sabía hasta entonces:

—Lo siento mucho. Disculpe.

Él arqueó una ceja, sin dejar de mirarme.

—¿Eso es todo? —preguntó—. Un “lo siento” no lava los platos, ni prepara los ingredientes, ni devuelve el tiempo que hemos perdido. Como castigo, hoy te quedarás aquí hasta que quede limpio cada rincón de esta cocina. Lavarás todos los recipientes, las ollas, los cuchillos, fregarás los suelos y limpiarás cada estante. Y harás lo mismo mañana, y toda la semana. Tal vez así aprendas que en esta profesión no hay excusas.

No hubo más discusiones. Asentí con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas que no me atrevía a dejar caer, y me puse a trabajar mientras los demás alumnos empezaban la clase. Mientras restregaba las sartenes, escuchaba las explicaciones del maestro, y sentía que todo lo que había soñado se volvía mucho más difícil de lo que jamás imaginé. Pero también, en el fondo de mi pecho, escuché la voz de Rosa: No te rindas. Aún estás a tiempo de comenzar de nuevo. Y así, con las manos enjabonadas y el corazón apretado, supe que no podía volver atrás.

 

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