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El CEO Y La Diseñadora

El CEO Y La Diseñadora

Status: En proceso
Genre:CEO / Malentendidos
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Itzel Velasco

Él es un magnate de acero: frío, desconfiado y acostumbrado a controlarlo todo, hasta que ella cruza su camino. Ella es una joven diseñadora llena de talento, que solo busca una oportunidad para que sus diseños de ropa y joyas brillen. Lo que comienza como una simple entrevista se convierte en una atracción inesperada que romperá sus barreras... y despertará en él una obsesión que no sabía que podía sentir.

NovelToon tiene autorización de Itzel Velasco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: Una invitación entre hilos rotos

El aire de la calle le golpeó la cara con fuerza cuando Yoselin salió del edificio de cristal y acero donde tenía su despacho Alejandro Varela. Caminó rápido, sin mirar atrás, con la carpeta apretada contra el pecho como si fuera lo único que le quedaba. El corazón todavía le martilleaba en los oídos, pero no era por miedo, era por esa mezcla de rabia y orgullo que le había impedido bajar la cabeza delante de él.

«Si no encajo aquí, encajaré en otro lado», se dijo a sí misma, repitiendo las palabras como un juramento. Pero por dentro, no podía evitar recordar la mirada fría del CEO, la forma en que había apartado sus bocetos como si no valieran nada, esa voz grave que parecía decir que todo lo que ella creía importante no era más que una tontería.

Llegó a su casa media hora después: un pequeño departamento en un barrio tranquilo, lleno de telas colgadas, cajas de piedras y mesas cubiertas de bocetos. Cerró la puerta con llave, dejó la carpeta sobre la mesa de trabajo y suspiró tan profundo que le dolió el pecho.

Se quitó el traje formal que había elegido con tanto cuidado para la entrevista. Aquella ropa no era ella; era una máscara que se había puesto para intentar encajar en el mundo impecable de Varela, y él la había rechazado igual. Se puso su ropa habitual: unos pantalones cómodos, una camiseta de algodón suave y una chaqueta de mezclilla. Al hacerlo, sintió que se quitaba también un peso de encima.

Se sentó frente a la mesa, mirando los dibujos que había preparado con tanta ilusión. Recordó lo que le había dicho él: «Las líneas son arriesgadas, no veo elegancia, veo rebeldía». Yoselin negó con la cabeza, pero no pudo evitar que una pequeña duda se colara en su mente. ¿Eran realmente demasiado diferentes? ¿O simplemente Alejandro Varela estaba demasiado acostumbrado a que todo fuera igual para reconocer algo nuevo?

Iba a tomar uno de los bocetos para repasarlo, cuando el teléfono sobre la mesa empezó a sonar con insistencia. El nombre en la pantalla le dibujó una media sonrisa: Mariana. Su mejor amiga, la única que conocía cada uno de sus diseños y sabía lo mucho que significaba esa entrevista.

—¡Hola! —contestó Yoselin, tratando de que su voz sonara más animada de lo que se sentía.

—¡Amiga! ¿Cómo te fue? ¿Te contrató el magnate de hielo? Cuéntame todo de una vez, que me muero de la curiosidad —dijo Mariana al otro lado de la línea, con su energía habitual.

Yoselin soltó una risa corta, un poco amarga.

—Pues el magnate de hielo sigue siendo muy frío, y yo sigo sin trabajo. Me dijo que mis diseños son demasiado arriesgados, que no encajo con su imagen y me mandó a casa —respondió sin rodeos.

Hubo un silencio breve al otro lado, antes de que Mariana respondiera con firmeza:

—¿Qué? ¿Ese tipo no tiene ojos? ¡Tus diseños son mejores que todo lo que vende esa marca aburrida! Solo es un hombre que tiene miedo de lo que no controla, igual que te dijo tú misma. No dejes que te baje el ánimo.

—No lo haré —aseguró Yoselin, aunque todavía sentía el nudo en el estómago—. Pero sí me dolió un poco. Me trató como si mi trabajo no valiera nada, sin siquiera darle una oportunidad real.

—Exacto, no vale la pena que te quedes encerrada pensando en él —insistió su amiga, y su tono cambió a uno más animado—. Por eso te llamo: esta noche abren un antro nuevo en el centro, va a ir todo el mundo, ponen música buena y hay mucho ambiente. Vamos, Yoselin. Olvídate de entrevistas, de Varela y de sus reglas estúpidas por unas horas. Solo salimos, bailamos y pasamosla bien.

Yoselin dudó. Tenía ganas de quedarse aquí, rodeada de sus cosas, intentando arreglar los bocetos o buscar nuevas ideas. Pero también tenía ganas de gritar, de moverse, de dejar de escuchar en su cabeza la voz de Alejandro diciéndole que no servía.

—¿Segura? —preguntó—. No tengo ganas de vestirme elegante otra vez.

—¡Ni lo pienses! Vete como quieras, con esa chaqueta que te gusta y las joyas que hiciste con las piedras azules —dijo Mariana—. Esas piezas son las que él no supo ver, y esta noche vas a lucirlas para que todo el mundo las admire. Vamos, demuéstrate a ti misma que no necesitas su aprobación para brillar.

Esas palabras la convencieron. Lo que más le molestaba de todo no era el rechazo, sino la sensación de que alguien le había quitado valor a lo que ella hacía. Iba a ir, iba a lucir sus propias creaciones, y se recordaría a sí misma que tenía razón.

—Está bien —dijo, sonriendo de verdad—. Voy. Paso por ti en una hora.

—¡Esa es mi chica! —gritó Mariana antes de colgar.

Yoselin dejó el teléfono y se acercó al pequeño joyero que tenía en un rincón. Sacó el collar y los pendientes que había hecho hacía unas semanas: plata pulida con piedras de color azul oscuro, que brillaban a la luz como ojos atentos. Mientras se los ponía, pensó en la mirada intensa de Alejandro Varela, en esa forma suya de observar todo sin mostrar nada.

—No necesito que tú veas mi valor —susurró a su reflejo—. Yo ya lo sé.

Se puso los zapatos, tomó su bolso y apagó la luz del taller. Al salir, cerró la puerta con decisión. La entrevista había salido mal, sí, pero no era el fin. Quizás esa noche, entre la música y la gente, encontraría la inspiración que le faltaba para demostrarle al hombre más frío de la ciudad que se equivocaba.

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