NovelToon NovelToon
La Esposa Que Él No Quiso

La Esposa Que Él No Quiso

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Malentendidos / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Divorcio
Popularitas:200.4k
Nilai: 4.4
nombre de autor: maria

Jimena Rivas pasó cinco años siendo la esposa secreta de Sebastián Alcázar. Lo amó en silencio, cuidó su casa, soportó su frialdad y creyó que algún día él aprendería a mirarla.

Pero la noche en que descubrió que estaba embarazada, también vio a Sebastián anunciar ante todos a otra mujer: Sofía, joven, dulce, embarazada... y dueña de toda la ternura que él jamás le dio.

Sebastián le pidió el divorcio con desprecio, la obligó a cuidar a su amante y usó la enfermedad de su madre para mantenerla atada. Jimena decidió irse. Sin escándalos. Sin rogar. Sin mirar atrás.

Lo que Sebastián no sabía era que ella también esperaba un hijo suyo.

Y cuando por fin quiso recuperarla, Jimena ya había aprendido algo que él nunca imaginó:

amarlo no era destino.

Era una condena de la que estaba dispuesta a escapar.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Capítulo 22

Mamá entró a quirófano temprano.

La vi desaparecer detrás de las puertas dobles y por un segundo quise correr detrás de ella como cuando era niña y me daba miedo perderla de vista en el supermercado.

Santiago Ibarra llegó poco después.

Lo encontré sentado en una banca del pasillo, con una pierna cruzada sobre la otra y esa calma de abogado que parecía no gastarse nunca.

—Mateo tenía un compromiso con Camila —dijo—. Me pidió que viniera a acompañarte.

—No hacía falta.

Santiago ladeó la cabeza.

—Acabo de volver al país y no tengo gran cosa que hacer. Además, ya nos hemos visto varias veces. ¿Todavía no me consideras amigo?

Con él discutir era peligroso. Siempre encontraba la forma de dejar a una sin salida sin levantar la voz.

Me ayudó muchas veces. Correrlo ahora habría sido descortés.

—Usted es muy listo, licenciado —dije—. Debe saber que si quiero ser su amiga es porque algo me conviene.

Santiago sonrió.

—Lo sé. Y si no quisiera dejarte ganar algo, no podrías.

Por primera vez en días, me salió una sonrisa pequeña.

—Entonces gracias por venir.

La cirugía duró horas.

Demasiadas.

Santiago no llenó el silencio con frases inútiles. Se quedó conmigo, pidió comida y no insistió cuando vio que yo no podía tragar.

Yo miraba el reloj, las puertas, las manos de los médicos que salían y entraban, cualquier movimiento que pudiera darme una pista.

Sebastián no llegó por la mañana.

No me sorprendió.

Tenía a Sofía, tenía el trabajo, tenía una vida entera donde yo siempre era el pendiente incómodo.

A la hora de la comida apareció.

Traía a Rodrigo detrás, cargando documentos en un brazo y bolsas de comida en el otro. Parecía venir directo de una junta.

Sebastián miró a Santiago primero.

Frío.

Después a mí.

—Come.

Una orden.

No me moví.

Rodrigo se acercó con cuidado.

—Señora, doña Carmen preparó caldo de pescado y comida ligera. El señor pidió que se hiciera fresco para usted.

Yo no quería caldo.

No quería comida.

No quería aceptar otra cosa que después pudiera convertirse en deuda.

Sebastián bajó la voz.

—Jimena, si tú no comes, el bebé también se queda sin comer.

Intentó tomarme de la mano para llevarme a la mesa.

Miré sus dedos sobre mi piel.

Esperé dos segundos.

Luego retiré la mano sin rabia, sin fuerza, sin nostalgia.

Solo la quité.

Él se quedó mirando el vacío que le dejé en la palma.

—Gracias, señor Alcázar —le dije a Rodrigo, recibiendo las bolsas.

Sebastián endureció la cara.

Su celular sonó. Era trabajo. Lo tomó y se alejó.

Yo esperé a que doblara la esquina.

Caminé hasta el bote de basura.

Abrí las bolsas.

Tiré todo.

El caldo, el arroz, los recipientes, el gesto.

Todo.

No porque no oliera bien.

Sino porque mi cuerpo ya no sabía recibir nada suyo sin sentir veneno debajo.

Santiago se acercó con una botella de agua.

—Si no quieres comer, está bien. Toma agua. No te castigues de más.

—Gracias.

Bebí dos tragos.

No sabía que Sebastián había vuelto y lo había visto todo.

Cuando apareció frente a mí, el pasillo se sintió más estrecho.

Sus ojos bajaron a mi vientre plano y tardó unos segundos en hablar. Tenía rabia. Mucha. Pero la mordió.

—¿No te gustó la comida? Puedo mandar hacer otra cosa.

—No quiero comer.

—Estoy ocupado, Jimena. No voy a tener siempre paciencia para venir a convencerte.

—No te pedí que vinieras. Gracias por la intención, pero no quiero comer.

Cada palabra me salió tranquila.

Eso pareció irritarlo más que un grito.

—Señor Alcázar —intervino Santiago—, si ella no quiere, no tiene sentido forzarla.

Sebastián lo miró.

—Es asunto de familia.

—Incluso dentro del matrimonio existe autonomía —dijo Santiago—. Obligar a alguien también tiene nombre legal.

Sebastián soltó una risa corta.

—¿Tan rápido buscas reemplazo, Jimena? ¿Ni siquiera has firmado el divorcio?

Santiago sonrió sin perder la calma.

—Qué curioso. Cuando le conviene, sí recuerda que ella es su esposa.

Rodrigo, detrás de Sebastián, estaba pálido.

Yo solo miraba las puertas del quirófano.

No tenía espacio para otra guerra.

Sebastián entendió que no iba a conseguir reacción y se fue con una mueca dura.

No miré su espalda.

La operación terminó hasta la tarde.

Ocho horas.

Ocho horas en las que envejecí años.

Cuando el cirujano salió y dijo que había salido bien, las piernas dejaron de sostenerme. Me agaché en el pasillo, con las manos temblando.

Santiago se puso a mi lado.

No me tocó de más. Solo me dio palmadas lentas en la espalda.

—Ya pasó. Ahora la van a observar en terapia, pero salió bien. Tú no has comido en todo el día. Vamos por algo.

Levanté la cara.

Tenía los ojos ardidos.

—Otra vez te hice perder horas.

—Para acompañar a una muchacha terca como tú, siempre tengo tiempo.

Lo dijo con una suavidad extraña, casi de hermano mayor.

Por un segundo, el pecho se me abrió.

Pensé en mi hermano.

Pensé en su voz.

Y me dolió tanto que tuve que mirar al piso.

Después de comer algo con Santiago, fui a la casa de Sebastián por ropa.

Al abrir la puerta, el olor a cigarro me pegó en la cara.

Encendí la luz.

Sebastián estaba en el sillón. El cenicero sobre la mesa estaba lleno de colillas. Tenía otra entre los dedos.

En mi primer embarazo había dejado de fumar.

No sabía cuándo había vuelto.

Si Sofía también estaba embarazada, debería cuidarse más, pensé con una ironía amarga.

Al verme, apagó el cigarro.

Se levantó y vino hacia mí.

No preguntó por mamá.

No preguntó si yo estaba bien.

Me tomó del brazo y me llevó al cuarto.

Ahí, al menos, no olía a humo.

—Santiago te acompañó todo el día. ¿Feliz?

No respondí.

Abrí el clóset y empecé a sacar ropa.

Sebastián me sujetó la muñeca.

—Suéltame.

—¿Señor Alcázar, gracias, suéltame? —sonrió sin humor—. ¿Tengo que recordarte que todavía no nos divorciamos?

Me sostuvo la mirada.

—Dime la verdad. Todo esto es porque Sofía tomó el proyecto de tu padre.

Volvía a lo mismo.

—Si ese es el problema, pídemelo bien. ¿De verdad crees que no podría quitárselo?

Quería que yo me humillara.

Quería que pidiera con voz suave algo que ya le había pedido de frente.

—Ya lo tomó —dije—. Que lo haga bien. Eso ya no tiene que ver conmigo ni con mi papá.

El proyecto de mi padre había quedado suspendido cuando lo encarcelaron. Yo no pude limpiar su nombre ni proteger su trabajo.

Si un buen equipo lo llevaba adelante, quizá mi padre, de salir algún día, preferiría eso antes que verlo muerto en una bodega.

Sebastián no entendió la rendición.

Para él, si yo no peleaba por ese trofeo, era porque escondía otro interés.

—Entonces es Santiago.

—No.

—¿O Mateo?

—No.

—¿Cuántos hombres necesitas alrededor para sentirte protegida?

Me quedé callada.

Su voz bajó.

—No olvides quién salvó hoy a tu madre.

La frase me atravesó.

—Su recuperación, sus cuidados, los especialistas... todo depende de que seas obediente.

Por mamá, tragué la rabia.

Por mamá, bajé los ojos.

—Lo sé.

Sebastián levantó mi barbilla.

—¿Lo sabes de verdad?

—Sí.

Me besó.

No fue amor.

Fue castigo.

Un beso lleno de posesión, de coraje, de esa necesidad suya de recordarme que todo límite mío podía ser empujado si él encontraba la palanca correcta.

No llegó a más.

Pero me dejó temblando.

—La dignidad en el lugar equivocado solo sirve para hacer el ridículo —dijo contra mi boca.

Yo cerré los ojos.

Y soporté.

Tres días después, mamá pasó de terapia intensiva a cuarto normal.

La camioneta seguía estacionada afuera del hospital. Sebastián ordenó que durmiera ahí cuando tuviera que quedarme de guardia con ella.

Durante varios días bajé a comer cuando él mandaba llamar.

Comía.

Contestaba lo mínimo.

Él fumaba afuera antes de entrar, con esa figura impecable que hacía voltear a medio mundo.

Una tarde, mientras la comida se enfriaba entre los dos, preguntó:

—¿Qué quieres comer mañana?

—Lo que usted mande está bien.

Sus ojos se oscurecieron.

—Odio que me hables así.

Seguí comiendo.

—Jimena, ¿qué estás reclamándome exactamente? Te traigo comida todos los días, vengo a verte, arreglo lo de tu madre. ¿Qué más quieres?

Levanté la vista.

—El divorcio.

La palabra cayó entre los platos.

Sebastián dejó los cubiertos.

—Ni lo sueñes.

Se fue.

Esta vez tampoco miré su espalda.

Mientras comía lo poco que me entraba, Mateo llamó.

—Logré que te reincorporen al Santa Elena —dijo—. Pero no como jefa de área. Después de todo el escándalo, dirección no quiere regresarte al puesto.

Miré hacia el cuarto de mamá.

Su tratamiento posterior costaría una fortuna.

Mi sueldo bajaría.

Mi vida, una vez más, se apretaba alrededor de mi cuello.

—Está bien —dije—. Gracias, Mateo.

—¿Tu mamá puede quedarse acompañada si vuelves el lunes?

—Sí.

Cuando colgué, supe que tenía que buscar dinero por otro lado.

Mi padre todavía tenía una clínica de especialidad que antes pertenecía a la familia.

Yo tenía doble formación, ginecología y ortopedia. Había estudiado hasta romperme la espalda porque en mi casa trabajar bien nunca fue una opción decorativa.

Llamé a mi suegra.

—Jimena, por fin —dijo doña Elena—. Estaba preocupadísima. Sebastián no me dejaba ir a verte.

—Mamá está mejor.

—Me alegra tanto.

Respiré hondo.

—Necesito hablar con usted de la Clínica Rivas.

Hubo silencio.

—Quiero recuperarla. O al menos la administración.

—Hija, sabes que yo no manejo el grupo. Eso lo ven Sebastián y su papá.

—Ya no puedo seguir con Sebastián —dije—. Quiero divorciarme. Si no puedo recuperar todo, acepto empezar con la clínica.

Doña Elena bajó la voz.

—Pero estás embarazada. Por el bebé...

No contesté.

El bebé ya no estaba.

Ella entendió mi silencio de otra manera.

—Hablaré con ellos.

Colgué con una punzada en el vientre.

Durante dos días busqué guardias, consultas privadas, cualquier trabajo externo.

Todos rechazaron.

Algunos con pena.

Otros con miedo.

Todos por la misma sombra.

Sebastián.

1
amparo molina rodriguez
no entiendo próximo capitulo 22 de julio y hoy es 9 de agosto???
karencitha
esta novela sigue con la mismo ya aburre leerla se le acabaron las ideas ala autora
Andrea Pupo
por algo el tal Arturo estaba tan furioso el cambio los resultados
amparo molina rodriguez
aun se vive asi subyugadas y no son rica por la pobreza aguantan
Rico conocer el final
Patry Perez
está novela está siempre en lo mismo no avanza.ya aburre .hasta aquí llegó.ya no la leo más.
Patry Perez
está novela está siempre en lo mismo no avanza.ya aburre .hasta aquí llegó.ya no la leo más.
Rosa Reyes
hasta cuando Jiména va a seguir aguantando a Sebastián si no la quiere que le dé el divorcio o que se vaya lejos y lo deje solo con su apellido y su dinero
amparo molina rodriguez
muy excelente pero siempre dejan el final sin respuesta
amparo molina rodriguez
dejen terminar la serie por favor
noris partidas
aquí ebastia debe sentar a sus padres 6 hablarles claro, no ha sido feliz con Jimena porque no lo han dejado y el se ha dejado
karencitha
esa Jimena no tiene gracia estaba casada y se divorcio luego se volvió a casar y ahora se quiere divorciar
Mariana Posternak
que de vuelta, por dios hace 20 capítulos lo mismo 😡🙏
Cliente anónimo
Es demasiado de lo mismo,
Tere Jimenez
muy interesante el capítulo
noris partidas
esto es un sufrimiento continuado
noris partidas
hay mucho secretos y falta de comunicación entre los dos por eso la relación no avanza
Leila Tapia
se lastima por su gente. hay muchos secretos y maldad
Tere Jimenez
muy bueno el capítulo gracias
Leila Tapia
la familia de sebastian no acepta a sofia. por que
Leila Tapia
eso parece
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play