Tras descubrir la infidelidad de su pareja, Ariana decide cumplir su sueño de ser madre soltera mediante inseminación artificial. Su única regla: nada de donantes Alfas. Sin embargo, un error en la clínica la vincula de por vida con Alexander Blackwood, el Alfa más poderoso y temido del país.
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Capítulo 17
La mañana siguiente se filtró por las pesadas cortinas de seda con una timidez casi fúnebre. El aire en el desayunador de la mansión Blackwood era denso, cargado con el rastro del incienso ritual de la noche anterior y el aroma a café recién molido que no lograba disipar la tensión. Ariana se sentó a la mesa, sintiendo que cada articulación de su cuerpo pesaba una tonelada. El anillo de ónix en su dedo parecía haber absorbido el frío de la piedra, enviando punzadas de advertencia por su brazo cada vez que movía la mano.
Frente a ella, Alexander Blackwood era la viva imagen de la eficiencia gélida. Vestido con un traje gris carbón de corte impecable que acentuaba la amplitud de sus hombros, revisaba una serie de informes en su tableta digital. No había rastro de fatiga en su rostro, solo esa determinación de acero que lo caracterizaba como el Alfa más poderoso de la región.
Ethan, sentado entre ambos, rompía la monotonía del silencio con el tintineo de su cuchara contra el cuenco de porcelana. Sus ojos grises, tan parecidos a los de su padre, saltaban de Alexander a Ariana con una curiosidad vibrante.
—¿Es verdad que el bebé será un Alfa como papá? —preguntó el niño de repente, dejando la cuchara suspendida en el aire.— Martha dice que cuando los bebés son de linaje puro, se mueven mucho porque quieren salir a correr al bosque pronto.
Ariana sintió que el poco jugo que había logrado tragar se le quedaba atascado en la garganta. El peso de la mentira que compartía con Alexander se volvió casi insoportable bajo la mirada inocente del niño.
—Aún es muy pequeño para saberlo, Ethan —respondió ella, forzando una suavidad en su voz que no sentía en su interior.— Pero estoy segura de que será alguien muy especial, igual que tú.
—Papá —insistió el pequeño, girándose hacia la figura imponente a su izquierda—, ¿tú también lo sientes? Martha dice que los Alfas pueden oler la fuerza de sus cachorros incluso antes de que nazcan.
Alexander dejó la tableta sobre la mesa con un golpe seco, pero no agresivo. Observó a su hijo durante un segundo que pareció una eternidad.
—Es un Blackwood, Ethan. La fuerza no se cuestiona, se hereda —sentenció con una voz profunda que hizo vibrar el aire del salón.— Ahora, termina tu desayuno. Tengo una reunión de emergencia en la sede corporativa de la ciudad y no regresaré hasta antes de que anochezca.
Alexander se puso de pie, su sola presencia llenando el espacio. Miró a Ariana con una intensidad que le recordó el contrato que los unía y el roce de sus cuerpos de la noche anterior.
—Martha tiene instrucciones estrictas de asegurar que descanses. Tras los eventos del Consejo, no quiero que te esfuerces más de lo necesario. Tu única prioridad es mantener la calma y fortalecer tu vínculo con el cachorro.
Mientras tanto, a miles de kilómetros hacia el norte, donde los bosques de pinos son tan oscuros que parecen negros bajo la nieve eterna, el clima era muy distinto. En una fortaleza de piedra y cristal, Viktor Volkov, el Alfa de los territorios del Norte, sostenía un informe en sus manos enguantadas.
La noticia de la nueva "Luna" de Alexander Blackwood y el embarazo que garantizaba la continuidad de su linaje se había extendido como un incendio forestal por los canales diplomáticos de las manadas. Para Volkov, un hombre cuya ambición solo era igualada por su crueldad, esta información no era una razón para celebrar, sino un objetivo.
—Así que el lobo solitario finalmente ha encontrado una hembra que soporte su estirpe —gruñó Viktor, su voz como el crujir del hielo bajo una bota.— Un heredero de Blackwood cambia el equilibrio de poder en el Consejo. Si esa mujer es tan fuerte como dicen para haber sobrevivido a su marca y al ritual del cáliz, necesito verla con mis propios ojos.
Volkov dejó caer el informe sobre un escritorio de obsidiana. Sus ojos brillaron con una luz malévola. Sabía que Alexander era meticuloso, pero también sabía que todo hombre tiene un punto débil, y una hembra preñada era, por definición, el flanco más vulnerable de un Alfa.
Tomó su teléfono satelital y marcó el número privado de la oficina de Blackwood.
Alexander estaba en su despacho de la sede corporativa, rodeado de pantallas que mostraban gráficos financieros y mapas de logística, cuando su teléfono privado vibró con un tono que indicaba una llamada de alta prioridad del exterior. Al ver el identificador, sus ojos se tornaron dorados de inmediato, la bestia interna reconociendo el rastro del rival.
—Volkov —contestó Alexander, su voz era un rugido contenido.
—Blackwood. Mis felicitaciones vuelan rápido, igual que las malas noticias —la risa de Viktor al otro lado de la línea era gélida y cargada de veneno.— Un bebé en camino. Qué descuido por tu parte no haberme invitado a la presentación oficial ante el Consejo. Iré a visitarlos pronto, Alexander. Quiero conocer personalmente a la mujer que ha logrado domar al Alfa más indomable de estas tierras.
Alexander colgó sin despedirse. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el aparato, que crujió bajo su fuerza. La amenaza era transparente: Volkov no venía en son de paz. Venía a oler la sangre, a buscar la fisura en la armadura de los Blackwood. Si Viktor ponía un pie en la mansión y detectaba, aunque fuera por un segundo, que Ariana era una humana, la masacre sería inevitable.
La urgencia le quemó la garganta. No podía permitir que Ariana estuviera sola en la mansión, protegida solo por muros y guardias que desconocían la magnitud del secreto. Marcó de inmediato a la casa.
—¡Martha! —exclamó en cuanto la ama de llaves respondió.— Escúchame bien. La situación ha cambiado. No puedo esperar a la tarde para hablar con ella.
—Señor, la Srta. Ariana está descansando en sus aposentos como usted ordenó —respondió Martha, desconcertada por el tono de su jefe.
—Despiértala si es necesario. Quiero que Ariana esté aquí, en mi oficina, en los próximos treinta minutos. Envía a mi unidad de seguridad privada, la escolta blindada de nivel cinco. Dile que es una emergencia absoluta. Necesito que firme unos protocolos de seguridad adicionales y que esté bajo mi supervisión directa ahora mismo.
Alexander colgó y se quedó mirando el horizonte de la ciudad a través del cristal reforzado. El juego de sombras se había vuelto mortalmente real. Ariana ya no solo tenía que engañar a los ancianos; ahora tendría que enfrentarse a la mirada de un depredador que buscaba su muerte. La mentira tenía que ser perfecta, o el futuro de los Blackwood moriría antes de nacer.