A Renata la traicionaron el día más importante de su vida.
Mientras se probaba sola su vestido de novia, un mensaje anónimo le reventó el mundo: su prometido, Patricio, se estaba casando con Daniela —la hija postiza que le robó su lugar en la familia Bracamonte— en una boda de ensueño. Cuando llegó, escuchó a los invitados reírse de ella: «la sorda», «la arrimada», «en la cama ha de ser un pez muerto». Patricio ni se inmutó: «Es normal en este círculo. Seguirás siendo mi esposa legal».
Renata rompió el compromiso ahí mismo. Y esa misma tarde, ante todos, hizo lo único que nadie esperaba: **se casó con Maximiliano Lazcano… el tío de su ex.**
Frío, intocable, dueño de uno de los imperios más grandes del país, Max era el hombre que la sociedad entera deseaba y temía. Lo que Renata no sabía —y lo que Patricio descubriría demasiado tarde, llamándola noche tras noche para suplicarle que volviera— es que ese magnate de hielo la amaba en silencio desde que ella tenía dieciséis años. Y ahora que por fin era suya, no pensaba dejarla ir.
Él la cubrió de joyas y la defendió en público cuando la élite la despreciaba. Curó en secreto el oído que ella creía perdido. La eligió, una y otra vez, frente a todos. Pero entre ellos seguía en pie un secreto enterrado en cenizas: el incendio que la dejó sorda, el trauma que lo persigue a él… y una verdad que cambiará quién es el culpable y quién la víctima.
Mientras Renata se levanta de la nada hasta convertirse en la diseñadora más codiciada del país, los que la humillaron caen uno a uno. La hija postiza pierde su corona. El ex que la cambió por su hermana lo entiende cuando ya no hay vuelta atrás. Y la verdad sobre su sangre, su pasado y el hombre que siempre la amó saldrá a la luz.
La despreciaron por ser «la hija perdida, la sorda, la naca».
Se equivocaron con la mujer.
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Capítulo 10
Capítulo 10: Saltó por la ventana
El cerrojo sonó como una sentencia.
—Esto es absurdo —dije, encarando a Augusto—. No pueden encerrarme. Soy mayor de edad.
—En esta familia las cosas se hacen como yo digo. —Augusto se sirvió otra copa, tranquilísimo, como si encerrar a una hija fuera trámite de todos los días—. Así funciona nuestro mundo, Renata. Las niñas bonitas no eligen; obedecen y se casan con quien conviene. Patricio te perdona el numerito de la hacienda. Es más de lo que mereces. Vas a casarte con él y se acabó el escándalo.
—Patricio se va a casar con Daniela el mes que entra —le recordé—. ¿También a eso le va a llamar "como conviene"?
—Eso lo arreglamos —dijo, y por su tono entendí que para esa gente todo era arreglable: las personas, los compromisos, las hijas. Objetos que se mueven de un lado a otro del tablero.
Daniela eligió ese momento para su mejor actuación. Se acercó a mí con los brazos abiertos, fingiendo querer abrazarme, y cuando la esquivé, se dejó caer ella sola contra la mesa de centro, soltando un grito agudo.
—¡Ay! ¡Me empujó! —gimió, tirada en la alfombra, tocándose el codo—. Mamá, Renata me empujó…
—Yo no la toqué —dije, pero ya era tarde.
Patricia cruzó la sala en dos pasos y me cruzó la cara de una bofetada. La misma mejilla. El mismo lado. El oído izquierdo estalló en su mar blanco y por un segundo el mundo se quedó mudo, girando.
—¡Salvaje! —oí, lejos, cuando el sonido volvió—. ¡Le pegas a tu hermana! Eso te enseñaron en ese internado de muertos de hambre, ¿verdad?
No me dejaron defenderme. Entre el guardia y Patricia me llevaron casi a rastras por el pasillo hasta mi antiguo cuarto, ese que nunca sentí mío, y me empujaron adentro. Antes de cerrar, Daniela —milagrosamente recuperada del codo— me arrancó el bolso de las manos.
—Yo te lo guardo, hermanita —dijo, con una sonrisita, devolviéndome mis propias palabras envenenadas—. Para que no llames a nadie y hagas otra tontería.
La puerta se cerró. La llave giró. Me quedé sola, con la mejilla ardiendo y sin teléfono, en la casa de la gente que se decía mi familia.
No lloré. Llorar no abre puertas.
Pasé horas en ese cuarto. Oí, del otro lado de la puerta, los ruidos de la casa: la risa de Daniela, el tintineo de las copas en la cena, la voz de Augusto al teléfono hablando de "arreglar todo para la boda" como si yo fuera un envío que hay que reprogramar. Probé la puerta: cerrada. Golpeé: nadie vino. Busqué un teléfono fijo: lo habían quitado de la habitación. Me habían pensado todo. Esa fue la parte que más frío me dio, más que el encierro en sí: la frialdad de la planeación, de la gente que se dice tu familia sentándose a cenar a unos metros mientras te tienen bajo llave como a un animal.
Y entonces, en lugar de miedo, me subió por dentro una rabia limpia, de las que sirven. No. No me iba a quedar ahí esperando a que me entregaran como un paquete en el altar de Patricio.
Caminé hasta la ventana. Estaba en el segundo piso, pero justo abajo corría el techo de la cocina, y de ahí, descolgándose por la canaleta, se podía llegar al jardín. De niña, en el internado, aprendí a trepar muros para escaparme al patio prohibido cuando las monjas nos castigaban encerradas. Una infancia así deja pocas cosas buenas, pero algunas sí: yo sabía bajar de donde fuera. Algunas cosas no se olvidan.
Esperé a que oscureciera. Cuando la casa quedó en silencio, abrí la ventana, me quité los zapatos para no resbalar, y salí.
El techo de teja estaba húmedo de sereno. Bajé como pude, descalza, agarrándome de la canaleta, sintiendo el corazón en la boca y el aire frío de la noche cortándome la cara. Cada teja que crujía me parecía una alarma. Abajo, en el jardín, ladró un perro, y me quedé congelada, pegada a la pared, hasta que volvió el silencio. A media bajada, el pie se me fue en una teja floja. Caí el último tramo y aterricé mal sobre el tobillo derecho; un latigazo de dolor me subió por la pierna hasta la cadera y tuve que morderme la mano para no gritar, con los ojos llenos de lágrimas que no eran de tristeza sino de puro esfuerzo. Pero estaba abajo. Estaba afuera. Y eso era lo único que importaba.
Cojeando, descalza, con los zapatos en la mano, crucé el jardín y salté la barda de servicio. La calle de Lomas estaba oscura y vacía, con sus mansiones dormidas detrás de altos muros. No tenía teléfono, ni dinero, ni a quién llamar. Solo caminé, lo más rápido que el tobillo me dejaba, lejos de esa casa.
No había avanzado tres cuadras cuando un coche oscuro frenó a mi lado. Me asusté. Pero del asiento del copiloto bajó un hombre de traje, serio, que me habló con respeto.
—¿Señora Lazcano? Soy de la seguridad del señor Maximiliano. Llevamos horas buscándola. El señor perdió contacto con usted y dio la orden de no parar hasta encontrarla. Por favor, suba; la llevamos a casa.
Casi me caigo de la sorpresa, y no solo por el tobillo. Max, desde el otro lado del mundo, al ver que yo no contestaba sus mensajes, había mandado a su gente a buscarme. No me había llamado nada más. Me había buscado.
Subí al coche. Apenas me acomodé, el hombre me pasó un teléfono.
—El señor quiere hablar con usted.
Lo tomé con la mano temblándome.
—¿Renata? —La voz de Max, tensa, cortante, distinta a sus mensajes secos—. ¿Dónde estabas? ¿Estás bien? ¿Te hicieron algo?
Y ahí, no sé por qué, no le dije la verdad. No le dije que mi madre me había vuelto a abofetear, que me habían encerrado, que había saltado por una ventana, que tenía el tobillo hinchado como una pelota. Tragué todo eso y, con la voz más firme que pude fingir, contesté:
—Estoy bien. Solo… tuve un problema con mi familia. Ya lo resolví. No es nada.
Hubo un silencio del otro lado. Un silencio largo, que no supe leer.
—Estoy bien, de verdad —insistí, y odié lo falsa que sonaba.
—…Está bien —dijo al fin, despacio—. Te están llevando a casa. Descansa.
Y colgó.
Llegué a Villa del Roble pasada la medianoche. Don Tomás me abrió la puerta y, al verme descalza, despeinada, con el tobillo torcido y la marca en la cara, se le llenaron los ojos.
—¡Virgen santa! Pero ¿qué le hicieron, señora? —Me ayudó a entrar, regañándome con todo el amor del mundo—. ¿Por qué no llamó? ¡Para eso estamos! Mírese nada más cómo viene…
Mandó llamar al médico de la casa, que me vendó el tobillo —un esguince feo, nada roto— y me puso pomada en la cara. Esa noche, mientras don Tomás me preparaba un té con sus manos temblorosas de viejo preocupado, refunfuñando que "esto no se le hace a una dama, en mis tiempos al que tocaba a una mujer lo corrían a escobazos", llamé a Vale desde el teléfono de la casa.
Le conté todo. Y Vale, del otro lado, primero soltó tal sarta de groserías que tuve que apartarme el auricular, y luego se puso a llorar de coraje.
—Me voy para allá ahorita mismo —dijo—. ¿Dónde estás? Te juro, Rena, que un día de estos voy a esa casa y…
—Estoy a salvo, comadre. De verdad. Estoy en casa de Max. Aquí no me alcanzan. —Y, por primera vez al decirlo, me di cuenta de que era cierto: "casa de Max" me había salido de la boca como se dice "mi casa"—. Solo quería oírte. Y darte mi número nuevo.
Porque eso fue lo primero que decidí: cambiar de número, para que los Bracamonte no volvieran a alcanzarme con sus mentiras de desmayos. El nuevo se lo di solo a dos personas en el mundo: a Vale y a Max.
La segunda la entendí los días siguientes, y me dolió más que el tobillo.
Porque desde esa noche, Max dejó de escribirme.
No más "buenos días, come". No más fotos del cielo. Nada. Sus mensajes, que sin darme cuenta se habían vuelto la cosa más constante de mis días, se cortaron de golpe, como una llave que alguien cierra.
Al tercer día sin saber de él, me tragué el orgullo y le escribí yo: "¿Cómo va el viaje?". Vi que lo leyó. No contestó. Me quedé mirando la pantalla como una tonta, con el tobillo en alto sobre un cojín, sintiéndome ridícula por extrañar los mensajes secos de un hombre que se había casado conmigo por conveniencia. ¿Desde cuándo me importaba tanto? ¿En qué momento esos "come" de cada mañana se habían vuelto la parte de mi día que esperaba?
Don Tomás me veía suspirar y movía la cabeza, pero no soltaba prenda; el viejo sabía algo que yo no.
Y yo, que le había jurado a Max que "estaba bien", que le había mentido para no preocuparlo, no entendía qué había hecho mal. Repasaba la llamada una y otra vez. "Estoy bien. No es nada." ¿Eso lo había enojado? ¿Cómo iba a enojar a un hombre que una le dijera que estaba bien?
¿Qué le pasaba? ¿Por qué, justo cuando volvía a casa, justo cuando más cerca me había sentido de él, se alejaba sin una palabra? No tenía forma de saber, todavía, que a veces los hombres como Maximiliano Lazcano se enojan precisamente con eso: con que la mujer que quieren proteger prefiera mentirles antes que dejarse cuidar.
yo si quiero...no sé tú 😂😂