«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 12: Bajo el escrutinio de la alta sociedad
El Gran Salón de la Fundación Alden era el epítome de la opulencia del viejo dinero. Lámparas de cristal de Murano colgaban de techos decorados con frescos dorados, vertiendo una luz cálida sobre una marea de fracs negros, vestidos de seda de alta costura y joyas de un valor incalculable. Sin embargo, detrás de las risas refinadas y el tintineo de las copas de cristal de baccarat, siseaba un nido de víboras. La noticia de la boda exprés entre el "Emperador de Hielo" y la deshonrada heredera de los Logan, sumada a la fulminante quiebra de Richard Harrison, era el único tema de conversación.
Cuando las descomunales puertas dobles del salón se abrieron, el heraldo de la gala anunció con voz potente:
—El señor y la señora Cross.
Un silencio repentino, casi violento, se extendió por el salón de baile. Cientos de cabezas se giraron al unísono. Los fotógrafos de la prensa social, apostados en los laterales, comenzaron a disparar una ráfaga incesante de flashes.
Dayana sintió el impacto de la mirada colectiva de la élite del país. En el pasado, ese escrutinio despiadado la habría hecho encoger los hombros y buscar un rincón oscuro. Pero esta noche, con el peso del vestido azul noche que Nolan había elegido para ella, sintió que portaba una armadura. Su corte bob pulido reflejaba las luces del salón y sus labios rojo quemado dibujaban una línea de absoluta serenidad.
Nolan no esperó. Deslizó su mano enguantada por la espalda baja de Dayana, un toque firme y posesivo que la empujó suavemente hacia adelante. Caminaron juntos descendiendo la pequeña escalinata de entrada, moviéndose con una sincronía perfecta que exudaba un poder absoluto.
—Mantén la cabeza en alto, Dayana —le susurró Nolan, sin romper su sonrisa cortés de cara al público— Eres una Cross. Vinimos a recordarles quiénes gobiernan este lugar.
A medida que avanzaban entre la multitud, los murmullos comenzaron a filtrarse como veneno sutil.
—¿Es de verdad Dayana Logan? No se parece en nada a la chica sumisa que Richard paseaba por los clubes...
—Mírala... ese vestido es una pieza exclusiva de Vanguard. Nolan Cross nunca gasta en una farsa...
—¿Viste cómo la sujeta? Dicen que él mismo destruyó a Harrison en plena calle por haberla tocado...
Dayana escuchaba cada palabra interna con un frío deleite. El cambio de percepción era total. Ya no la miraban con lástima por ser la novia engañada; la miraban con recelo, envidia y un profundo temor.
Tras media hora de saludos diplomáticos y tensas conversaciones con magnates y diplomáticos —donde Nolan demostró un control absoluto del tablero social, presentando a Dayana no como un adorno, sino como su igual—, la gran orquesta filarmónica apostada en el escenario cambió de ritmo. Los acordes densos, dramáticos y solemnes de un vals clásico comenzaron a resonar bajo los techos dorados.
Por tradición de la Gala Alden, la pareja más prominente de la noche debía abrir la pista de baile. El director de la fundación se acercó a ellos con una profunda reverencia.
—Señor Cross, señora Cross... ¿nos harían el honor?
Dayana miró a Nolan de reojo, esperando que pusiera una de sus habituales excusas frías para retirarse. Nolan detestaba exhibirse de esa manera. Sin embargo, el magnate la sorprendió. Sus ojos grises se fijaron en ella con una intensidad indescifrable, desprovista por completo de la máscara pública.
—Será un placer —respondió Nolan, su voz barítona enviando una vibración directa a la columna de Dayana.
Nolan extendió su mano izquierda. Dayana colocó la suya sobre ella, sintiendo el calor sutil a través del fino cuero de sus guantes. Él la guió con paso firme hacia el centro de la inmensa pista de mármol pulido. La multitud se apartó de inmediato, formando un círculo perfecto a su alrededor, conteniendo el aliento.
Nolan rodeó la cintura de Dayana con su brazo derecho, atrayéndola hacia su cuerpo con una firmeza que eliminó cualquier distancia de seguridad. El cuerpo de Dayana se tensó al chocar contra la rigidez de su pecho cubierto por el esmoquin negro. El aroma a madera, tabaco de alta gama y el calor natural del magnate la envolvieron por completo, nublando por un instante el ruido del salón.
—Sígueme —ordenó Nolan en un susurro bajo, justo antes de que la música estallara en su punto más álgido.
Comenzaron a moverse.
Nolan bailaba con la misma precisión implacable con la que manejaba sus empresas: cada paso era seguro, dominante, guiándola a través del mármol con una fluidez asombrosa. Dayana, dejándose llevar por la inercia de sus movimientos, arqueó la espalda y se acopló a su ritmo. El vestido azul noche flotaba a su alrededor como una sombra líquida, revelando la línea de su pierna con cada giro coordinado.
La química física entre ellos en la pista era innegable y peligrosa. No era el baile coordinado e insípido de dos socios en un trato comercial; los giros eran cerrados, las miradas se sostenían con un desafío ardiente y la tensión que emanaba de sus cuerpos enlazados era tan palpable que los invitados observaban el espectáculo con el corazón acelerado. Dayana lo miraba a los ojos, perdiéndose deliberadamente en esa tormenta gris, inyectando en su actuación toda la pasión de una esposa profundamente devota y peligrosa. Sus dedos se aferraban al hombro de Nolan con una fuerza real, y su respiración se volvió agitada contra el cuello del magnate.
La música avanzó hacia su clímax. Nolan la hizo girar sobre su propio eje y, con un movimiento rápido y dominante, la atrajo de espaldas contra su pecho, rodeándole el abdomen con ambos brazos mientras la orquesta sostenía una nota dramática. La cercanía era absoluta; Dayana podía sentir los latidos acelerados del corazón de Nolan golpeando contra su espalda.
El salón estalló en aplausos efusivos, pero para Dayana, el mundo exterior se había apagado.
En medio del estruendo de los aplausos y sin romper la postura posesiva que los mantenía unidos ante los ojos de toda la alta sociedad, Nolan inclinó sutilmente la cabeza. Sus labios rozaron el lóbulo de la oreja de Dayana, y su aliento cálido contrastó violentamente con la gélida advertencia que le susurró al oído con una voz cargada de una oscura y magnética fascinación:
—Estás actuando demasiado bien, Dayana... ¿o acaso estás empezando a sentirlo?
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