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El Karma del Marido Desleal

El Karma del Marido Desleal

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Miss Ra

Sin dinero, sin familia y con el corazón destrozado, Valentina huyó a un pequeño pueblo donde nadie la conocía. Ahí, entre las manos ásperas de mujeres solidarias y el llanto de su hijo recién nacido, construyó desde cero lo que nadie creyó posible: un negocio propio, una nueva vida y un amor que jamás imaginó.

Mientras tanto, el karma no descansaba.

Todo lo que Sebastián le hizo se le devolvió con intereses: la traición de su amante, la caída de su imperio, la soledad más profunda. Y cuando por fin comprendió el peso de sus errores, ya era demasiado tarde para recuperar lo que destruyó.

Pero la vida guarda sorpresas para todos. Incluso para quienes no las merecen.

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Episodio 10

Un resplandor anaranjado empezaba a asomarse por el horizonte de Villa Esperanza, ahuyentando los restos de la noche más aterradora en la vida de Valentina. Dentro de la modesta clínica, el aroma a aceite de bebé y sábanas limpias iba reemplazando el olor metálico de la sangre y el sudor.

Todo se había vuelto muy quieto. Solo se oía el tic-tac del reloj de pared y la respiración acompasada del recién nacido que dormía junto a Valentina.

Valentina yacía exhausta, pero sus ojos no se despegaban ni un segundo de la criatura diminuta a su lado. El cuerpo del bebé aún lucía rojizo, con unos deditos minúsculos que de vez en cuando se movían por reflejo.

Cada vez que el bebé emitía un ronquido suave, el corazón de Valentina se estremecía. El dolor que casi le arrancó la vida la noche anterior se sentía ahora como una pesadilla lejana.

La partera Sonia entró con una charola de avena caliente y un vaso de té dulce. Sonrió al ver esa intimidad entre madre e hijo.

—Tome, cómase esto, Valentina. Necesita fuerzas para la lactancia —dijo Sonia con suavidad—. Su niño es un guerrero. No ha llorado desde que nació, como si supiera que su mamá necesita descansar.

Valentina se incorporó con ayuda de Sonia.

—Gracias, partera. No sé qué habría sido de nosotros si no hubiéramos llegado anoche.

Sonia le apretó el hombro con cariño.

—Fue voluntad de Dios, Valentina. Oiga, ¿ya tiene nombre para este campeón? Necesito llenar el registro de nacimiento.

Valentina se quedó callada un momento. Acarició con delicadeza la mejilla del bebé, suave como la seda. La imagen de Sebastián tirando los zapatitos al suelo, salpicándola de lodo y dejando que el teléfono sonara sin contestar, le pasó por la mente como una película en blanco y negro.

Ese hombre no merecía ponerle nombre. Ese hombre no merecía dejar huella alguna en este ser puro.

—Se llama Santiago —dijo Valentina con voz firme, aunque los ojos se le humedecieron.

Sonia la miró, saboreando el nombre.

—Qué bonito nombre, Valentina. ¿Tiene algún significado especial?

Valentina esbozó una sonrisa tenue, una sonrisa cargada de una fortaleza enorme.

—Santiago quiere decir "el que protege". Él será mi escudo contra la oscuridad. No necesita el apellido de nadie para ser grande.

Valentina decidió no usar el apellido Montero. Había resuelto que en la sangre de Santiago no habría ni una gota de reconocimiento hacia el hombre que lo rechazó.

Cuando Sonia salió a encargarse del papeleo, Valentina atrajo a su hijo más cerca y le susurró al oído diminuto algo como un juramento, sellado con las lágrimas que empezaban a rodarle por las mejillas, esta vez lágrimas de fuerza.

—Escucha, mi amor. Tú eres Santiago. Naciste de la fuerza de tu mamá, no del lujo de un padre sin corazón. Te prometo que, a partir de este segundo, jamás voy a permitir que ese hombre te toque. Ni tocarte, ni siquiera ver tu sombra.

Valentina le besó la frente con solemnidad.

—Él tendrá dinero para comprar el mundo entero, pero nunca será lo suficientemente rico para comprarse un solo segundo de tu tiempo. Vamos a crecer juntos. Solo tú y yo.

Esa promesa no era un arrebato pasajero. Era la trinchera que Valentina levantaba para proteger a Santiago del veneno de la arrogancia de Sebastián. Para ella, Santiago no era solo un hijo: era su dignidad recién nacida.

Tres días después, Valentina recibió el alta para volver a su casa. Con el bebé envuelto en un rebozo antiguo de su abuela, salió de la clínica.

Los vecinos del pueblo que ya la conocían como la vendedora de pasteles tenaz la saludaron con afecto. Varias mujeres le regalaron paquetitos con jabón de bebé y ropita usada pero en buen estado.

Valentina se sintió profundamente conmovida. En la capital, vivía en un apartamento de lujo donde los vecinos de al lado ni siquiera sabían su nombre. Aquí, en la pobreza, se sentía rodeada de una familia.

Al llegar a la casa, Valentina acomodó a Santiago en una hamaca improvisada con una sábana limpia. Miró la cocina estrecha. Sabía que la verdadera batalla empezaba hoy. No podía quedarse quieta gastando lo poco que le quedaba de ahorros.

Aunque el cuerpo aún le dolía por los puntos, Valentina encendió la estufa. Tenía que preparar la masa de los pasteles para venderlos a la mañana siguiente. Mientras revolvía la leche de coco, mantenía el oído alerta a cualquier sonido de la hamaca de Santiago.

—Mamá va a trabajar un ratito, Santi. Por tu leche y por tu futuro —le susurró hacia la hamaca que se mecía despacio.

Mientras tanto, en la capital, Sebastián Montero despertó con la cabeza a punto de estallarle por la cruda. Abrió los ojos en la recámara del apartamento, que ahora era un desastre.

Clarissa dormía a su lado, roncando suavemente después de una fiesta que consumió miles de dólares.

Sebastián agarró el celular. No había notificaciones nuevas del número desconocido que lo llamó esa noche. Sin saber por qué, la curiosidad empezaba a convertirse en una inquietud que no lograba explicar.

Llamó a su abogado, Basilio.

—Basilio, ¿sabes algo de Valentina? Quiero decir, ¿te contactó para pedir ayuda? —preguntó Sebastián con la voz rasposa.

—Nada, señor Montero. Desde que firmó los papeles del divorcio y la renuncia a los bienes, la señora Valentina desapareció por completo. Intenté enviarle la copia del acta de divorcio a su domicilio, pero al parecer tampoco está ahí —respondió Basilio del otro lado de la línea.

Sebastián se quedó mudo. ¿Desapareció? ¿Cómo era posible que una mujer embarazada de casi nueve meses se esfumara sin dejar rastro?

Lo que no sabía era que cuando enviaron el acta, hacía tres días que Valentina estaba en la clínica. Al no encontrar a nadie, el mensajero se había llevado el sobre de vuelta.

Sebastián se levantó de la cama y caminó al balcón. Contempló el cielo gris de la capital. Por lógica, el embarazo de Valentina ya debía estar en fecha de parto.

Se la imaginó en un hospital de tercera, llorando porque no podía pagar la cuenta, o haciendo fila en algún centro de salud abarrotado.

Se suponía que eso debía alegrarlo. Eso era lo que quería, ¿no? Ver a Valentina sufrir para que entendiera que la vida sin Sebastián era un desastre. Pero lo que sentía era exactamente lo contrario.

Había una sensación extraña de pérdida, como si algo valioso se le hubiera resbalado de las manos y caído a un precipicio sin fondo.

—Cariño, ¿por qué tan temprano y ya estás hablando de esa mujer? —Clarissa despertó, con voz mimosa pero que empezaba a resultarle irritante a Sebastián—. Olvídate de ella. ¿Hoy sí vamos a la joyería? Hay una colección nueva que quiero para el evento de mañana.

Sebastián volteó a ver a Clarissa. Era hermosa, sumamente hermosa. Pero por alguna razón, su belleza se sentía de plástico: bonita por fuera, sin alma por dentro. Recordó la cara de Valentina embarazada: pálida, pero siempre irradiando una sinceridad que le brotaba de los ojos.

—Después, Clar. No me siento bien —respondió Sebastián, cortante.

Sebastián dejó a Clarissa refunfuñando y se encerró en su estudio. Abrió el cajón del escritorio y sacó la foto del ultrasonido que días atrás rescató del bote de basura. Contempló ese punto diminuto.

—¿Ya habrás nacido? —murmuró en voz baja.

No sabía que en ese mismo momento, su hijo de sangre dormía con los ojos cerrados en el abrazo tibio de Valentina, en una casa de madera silenciosa. No sabía que el niño al que llamó estorbo se había convertido en el sol de la mujer a la que pisoteó.

Y lo que menos sabía Sebastián era que la oración de una madre humillada ya se movía por los cielos, preparando el escenario para el karma que no tardaría en ir a buscarlo.

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