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Liam es un omega humilde que lucha día y noche para pagar los tratamientos médicos de su hermana enferma, sin tiempo ni energías para nada más. Hasta que la desesperación lo lleva a cruzarse con Dante Ferrero: el alfa dominante, frío y poderoso CEO que jamás creyó en los vínculos ni en el amor.
Un encuentro intenso y prohibido cambia sus vidas para siempre. Al descubrir que lleva su hijo, Liam huye sin decir nada para no ser una carga y proteger a los suyos, luchando solo contra la pobreza, el miedo y la soledad hasta que nace su bebé y su hermana logra recuperarse.
Cuando el destino los vuelva a reunir, Dante tendrá que enfrentar todo lo que dejó escapar, luchar por su lugar en esa familia y demostrar que su fuerza solo sirve para cuidar, proteger y amar.
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VÍNCULO EN LA TORMENTA CAPÍTULO 5: EL RASTRO EN LA LLUVIA
El viento aullaba como una bestia herida, golpeando las paredes de madera de nuestra pequeña casa con tal fuerza que cada tabla crujía y gemía bajo el empuje, y el silbido se filtraba por cada rendija de las ventanas viejas, haciendo mover las cortinas gastadas. La lluvia caía en un torrente implacable, formando un manto gris espeso que borraba por completo el camino de tierra que subía hacia el pueblo, convirtiéndolo en una sola mancha oscura, resbaladiza y llena de lodo que se deslizaba cuesta abajo. Me quedé mucho tiempo sentado en el borde de la cama, con ambas manos apoyadas suavemente sobre mi vientre ya muy abultado y redondo, sintiendo cómo el bebé respondía con movimientos lentos pero firmes, pateando mis palmas como si también él supiera que esa tormenta era distinta a todas las que habíamos vivido desde que llegamos allí. Mia se había quedado dormida abrazada a mi costado, con la cabeza apoyada en mi hombro y su respiración tranquila y regular, mucho más serena que en semanas anteriores después de la fiebre que la había tenido débil toda la tarde, y yo me quedé con los ojos abiertos, escuchando el ruido de la naturaleza afuera y el silencio profundo que había en mi propia alma. Por primera vez en meses, no sentí ese miedo frío que siempre me acompañaba al despertar, ni la angustia de no saber qué pasaría mañana, ni la sensación de estar corriendo sin descanso hacia ningún lado. Solo sentí que estábamos allí, juntos los tres, y que por ahora eso era suficiente.
A la mañana siguiente la lluvia había parado por fin, pero el cielo seguía cubierto de nubes bajas y grises que no dejaban pasar casi nada de luz, y el aire seguía cargado, húmedo y pesado, como si el mundo entero estuviera respirando despacio antes de cambiar. El suelo del patio y de las calles era un barro espeso y pegajoso que se aferraba a las suelas de mis zapatos viejos y hacía cada paso más lento y difícil. Me levanté con mucha más dificultad que de costumbre: al enderezarme la espalda me crujió con un dolor agudo que me hizo cerrar los ojos un instante, y tuve que apoyarme con fuerza en el marco de la puerta hasta que pasó el mareo y la sensación de que el suelo se movía bajo mis pies. Preparé té caliente con miel y una sopa ligera de verduras para Mia, revisé con mucho cuidado que no le faltara ningún medicamento, que todos los frascos estuvieran bien cerrados y ordenados en la mesita de noche, y que la pequeña estufa de leña estuviera lo suficientemente cerca para que no pasara frío mientras yo no estaba. Le di un beso suave en la frente antes de salir, y ella murmuró algo sin despertar, apretando la manta más fuerte contra sí misma.
Luego salí hacia la panadería: el dueño, el señor Tomás, me había dicho la tarde anterior que ese día llegaría un camión con toda la harina del mes y necesitaba ayuda extra para descargarla y acomodarla rápido antes de que la humedad del día la echara a perder. Caminaba muy despacio, agarrándome a las vallas de las casas y a los troncos de los árboles cuando el camino se inclinaba hacia abajo, tratando de no mojarme demasiado ni hacer movimientos bruscos que pudieran lastimar al bebé, y no vi llegar el coche hasta que estuvo a pocos metros de mí. Era un vehículo negro, alto, blindado y sin ninguna marca visible en el exterior, que no se parecía en nada a los autos viejos y oxidados que usaban los vecinos del pueblo. Pasó muy despacio a mi lado, sin hacer casi ruido, y yo me pegué lo más que pude a la pared de ladrillos bajando la cabeza, tirándome el cuello de la camisa ancha hacia arriba para ocultar las marcas antiguas que todavía se veían pálidas en mi piel. El coche se detuvo de golpe unos metros más adelante, frente a la entrada de la clínica, y el corazón se me detuvo en el pecho: conocía ese modelo, conocía el sonido grave y potente de su motor, lo había visto cientos de veces recorriendo las avenidas principales de la ciudad donde vivía antes.
Pero no pasó nada más. Después de unos minutos de silencio, el coche arrancó de nuevo y siguió su camino, desapareciendo al doblar la esquina. Respiré hondo varias veces para intentar calmarme, pero el aire no me entró bien en los pulmones: la sensación de peligro no se iba, era como si el frío de la tormenta se me hubiera metido en los huesos y no quisiera salir nunca más.
Mientras tanto, en la entrada de la clínica, Dante bajó del coche y miró a su alrededor con una expresión que no revelaba nada, pero con sus ojos oscuros escaneando cada rincón, cada rostro, cada detalle del paisaje mojado. Había recorrido ya siete pueblos diferentes en solo tres días, había preguntado en todas las farmacias, todas las escuelas, todos los albergues y puestos de comida, y nada le había dado una sola pista clara. Hasta que esa madrugada su asistente le había mostrado un informe pequeño y discreto: hacía algo más de tres meses había llegado una paciente nueva con una cardiopatía congénita muy específica y poco común, acompañada de su hermano mayor, que trabajaba en dos empleos para pagar todos los gastos médicos. No tenían más datos, pero esa coincidencia era demasiado grande para ser casualidad.
—¿Sabe el nombre del hermano? —había preguntado Dante, con la voz más baja y tensa de lo habitual, apretando el papel entre los dedos.
—No lo pusieron en los registros públicos, señor Ferrero —respondió el asistente con respeto—. Solo indica que es el cuidador principal, y que pidió expresamente no recibir visitas ni llamadas de nadie que venga de fuera del pueblo.
Dante entró en la clínica, y la doctora que nos atendía a mí y a Mia salió a recibirlo de inmediato. Al verlo se quedó quieta un instante: conocía perfectamente su nombre y su apellido, sabía quién era él y todo lo que significaba su presencia allí.
—Busco a alguien —dijo Dante sin rodeos, sin perder tiempo en presentaciones innecesarias—. Un joven omega, delgado, de ojos claros, que cuida de su hermana menor enferma. Sé que están aquí.
—No puedo darle ninguna información sobre mis pacientes —respondió ella con firmeza, sin apartar la mirada ni retroceder un paso—. Ellos pidieron privacidad absoluta desde el primer día, y yo respeto sus decisiones por encima de todo. Si él quiere hablar con usted, vendrá. Si no, no puedo decirle nada más.
Dante no insistió, no gritó, no intentó usar su dinero ni su poder para obligarla a hablar. Solo asintió lentamente, salió de la clínica y se quedó parado en la acera, mirando hacia las calles bajas donde estaban las casas más pequeñas y humildes del pueblo. No iba a entrar por la fuerza, no iba a obligar a nadie a hacer nada que no quisiera, pero tampoco se iría sin respuestas. Sabía que estaba cerca: sus propias feromonas le gritaban que el vínculo no estaba roto, que estaba a muy pocos metros, que solo tenía que esperar.
Yo lo vi todo desde la esquina de la panadería. Me escondí detrás de un montón de cajas de madera vacías que el señor Tomás había dejado afuera para reciclar, y me quedé mirándolo sin poder apartar la vista, con el corazón golpeándome tan fuerte en las costillas que dolía. Estaba igual que en mis recuerdos: alto, imponente, con esa postura erguida que hacía que todo el mundo se apartara a su paso. Pero había algo muy distinto en él: sus hombros ya no estaban tan rígidos ni tensos, no había ira ni arrogancia en su forma de estar quieto, solo una tristeza profunda y pesada que no esperaba ver nunca en él. Sentí que se me rompía el pecho en mil pedazos: quería correr hacia él, quería decirle toda la verdad, explicarle por qué me había ido sin decir nada, contarle del bebé que crecía conmigo, pero al mismo tiempo el miedo antiguo me clavaba los pies en el suelo como si fueran de plomo.
Cuando el señor Tomás me llamó desde la puerta de la panadería para que entrara y le ayudara, Dante giró la cabeza bruscamente hacia donde yo estaba escondido. Por un solo segundo, sus ojos oscuros se encontraron directamente con los míos, y en ese instante todo lo demás desapareció: el ruido del viento, el frío, el miedo, las dudas. Su expresión cambió de golpe, la sorpresa se mezcló con un alivio tan grande que pareció que iba a doblar las rodillas, y dio un paso instintivo hacia mí antes de detenerse, como si temiera asustarme. Supe que no había escapatoria: él ya me había visto. Y también supe, en lo más profundo de mi corazón, que esta vez ya no quería huir.
FIN DEL CAPÍTULO 5