Alana Storm, hija de una de las casas ducales más poderosas del Imperio, entrega su corazón al príncipe heredero y termina convertida en emperatriz. Sin embargo, el amor que tanto anheló solo la conduce a la traición y a la muerte, asesinada por las concubinas del hombre al que amó.
Cuando despierta seis años en el pasado, comprende que ha recibido una segunda oportunidad. Decidida a cambiar su destino, descubre que posee una magia ancestral dormida y que el enigmático segundo príncipe, Maximiliano Ross, siempre la había amado en silencio.
Mientras busca vengarse y proteger a quienes ama, deberá decidir si el camino hacia el poder la convertirá en aquello que más desprecia o si aún existe un futuro diferente.
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EL JUICIO DEL DRAGÓN CELESTIAL
En el Imperio de Valtheria existía una tradición más antigua que cualquier corona.
Más antigua que los palacios.
Más antigua que los títulos nobles.
Incluso más antigua que la propia familia imperial.
La ceremonia del reconocimiento del heredero imperial.
Cada generación de la Casa Ross debía enfrentarse al mismo juicio.
Un juicio que no podía ser comprado.
No podía ser manipulado.
No podía ser evitado.
Porque quien decidía el futuro del Imperio no era el emperador actual.
Era el Dragón Celestial Dorado.
El primer Guardián.
El ser que había visto nacer y desaparecer generaciones enteras.
Aquel que conocía la verdadera naturaleza de los corazones humanos.
El día de la ceremonia, la capital imperial despertó cubierta por una sensación extraña.
No era miedo.
Tampoco emoción.
Era expectativa.
Miles de personas se reunieron alrededor del Palacio Celestial para presenciar un acontecimiento que solo ocurría una vez por generación.
Los nobles llegaron vestidos con sus mejores galas.
Los representantes de las grandes casas ocuparon sus lugares en el salón ceremonial.
La Casa Storm estaba presente.
El Gran Duque Adrián Storm observaba en silencio acompañado por su esposa, la duquesa Seraphina Storm.
A su lado se encontraba Alana, quien con apenas diecisiete años observaba todo con curiosidad.
Ella había escuchado historias sobre el Dragón Celestial desde niña.
Había escuchado que era una criatura hermosa y aterradora.
Un ser que podía destruir un ejército entero con un solo movimiento de sus alas, pero que también podía proteger un reino durante siglos.
—Recuerda esto, Alana.
Su madre habló suavemente.
—Nunca olvides que incluso el hombre con más poder del mundo debe responder ante alguien.
Alana miró hacia el enorme templo situado detrás del palacio.
—¿Ante el Dragón?
La duquesa asintió.
—Ante la verdad.
Aquellas palabras quedaron grabadas en la mente de la joven.
En el interior del santuario imperial, dos jóvenes se encontraban frente a la entrada del recinto prohibido.
El primer príncipe Aurelio Ross.
Y el segundo príncipe Maximiliano Ross.
Ambos eran hijos del emperador.
Ambos tenían sangre imperial.
Ambos habían sido preparados desde pequeños para aquel momento.
Pero solo uno sería reconocido.
Aurelio llevaba un traje ceremonial blanco con bordados dorados.
Su apariencia era impecable.
Su postura era elegante.
Era exactamente la imagen que todos esperaban de un futuro emperador.
A su lado, Maximiliano vestía completamente de negro.
No llevaba adornos innecesarios.
No buscaba demostrar nada.
Su presencia era más silenciosa, pero igualmente poderosa.
Aurelio observó a su hermano menor.
—¿Estás nervioso?
Maximiliano no respondió de inmediato.
Sus ojos permanecieron en la enorme puerta del santuario.
—No.
Aurelio sonrió ligeramente.
—Siempre has sido igual.
—¿Y tú?
El segundo príncipe finalmente lo miró.
—¿Estás seguro de que el Dragón te elegirá?
Durante un instante, el rostro de Aurelio perdió su sonrisa.
Era una pregunta que nadie se atrevía a hacerle.
Porque todos asumían que él sería elegido.
Era el primogénito.
El heredero oficial.
El futuro emperador.
Pero la única opinión que realmente importaba pertenecía a una criatura que no obedecía reglas humanas.
—El Imperio espera que yo sea el príncipe heredero.
Respondió Aurelio.
Maximiliano apartó la mirada.
—El Imperio no es quien decide.
Las puertas del santuario se abrieron.
Un silencio absoluto cayó sobre el lugar.
Los dos príncipes entraron.
Detrás de ellos, solo los miembros más importantes de la familia imperial y los patriarcas de las grandes casas pudieron observar.
El interior del santuario era inmenso.
Las paredes estaban cubiertas de antiguas escrituras mágicas.
Cada símbolo representaba una generación de emperadores.
En el centro se encontraba una plataforma circular.
Y sobre ella dormía una criatura que parecía pertenecer a una época olvidada.
El Dragón Celestial Dorado.
Sus escamas brillaban como si estuvieran hechas de luz.
Sus enormes alas permanecían plegadas.
Cada respiración provocaba que la energía mágica del santuario vibrara.
Entonces abrió los ojos.
Dos esferas doradas observaron a los jóvenes frente a él.
Y durante ese instante, incluso los nobles más orgullosos sintieron temor.
Porque frente a ellos no estaba un animal.
Estaba una leyenda viva.
Aurelio fue el primero en avanzar.
Caminó con seguridad hasta quedar frente al Dragón.
Se arrodilló.
—Soy Aurelio Ross, primer príncipe del Imperio de Valtheria.
Su voz era firme.
—He nacido con la responsabilidad de proteger este reino y continuar el legado de mis antepasados.
El Dragón lo observó.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Aurelio mantuvo su expresión tranquila.
Pero dentro de su mente esperaba escuchar la señal que confirmaría su destino.
La marca.
La aceptación.
El reconocimiento.
Sin embargo...
El Dragón no se movió.
No inclinó la cabeza.
No extendió sus alas.
Simplemente lo miró.
Como si estuviera observando algo que nadie más podía ver.
Entonces habló.
Su voz hizo temblar las paredes.
—Tu deseo de gobernar es fuerte.
Aurelio levantó ligeramente la mirada.
—Pero tu deseo de ser reconocido es más fuerte que tu deseo de proteger.
El silencio fue inmediato.
Los nobles contuvieron la respiración.
El Dragón no lo había rechazado.
Pero tampoco lo había aceptado.
Aurelio apretó los puños.
Por primera vez, alguien había cuestionado su derecho.
Luego fue el turno de Maximiliano.
El segundo príncipe avanzó sin cambiar su expresión.
No intentó impresionar al Dragón.
No pronunció grandes discursos.
Simplemente se arrodilló.
—Soy Maximiliano Ross.
Hizo una pausa.
—No nací para ser amado por la corte.
Algunos nobles intercambiaron miradas.
—No nací para recibir la aprobación de todos.
Sus ojos se levantaron hacia el Dragón.
—Pero si algún día debo portar la corona, será para proteger aquello que me sea confiado.
La criatura permaneció inmóvil.
Entonces una luz dorada comenzó a llenar el santuario.
El Dragón extendió lentamente una de sus enormes garras.
Y tocó la frente del príncipe.
Un símbolo apareció sobre la piel de Maximiliano.
La Marca del Dragón.
El salón entero quedó en completo silencio.
El primer príncipe había nacido para heredar.
Pero el segundo había sido elegido para gobernar.
La noticia recorrió el Imperio antes del final del día.
El Dragón Celestial había elegido.
Maximiliano Ross sería el próximo emperador.
Sin embargo, no hubo celebración inmediata.
Porque una decisión así cambiaría completamente el equilibrio del poder.
Aurelio seguía siendo un príncipe.
Seguía teniendo influencia.
Seguía siendo amado por muchos nobles.
Pero ahora todos conocían la verdad.
La corona no le pertenecía.
Esa noche, Maximiliano regresó a sus aposentos.
El Dragón Celestial apareció entre una luz dorada.
Aunque su tamaño era inmenso, dentro de aquella habitación parecía una presencia tranquila.
—Has aceptado una carga pesada.
Dijo la criatura.
Maximiliano observó la marca en su mano.
—Lo sé.
—Ser emperador no significa tener todo lo que deseas.
El príncipe guardó silencio.
Porque sabía exactamente a qué se refería.
Alana Storm.
La joven que sonreía sin saber que alguien había elegido protegerla desde hacía años.
—Hay algo que el destino aún no ha revelado.
Continuó el Dragón.
—Una tormenta dormida despertará.
Maximiliano levantó la mirada.
—¿Alana?
El Dragón no respondió.
Pero sus ojos brillaron con conocimiento antiguo.
—Algunas almas están destinadas a encontrarse más de una vez.
Mientras tanto, en el Castillo Storm, Alana observaba el cielo nocturno.
No sabía que aquel día había cambiado el futuro del Imperio.
No sabía que el hombre al que admiraba no sería quien llevaría la corona.
No sabía que el segundo príncipe, aquel hombre al que todos temían, acababa de convertirse en una figura mucho más importante de lo que imaginaba.
Y sobre todo...
No sabía que su propio destino estaba unido al de aquel príncipe elegido por un Dragón.
Porque en Valtheria, la historia nunca era escrita únicamente por los reyes.
A veces...
Era escrita por las almas que el destino decidía unir.
la union hace la fuerza