dónde estés siempre serás tu
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9
El silencio en el comedor tras la declaración de Camila era tan espeso que se podía cortar con el cuchillo de la carne. Mandé a la niña a su habitación a terminar la tarea antes de que pudiera notar el sismo de grado diez que acababa de provocar en mi sistema nervioso. En cuanto escuché el clic de su puerta, me derrumbé sobre la encimera de la cocina, sosteniéndome la cabeza entre las manos. Roberta se acercó despacio, dejando de lado su faceta de bromista para adoptar una postura de seria preocupación.
—Y bien… ¿qué vas a hacer? —preguntó en un susurro, cruzándose de brazos y recargándose contra el refrigerador.
—No sé, Rob. De verdad que no sé —admití, sintiendo que la garganta se me cerraba de la pura ansiedad—. Le mentí. Me paniqueé en la cocina el otro día, inventé lo primero que se me ocurrió para no romperle el corazón y ahora la niña quiere ir a Rusia. ¡Quiere cruzar el maldito océano para ver a unos abuelos que ni de su existencia saben!
Roberta soltó un suspiro largo, de esos que llevan implícito un gigantesco «te lo dije» sin necesidad de pronunciar las palabras. Sin embargo, no pudo contenerse.
—Te dije que no era bueno decirle eso, azul. Las mentiras con los niños son como bolas de nieve: empiezan chiquitas y luego te aplastan.
—¡Rob, cállate! —le espeté, levantando la mirada, con los ojos inyectados en sangre por el estrés—. No necesito tus sermones morales en este momento. Necesito una solución, una salida legal o celestial, lo que sea.
—Bueno, bueno, ¡qué genio! —replicó ella, alzando las manos en señal de paz, aunque sus ojos brillaban con esa chispa de astucia que siempre la caracterizaba—. A ver, pensemos con la cabeza fría. Si la niña quiere ver a su papá ruso y a sus abuelitos … ¿por qué no lo buscas?
La miré como si me hablara en arameo antiguo. Parpadeé un par de veces, procesando la tremenda estupidez —o genialidad— que acababa de salir de su boca.
—¿A quién? —pregunté, esperando haber entendido mal.
—¡A Santa Claus, azul! ¡Pues a quién más! A Dmitriy —soltó Roberta con una naturalidad que casi me hace caerme de la banqueta.
—Mmmm… —fue lo único que mi cerebro pudo articular, emitiendo un sonido vago mientras desviaba la mirada hacia la ventana, donde la noche comenzaba a tragarse el jardín.
—¿Cómo que «mmmm»? O sea, te recuerdo que, según tu versión oficial e impecable de los hechos, el santo ruso está allá en su patria cuidando de los adorables abuelitos como si fuera la mismísima Madre Teresa de Calcuta —ironizó mi amiga, gesticulando de forma exagerada con las manos—. Si ya le armaste el perfil de héroe familiar, lo mínimo es ver si el tipo sigue vivo, ¿no?
—Sabes, de verdad eres un gran apoyo en estos problemas. Tu empatía me conmueve —le contesté con el sarcasmo chorreando de mis labios, clavándole una mirada fulminante.
—¿Verdad que sí? Soy una joya de amiga —sonrió ella, guiñándome un ojo antes de recuperar la seriedad—. Ya, en serio, azul. Olvídate del orgullo cinco minutos. Camila tiene cinco años, sus facciones son una calca de ese hombre y hoy se agarró a golpes en el kínder porque no tiene un papá presente. Esto ya no es un berrinche por un juguete; es su identidad.
Me pasé las manos por el rostro, despeinándome en el proceso. El nudo en mi estómago se apretó aún más. El fantasma de Dmitriy, ese que creí haber sepultado bajo toneladas de libros y mudanzas de departamentos amargos, acababa de patear la puerta de mi realidad.
—¿Y dime cómo carajos lo voy a buscar, Roberta? —le reclamé, alzando los brazos con frustración—. Pasaron cinco años. No sé , si regresó a su tierra, si ya tiene otra familia, otra mujer o tres hijos más a los que sí reconoció. Lo único que tengo es un nombre de pila, un apellido ruso impronunciable y una tonelada de recuerdos dolorosos.
Roberta se encogió de hombros, caminó hacia la barra de la cocina y tomó mi computadora portátil, empujándola suavemente hacia mí como quien le entrega un arma a un soldado en la línea de fuego.
—Pues por internet, mi reina. En estos tiempos modernos todo, absolutamente todo, lo encuentras en internet. Un par de clics, tus habilidades de investigadora privada frustrada y vemos qué sale. Total, el no ya lo tenemos. ¿Qué pierdes con buscar?
Me quedé mirando la pantalla apagada de la laptop. El corazón me latía con una fuerza salvaje en el pecho. Buscar a Dmitriy significaba abrir una herida que me había costado lágrimas, terapia y noches de insomnio cerrar. Significa arriesgarme a encontrar un rechazo definitivo o, peor aún, a alterar el frágil y hermoso caos que Roberta, Camila y yo habíamos construido en esa casa . Pero al recordar los ojos azules de mi hija llenos de lágrimas en la dirección de la escuela, supe que ya no tenía opción.