Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?
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CAPÍTULO 19: INSINUACIONES Y ENVIDIA
Chloe Bennett
Hacerme la tonta con él no me había dado las respuestas exactas que quería, pero la fijeza de sus ojos y ese tono barítono, tan autoritario y espeso, habían confirmado lo que mi intuición ya sabía. Era él. Nicolas Donovan estaba detrás de cada centavo que había borrado mis deudas universitarias y de cada caja costosa que llegaba a mi puerta.
Me observaba desde su trono de ébano con esa mirada de cazador, disfrutando de mi desconcierto, marcando su territorio con el poder invisible de su billetera. Saber que me tenía completamente rodeada me causaba un cortocircuito en la cabeza; me sentía abrumada, asustada por la magnitud de su obsesión, pero al mismo tiempo, mi intimidad se encendía con un calor pecaminoso cada vez que recordaba el peso de su cuerpo sobre el mío.
—Si no hay nada más, señor Donovan... terminaré de ordenar los contratos de las filiales —articulé, intentando que mis manos dejaran de temblar mientras acomodaba los papeles sobre el escritorio.
—Hágalo, Bennett —respondió él, sin apartar sus ojos oscuros de mis labios.
Terminé de ordenar todo a toda prisa, sintiendo el aire del despacho presidencial cada vez más denso y asfixiante. Me colgué el bolso de lona al hombro, miré el reloj de pared y me despedí con una reverencia tensa.
—Me voy, señor. Tengo clases ahora a las 11:00 —anuncié.
Nicolas solo asintió con la cabeza, recostándose en su sillón de cuero, cruzando los brazos sobre su chaleco en una postura de absoluta dominación. Salí de la Torre Donovan casi huyendo, sintiendo que el aroma a sándalo de su piel se me había quedado impregnado en la ropa.
Tomé el metro hacia el campus universitario, con la mente hecha un caos. Intentaba concentrarme en la clase de macroeconomía que me esperaba, pero las palabras de Nicolas y el recuerdo de sus manos grandes en mi cintura en el vestidor de Ginebra me saboteaban cada pensamiento. Estaba cruzando una línea sumamente peligrosa. Ya no era solo su empleada o la estudiante que su hija odiaba; era la mujer que guardaba el secreto de su anatomía en su memoria más profunda.
Cuando llegué a la universidad, caminé a paso rápido por la plaza central del campus, buscando refugio en el edificio de la facultad. Pero para mi desgracia, la burbuja de mis pensamientos se rompió de la peor manera. Al pie de las escalinatas de mármol, rodeada de su séquito de amigas vestidas con ropa de diseñador, se encontraba Vanessa Donovan.
Al verme pasar, Vanessa se detuvo en seco. Sus ojos, idénticos en color a los de su padre pero cargados de una malicia que él jamás proyectaba conmigo, me recorrieron de arriba abajo con una fijeza venenosa. Se percató de inmediato de los pequeños cambios: la bufanda de cachemira verde que su padre me había mandado el día anterior y los zapatos de cuero fino que contrastaban con mis jeans oxford que su padre me compró en Ginebra. Una sonrisa cruel y burlona se dibujó en sus labios perfectamente pintados.
—Vaya, vaya... miren a quién tenemos aquí —exclamó Vanessa en voz alta, asegurándose de que los estudiantes que pasaban la escucharan. Sus amigas soltaron risitas burlonas—. La muerta de hambre del campus ahora usa cachemira. Qué tierno.
Intenté seguir de largo, apretando la correa de mi bolso con los nudillos blancos, pero ella dio un paso al frente, cortándome el paso en la escalinata.
—Dime, Bennett... ¿cuánto cuesta esa bufanda? —se burló, entornando los ojos con desprecio—. Parece que la venta de tu cuerpo va bastante bien, ya que ahora intentas parecer alguien decente. ¿Qué pasa? ¿Tu cliente de turno te dio un extra esta semana por hacer algún trabajo en específico? Porque todas sabemos que una recogida de la calle como tú no tiene dónde caerse muerta si no es vendiéndose.
Las palabras me cayeron como un balde de agua helada, perforando mi orgullo. Sentí una furia ciega recorriéndome las venas; estuve a punto de gritarle en la cara que el hombre que pagaba mis cuentas era su propio padre, el mismo que la había dejado sola en Nueva York para encerrarse conmigo en una suite europea. El secreto me quemaba la garganta, pero el miedo a destruir mi carrera y la posición de Nicolas me obligó a tragarme el veneno.
La ignore por completo. Alcé la barbilla, manteniendo la poca dignidad que me quedaba, y pasé por su lado con paso firme, empujando sutilmente su hombro con el mío.
—¡Eres una maldita ramera, Bennett! ¡Disfruta tus logros mientras te duren! —me gritó Vanessa a las espaldas, pero no me di la vuelta.
Me encerré en el aula de clases. Pasé el resto de la tarde con el estómago revuelto, debatiéndome entre la humillación y el deseo prohibido. A las 18:00, completamente agotada por la carga académica y el peso emocional del día, tomé el transporte de regreso a mi zona.
Llegué a mi pequeña casa de alquiler, un lugar modesto de paredes gastadas y muebles antiguos que apenas lograba pagar. Entré, cerré la puerta con tres candados y dejé caer el bolso al suelo. Me quité los zapatos y me acomodé en el sofá de tela desgastada, tapándome el rostro con las manos, buscando un minuto de paz en medio de la tormenta.
Apenas llevaba diez minutos intentando relajarme cuando escuché un golpe fuerte y seco en la puerta de madera.
Me tensé de inmediato, recordando el ataque de Alexei en Ginebra. Me puse de pie con cuidado, me acerqué a la ventana y miré de reojo. Para mi sorpresa, en el porche de la entrada no había ningún peligro; era un chico joven, un mensajero vestido con un uniforme de una empresa de envíos privados, que sostenía una gran caja de cartón negro con el logotipo en relieve de una de las casas de moda más exclusivas.
Abrí la puerta despacio, con el corazón latiéndome con fuerza.
—¿Señorita Chloe Bennett? —preguntó el joven, con tono amable y profesional.
—Sí, soy yo.
—Entrega especial para usted. Firme aquí, por favor.
Firmé el portapapeles con dedos temblorosos. El chico me entregó la pesada caja, me dio las buenas tardes y se retiró hacia su camioneta. Cerré la puerta, apoyando la espalda contra la madera, contemplando el paquete que sostenía entre mis brazos. El cartón negro desprendía ese sutil y costoso aroma a sándalo y tabaco que reconocería en cualquier parte del mundo. Era de él. Otra vez.
Llevé la caja al centro de la pequeña sala y la coloqué sobre la mesa de centro. Con las manos húmedas por los nervios, retiré el lazo de seda negra y abrí la tapa.
Lo que vi dentro me dejó sin aliento.
Acomodado sobre capas de papel de seda perfumado, reposaba un juego sastrero de dos piezas de un color rosa pastel que era una absoluta hermosura. El saco de lana fina y seda tenía un corte divino, entallado a la cintura de forma impecable, con solapas pulidas y botones forrados que gritaban alta costura. Debajo del saco, asomaba un pantalón de vestir de tiro alto a juego, diseñado para marcar cada línea de mis piernas. Al retirar el traje con cuidado, descubrí el fondo de la caja: un par de tacones de aguja de la marca Gucci, confeccionados en charol color crema que hacían juego a la perfección con el conjunto.
Era un vestuario diseñado para transformar a una simple asistente en una reina de la elegancia ejecutiva.
Pero lo que me hizo perder el control de mis propios latidos fue el pequeño sobre de papel opalina negro que venía escondido entre las telas. Lo abrí con los dedos temblorosos, extrayendo una tarjeta con el membrete en relieve de la presidencia de la corporación. La caligrafía era firme, elegante, hecha con trazos negros e implacables.
«Sé que sabes quién soy, Chloe. Déjate de juegos y ponte esto para mí mañana en la oficina. No acepto un no por respuesta».
Me llevé la tarjeta al pecho, dejándome caer de rodillas sobre la alfombra junto a la mesa. Sentí que el aire me faltaba. Ay, Dios... este hombre era sumamente difícil de entender. Un día me trataba con una frialdad corporativa que me congelaba la sangre, y al día siguiente me enviaba un traje de miles de dólares con una nota que me reducía a su absoluta voluntad.
Nicolas Donovan no estaba pidiendo permiso; estaba dictando las reglas de mi existencia, y lo peor de todo era que, contemplando el hermoso traje rosa pastel sobre mi mesa, sabía perfectamente que mañana por la mañana me vestiría exactamente como él quería sólo para complacerlo.