Rosa es una joven humana que intenta reconstruir su vida en la moderna e imponente metrópolis de Silverwood tras la misteriosa muerte de su familia. Buscando un momento de escape, se entrega a una ardiente e intensa aventura de una noche con un desconocido de magnetismo animal en el club más exclusivo de la ciudad. Lo que ella cree que fue un encuentro pasajero se convierte en una obsesión cuando despierta con una extraña quemadura en su clavícula en forma de rosa marchita.
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Capítulo 08
El aire en la oficina privada de Ethan era una mezcla densa de sándalo, ozono y la electricidad que emanaba de su contacto físico. Él la acorralaba contra el ventanal, exigiéndole con voz posesiva que admitiera que su cuerpo ahora le pertenecía a él por derecho de sangre, mientras el calor de su aliento, cercano y febril, despertaba en Rosa un deseo prohibido que amenazaba con consumir su autocontrol. Ella, con la espalda presionada contra el cristal frío de la Torre Vance, sentía cómo el mundo exterior, esa ciudad de Silverwood que apenas momentos antes le parecía el centro de su futuro, se desvanecía por completo ante la magnitud del hombre que la encerraba.
—Lo admito —susurró Rosa, sus palabras apenas un hilo de voz que se perdió contra la camisa de seda de Ethan—. Eres mi Alpha.
La reacción de Ethan fue inmediata. Una corriente de satisfacción pura, casi cruda, recorrió sus rasgos, suavizando la rigidez de su mandíbula pero intensificando el brillo de sus ojos ambarinos. Él deslizó sus manos por los costados de Rosa, atrayéndola aún más hacia sí, borrando cualquier espacio que pudiera quedar entre sus cuerpos. La marca en su clavícula, oculta bajo la blusa, comenzó a palpitar con un ritmo rítmico, una sincronía perfecta que le indicaba que el vínculo no era solo un lazo emocional, sino una realidad física que reclamaba su lealtad absoluta.
—Esa es la primera vez que lo dices con convicción, Rosa —dijo él, su voz un murmullo profundo que vibraba en el pecho de ella—. Y créeme, será la primera de muchas. Estás entrando en un territorio donde la propiedad no es una metáfora. Aquí, lo que es mío, se protege con la vida.
Rosa sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de una comprensión nueva y aterradora. Había una intensidad en la forma en que él la miraba, una posesividad que, en lugar de sofocarla, despertaba una parte de sí misma que ella nunca supo que existía: una parte que anhelaba ser protegida, ser reclamada, ser el centro de aquel imperio salvaje.
—¿Por qué yo? —preguntó ella, buscando sus ojos—. ¿Por qué alguien como tú, con todo el poder del mundo, se molestaría en marcar a una simple pasante?
Ethan se separó apenas unos centímetros, lo suficiente para estudiar su rostro con una seriedad que la desarmó.
—¿Simple? —rio con desdén—. Rosa, las cenizas no se eligen, se heredan. Esa marca no es un accidente. Es el recordatorio de que tu estirpe y la mía han estado entrelazadas desde antes de que se construyera la primera piedra de esta ciudad. No te elegí por tu portafolio de diseño, aunque tu talento es innegable. Te elegí porque eres la única pieza que faltaba para completar mi dominio. Eres la Rosa de las Cenizas, y sin ti, mi poder no es más que una carcasa vacía.
Antes de que ella pudiera procesar la magnitud de sus palabras, un sonido discordante rompió el silencio. No era una sirena, sino un rugido grave, bajo y persistente, que parecía sacudir los cimientos mismos de la Torre Vance. Las alarmas del edificio comenzaron a sonar, un pitido agudo y desesperante que contrastaba con la calma absoluta de la oficina.
Ethan se tensó. Su postura cambió en una fracción de segundo; sus hombros se ensancharon y su mirada, antes fija en Rosa, se disparó hacia el ventanal, analizando el horizonte con la precisión de un cazador. El aire cambió; el aroma a sándalo fue reemplazado por un olor metálico, a tierra removida y pelaje mojado.
—¿Qué está pasando? —preguntó Rosa, su corazón empezando a latir al ritmo del caos exterior.
—Se han atrevido —respondió Ethan, su voz ahora cargada de una furia gélida que hizo que Rosa retrocediera un paso—. Han roto el tratado. Han cruzado la línea.
—¿De quién hablas? —insistió ella, aunque el instinto, ese nuevo sentido que palpitaba con la marca, ya le daba una respuesta perturbadora.
—La manada del Norte —gruñó él, sus dedos apretando involuntariamente la mesa de caoba—. Saben que has despertado. Saben que te he reclamado. Han venido a intentar arrancarte de mis manos, Rosa. Creen que todavía soy el hombre que conocieron en las sombras, sin saber que ahora tengo algo por lo que valdría la pena quemar el mundo.
Ethan caminó rápidamente hacia su escritorio, donde presionó un botón oculto. Las paredes de la oficina, antes un refugio privado, se iluminaron con pantallas táctiles que mostraban las cámaras de seguridad del edificio. Rosa se acercó, horrorizada al ver la imagen: el vestíbulo de la Torre Vance estaba siendo invadido. Hombres —si es que eran humanos— se movían con una velocidad antinatural, destrozando la seguridad corporativa como si fueran hojas de papel. Eran figuras sombrías, con ojos que brillaban con un matiz neblinoso, buscando algo. Buscándola a ella.
—¿Quieren... matarme? —preguntó Rosa, su voz temblando.
—No —respondió Ethan, acercándose a ella y tomándola por los hombros con una intensidad que la obligó a mirarlo—. No quieren matarte. Quieren poseerte. Quieren el poder de la Rosa de las Cenizas para romper el equilibrio de este continente. Pero prefiero destruir este edificio piedra por piedra antes de que uno solo de ellos te toque.
La tregua de sus labios, el momento de cercanía y descubrimiento que apenas comenzaba, se rompió por completo. El estruendo de un impacto violento resonó en los pisos inferiores, seguido por los gritos de los empleados de la torre. La realidad de su nueva vida la golpeó con la fuerza de un huracán: ya no era una diseñadora buscando un ascenso; era el objeto central de una guerra ancestral, y su protector estaba a punto de desatar una furia que ella apenas empezaba a comprender.
Ethan caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir, mirando a Rosa por encima del hombro. Sus ojos ambarinos destellaron con una intensidad animal que le cortó la respiración.
—Quédate aquí, Rosa. No importa lo que oigas, no salgas. Este es tu territorio ahora, y yo me encargaré de que siga siendo un lugar seguro... o de que no quede nada de ellos para contarlo.
Con un movimiento fluido, Ethan se quitó el saco de su traje gris carbón, revelando la fuerza tensa de sus hombros bajo la camisa blanca. La puerta de la oficina se cerró tras él con un golpe seco, dejando a Rosa sola en la jaula de cristal mientras el caos, el fuego y el reclamo de una manada enemiga se acercaban, paso a paso, hacia su santuario, buscando reclamar a la humana que portaba la marca sagrada de la Rosa de las Cenizas.