Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.
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Capítulo 13
Capítulo 13: Puntería
Bruno lloraba amarrado al poste, moqueando, con la ropa sucia y la voz quebrada, suplicando, jurando por su madre que pagaría, que nunca más, que era la sangre la que hablaba, que Camila, siendo su sobrina, lo perdonaría como lo había perdonado siempre.
Dante lo dejó hablar. Bajó el rifle un momento, caminó hasta quedar frente a él, y le habló con una calma que daba más miedo que cualquier grito.
—Vendiste a tu hermana para pagar tus apuestas —dijo—. La amarraste. Dejaste que la golpearan. —Ladeó la cabeza—. En mi mundo, chamaco, a la gente se le mata por mucho menos. Deberías estar muerto ya. Que sigas respirando es un regalo que le hago a ella, no a ti. Porque ella, no sé por qué, todavía no quiere que te maten.
—Gra… gracias, patrón, gracias, se lo juro que…
—Pero un regalo no es gratis.
Dante retrocedió los cincuenta metros, volvió a echarse el rifle al hombro, apuntó sin prisa, con esa puntería suya que era casi obscena de precisa, y disparó una sola vez.
La bala le atravesó a Bruno la pantorrilla, limpia, de lado a lado. Bruno aulló, un grito que rebotó en las paredes del galpón, y se desmadejó contra el poste.
—Para que te acuerdes cada vez que camines —dijo Dante, bajando el arma— de que a Camila no se le toca. Ni tú, ni nadie. —Se acercó otra vez, se puso en cuclillas frente al hermano lloroso—. Y óyeme bien, porque esto no lo repito. Vuelves a buscarla para sacarle un peso, vuelves a ponerle una mano encima, vuelves a apostar su nombre, y la próxima bala no va a la pierna. Va a la cabeza. Y a tu madre le mando el cuerpo con moño. ¿Me entendiste?
Bruno asintió frenético, llorando, jurando por todos los santos.
—No te oigo.
—¡Sí! ¡Sí, patrón! ¡Entendí! ¡Nunca más, se lo juro!
—Bien. —Dante se enderezó—. Mauro. Sácale la bala para que no se le gangrene, y tíralo lejos. Que su madre lo recoja.
Mauro asintió y se acercó a Bruno con esa calma de carnicero que ya conocemos. Bruno, entre el pánico y el alivio de seguir vivo, no entendió que acababa de salvarse solo porque una muchacha, medio dormida en una cama de hospital, todavía cargaba con él en el corazón.
Al día siguiente, a las siete de la mañana, operaron a Camila. Antes de entrar al quirófano, adormilada por la premedicación, buscó con la mirada a Dante, que esperaba de pie junto a la camilla.
—Si me muero en la operación —murmuró, medio en broma, medio en serio, como bromean los que están solos en el mundo—, el pagaré se cancela, ¿eh? No le cobres a nadie.
—No te vas a morir —dijo Dante, y le apretó la mano hasta que la enfermera se la llevó.
Fue una cirugía menor, laparoscópica, en las mejores manos de la ciudad, y salió sin complicaciones. Para el mediodía ya estaba despierta en su habitación, adolorida pero fuera de peligro, con tres puntitos pequeños en el vientre en lugar de la cicatriz enorme que le habrían dejado en un hospital de gobierno. Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue el termo rosa en la mesita, lleno de agua tibia, y una silueta grande dormitando incómoda en el sillón de las visitas, un hombre de traje que no cabía en ese mueble y que sin embargo llevaba ahí toda la noche.
Camila se quedó mirando esa silueta grande dormida en el sillón, y sintió en el pecho una mezcla de cosas que no sabía separar: gratitud, ternura, y un miedo sordo. Porque un hombre no paga un hospital así, ni pasa la noche en un sillón incómodo, ni manda comprar termos rosas, por una vecina cualquiera. Ese hombre quería algo, o sentía algo, y en la experiencia de Camila las dos posibilidades daban miedo. Todo lo que le habían dado en la vida siempre había venido con una factura escondida.
Pero también era cierto que, con él en el cuarto, por primera vez en años, había dormido sin miedo.
Fernanda Ochoa llegó a media tarde, hecha un manojo de nervios, en cuanto Camila le mandó mensaje. Dante ya se había ido a atender sus asuntos; en su lugar quedaban, apostados discretamente en el pasillo, dos hombres que Camila tomó por personal del hospital. Fernanda se sentó en la orilla de la cama, le tomó la mano, y al ver los moretones que aún le quedaban del cumpleaños, se le encendió la cara.
—A ver, a ver. ¿Quién te operó en este hospitalote? ¿Quién pagó esto? —Bajó la voz—. ¿Fue el vecino ese misterioso del que no me quieres contar?
—Fer, no es lo que…
—¡Es exactamente lo que parece! —Fernanda apretó los labios—. Un tipo que aparece de la nada, que te paga hospitales carísimos, que tiene guaruras… Camila, eso no es normal. Los hombres buenos y normales no hacen eso. O es un narco, o es un patán rico que te está usando y un día se va a aburrir de ti y te va a tirar como un kleenex. Te lo digo yo. ¡Un patán! Abusa de que estás sola y necesitada.
—No es un patán —dijo Camila, por fin, aunque le salió más débil de lo que quería—. Me curó el labio. Me preparó sopa de fideo. Pasó la noche en ese sillón, mira. Un patán no hace eso.
—Un patán rico hace exactamente eso —replicó Fernanda, implacable—. Te trata como reina hasta que te tiene, y el día que se aburre, ¡pum!, a la calle, y tú acostumbrada a lo bueno y sin nada. He visto casos. Mi prima. Terminó peor que como empezó. —Le tomó las dos manos—. Camila, tú no tienes red. Si te caes, no hay quien te agarre. No te puedes dar el lujo de creerle a un hombre que ni sabes de qué vive. ¿De qué vive, a ver? ¿Se lo has preguntado?
Camila abrió la boca para defenderlo, y no supo bien con qué. Porque en el fondo Fernanda tenía razón en eso: no sabía de qué vivía Dante. No sabía nada, en realidad, más que un nombre y una puerta de enfrente. Ni el hospital, ni el traje, ni el hombre que se llevó Mauro, ni el muerto "por accidente", ni la voz que había creído oír. La palabra "patán" se le quedó dando vueltas, incómoda, encima de todo lo tibio que sentía, envenenándolo un poco.
Lo que ninguna de las dos sabía era que, del otro lado de la puerta entreabierta, Beto y Mauro montaban guardia discreta. Y que habían oído toda la perorata de Fernanda: "narco", "patán", "te va a tirar como un kleenex".
Beto se tapó la boca para no soltar la carcajada. Mauro, el hombre que nunca reía, torció apenas la comisura.
—Si supiera esa muchacha —susurró Beto— que le acaba de decir "patán que te va a tirar" al Tigre… al hombre que anoche se hincó en un piso mugroso para cargar a su amiga.
—Cállate —murmuró Mauro—. Que no te oigan.
Y adentro, ajena a los dos hombres armados que se aguantaban la risa en su puerta, Camila apretaba la mano de Fernanda y se preguntaba, con una punzada de duda, si su amiga no tendría razón.