Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 12
Alana lo miró de reojo y soltó un suspiro cargado de fastidio.
—Solo sabes amenazar —dijo ella, rodando los ojos con evidente cansancio.
El Rey se congeló a mitad de paso. Su presencia pareció expandirse en la habitación, volviéndose sofocante mientras se giraba lentamente hacia ella. La miró desde arriba con una frialdad capaz de cortar el aire.
—No te he dado permiso para que me hables con tanta familiaridad, humana —dijo el Rey, pasando por su lado con pasos pesados y amenazantes que hicieron vibrar las losas de piedra—. Recuerda dónde estás y ante quién estás parada.
Alana apretó los labios, conteniendo la réplica que le quemaba la garganta. Sabía que tentar a la suerte con un Alfa que acababa de masacrar a tres intrusos era jugar con fuego, pero la arrogancia del hombre le resultaba insoportable.
—Ve abajo con las sirvientas —ordenó Azrael, dándole la espalda mientras se ajustaba la túnica de lino limpio—. Tengo un banquete esta noche, una reunión importante con los Alfas de las manadas vecinas. Todo debe estar impecable.
—¿Y qué se supone que debo hacer yo? —preguntó Alana, sacudiéndose el tizne de los puños.
—Lo que te ordenen en la cocina —respondió él sin volverse—. Ayudarás a servir y a mantener la copa de los invitados llena. Pero te advierto algo, Alana: los Alfas de las fronteras no tienen la paciencia ni el control que yo tengo. Si cometes la insolencia de mirarlos como me miras a mí, o si tu extraño olor llama la atención de sus fieras... ninguno de ellos dudará en reclamarte como presa o en arrancarte la cabeza en mitad del salón.
—Entendido —murmuró ella con sarcasmo sutil—. Trataré de no hacer que me devoren antes del segundo plato.
Azrael ladeó la cabeza, dedicándole una última mirada de advertencia con sus ojos azules destellando en la penumbra.
—No te alejes de la vista de los guardias del Gran Salón. Si intentas escapar aprovechando el tumulto de la fiesta, la cacería comenzará antes de que cruces el primer puente.
Alana dio media vuelta y salió de los aposentos reales, encontrándose de frente con el bullicio que ya reinaba en los pasillos principales. El castillo era un hervidero de sirvientes cargando bandejas de plata, grandes jarras de hidromiel y enormes cortes de carne para la gran cena de la noche.
Alana descendió por las escaleras de servicio hacia el nivel inferior del castillo, donde el calor sofocante de los hornos y el estruendo de los calderos de cobre se sentían desde el pasillo. La cocina era un caos perfectamente organizado: decenas de sirvientas desollaban venados, amasaban pan de centeno y picaban hortalizas a una velocidad vertiginosa bajo la mirada atenta de la Sra. Martha.
Al ver entrar a Alana, el murmullo de las conversaciones cesó de golpe. Las sirvientas se apelotonaron en las esquinas, intercambiando miradas aterrorizadas y susurros apresurados. La historia de la humana que había hecho arrodillarse a un lobo de guerra, sobrevivido al foso y entrado a los aposentos privados de Azrael corría como pólvora.
—¡A trabajar! ¡Nadie les paga por quedarse pasmadas! —tronó la Sra. Martha, dando un palmetazo sobre la mesa central de madera de roble.
La anciana caminó a paso firme hacia Alana y le arrojó un delantal de lino limpio junto con un cuenco lleno de hierbas y un cuchillo pequeño.
—Tú. Pica esto para el estofado de los invitados —ordenó Martha con voz baja y severa, señalando una mesa al fondo, lejos del resto—. Y mantén la cabeza gacha.
Alana tomó el cuchillo y comenzó a trabajar en silencio. Sin embargo, a los pocos minutos, dos sirvientas jóvenes que desplumaban aves a su lado no pudieron contener la curiosidad y se acercaron unos centímetros.
—¿Es verdad que el Rey Alfa no te cortó la cabeza en su habitación? —murmuró una de ellas, una chica de cabello rojizo que miraba a Alana con los ojos desorbitados—. Dicen que los hombres que entraron por la ventana eran del Clan de la Niebla Sangrienta... que el Rey los despedazó con sus propias manos.
—El Rey Alfa es una fiera despiadada —añadió la otra en un susurro tembloroso, mirando sobre su hombro por miedo a ser descubierta—. Pero esta noche vienen líderes peores. El Alfa Sköll del Norte y la Alfa Valeria de los Colmillos de Hierro. Ellos no tratan a los humanos como sirvientes... los tratan como ganado. Si alguno de ellos te huele o nota que no llevas la marca de la manada del Rey, te reclamará en el Gran Salón como trofeo.
—Escuche que Sköll mata a las sirvientas que le sirven el vino si la temperatura no es de su agrado —añadió la chica pelirroja, apretando las manos contra su delantal.
Alana detuvo el cuchillo a milímetros de la tabla de picar. El peso de la información le hizo apretar la mandíbula; el peligro en este mundo no terminaba en Azrael, sino que apenas comenzaba con la llegada de sus invitados.
—¿Por qué Azrael los invitaría si son tan peligrosos? —preguntó Alana en voz baja, mirando a ambas chicas.
—No es una fiesta, es un pacto de sangre —intervino la Sra. Martha, apareciendo de la nada y haciendo que las dos jóvenes regresaran a sus puestos de un brinco—. Van a dividir las tierras del sur tras la última guerra. Y si la paz no se firma esta noche, la sangre correrá por los pasillos de este castillo antes de la medianoche.
Martha se inclinó hacia Alana, clavando sus ojos gastados en los de ella con una advertencia helada:
—Prepárate, muchacha. Vas a servir la mesa principal. Y el Alfa Azrael dio la orden estricta de que no te separes de su costado durante todo el banquete.