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El magnate dormido despertó… y juró no soltarme

El magnate dormido despertó… y juró no soltarme

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Matrimonio contratado / Posesivo / Novia sustituta / Completas
Popularitas:307.5k
Nilai: 4.8
nombre de autor: Dupi

Renata creció siendo "la hija recuperada" de una familia que solo la quería para pagar sus deudas. Cuando la constructora de los Beltrán se hunde, el trato es simple: una boda con los Vargas a cambio de un rescate millonario. La novia debía ser Camila, la consentida de la casa. Pero Camila huye… y empujan a Renata al altar de un hombre que ni siquiera puede decir "sí": Maximiliano Vargas, el empresario más temido de México, lleva meses en coma.

Renata acepta sin pelear. Tiene sus propias razones —y una herida que nadie conoce—. Lo que no imagina es que, bajo esa apariencia de hombre dormido, Max está despierto. La oye. La observa. Y por primera vez en su vida, alguien la ve de verdad.

Cuando Max abre los ojos, el imperio entero contiene la respiración esperando el divorcio. En cambio, el hombre al que llaman "témpano de hielo" la toma de la mano frente a todos y se niega a soltarla. Mientras tanto, Renata empieza a mostrar quién es en realidad: una cirujana brillante que esconde más de un nombre, más de un secreto y un pasado que la persigue desde un hotel, cinco años atrás.

Entre suegras venenosas, una falsa primera dama del corazón, traiciones de familia y dos niños que aparecen donde menos se espera, Renata tendrá que decidir si se atreve a creer en el único hombre que la eligió cuando nadie más lo hizo.

Porque algunos secretos no se entierran. Regresan. Y este tiene los ojos de Max.

¿Y si el hombre que la compró fuera también el que perdió con ella lo que más amaba?

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6: Lo que no se hereda, se carga

—¿Ya comiste? No me digas que no, porque te conozco. Siéntate, mija, siéntate, ahorita te sirvo.

Amparo Cruz hablaba y servía al mismo tiempo, como hacía todo: con las manos. La cocina de su casa en Iztapalapa olía a café de olla con canela y a frijoles recién hervidos. Había puesto la mesa para tres desde temprano, aunque Renata solo había avisado que pasaría "un rato".

Renata había dejado el coche de la mansión en la cochera y había venido en taxi. Cuarenta y cinco minutos cruzando la ciudad, de las jacarandas de Las Lomas a las calles estrechas del oriente, donde los cables se enredaban en el cielo y un tianguis ocupaba media cuadra los domingos. No había querido llegar a casa de su madre en un coche que costaba más que la casa entera. Había cosas que Renata se permitía. Esa no.

En el patio, su hermano Damián tenía una bicicleta volteada de cabeza y le ajustaba la cadena con las manos negras de grasa. Trabajaba en un taller mecánico, eso decía. Al verla entrar se limpió en un trapo y la abrazó fuerte, oliendo a aceite y a sol.

—¿Y ese milagro? —dijo. Lo dijo sonriendo, pero a Renata no se le escapó que en la pregunta había más preocupación que broma. Damián siempre olía los problemas antes de que se los contaran.

Se sentaron. Renata les contó. Sin adornos, como informaba un caso: la deuda de los Beltrán, la oferta de los Vargas, el matrimonio, la mansión de Las Lomas, el contrato con separación de bienes. Lo dijo todo de corrido, mirando la taza, porque era más fácil decirlo sin mirar a su madre.

Amparo la escuchó sin interrumpir una sola vez. Las manos juntas alrededor de la taza, los nudillos un poco hinchados de los años y del trabajo. Cuando Renata terminó, su madre no preguntó por el dinero, ni por el apellido, ni por la mansión.

—¿Estás bien? —preguntó. Eso fue todo.

—Sí.

Amparo la miró. Esa mirada que no necesitaba palabras, que sabía cuándo su hija mentía aunque su hija mintiera con la cara más quieta del mundo.

—Voy a estar bien —corrigió Renata, más bajo. Era lo más honesto que podía ofrecer.

Damián soltó el trapo sobre la mesa.

—Yo voy a hablar con Hugo. —Se levantó a medias—. Esto no se vale, Renata. Te están usando otra vez, como siempre, desde que éramos chicos. Que vendan ellos lo que tengan que vender, ¿por qué tú?

—No hagas nada. —La voz de Renata cayó seca, definitiva, sin levantar el tono—. Damián. Mírame. No hagas nada. Yo sé lo que hago.

—Renata…

—Yo sé lo que hago —repitió, y había algo debajo de la frialdad que hizo que Damián se volviera a sentar. No era una hermana resignada pidiendo que la dejaran sufrir en paz. Era alguien que tenía un plan y no podía contarlo. Damián la conocía lo suficiente para distinguir las dos cosas. Apretó la mandíbula y se quedó callado, que era su forma de proteger: en silencio, vigilando.

Amparo se levantó a servir más café, porque cuando no podía arreglar algo, alimentaba. Le puso enfrente a Renata un plato de tamales que no había pedido.

—Cómete aunque sea uno —dijo—. Estás más flaca. En esa casa de ricos seguro ni te dan de comer a gusto, pura cosa rara. —Le acomodó un mechón detrás de la oreja, un gesto pequeño que a Renata, con cualquier otra persona, le habría parecido una invasión—. Anoche le prendí una veladora a la Virgen por ti. Antes de que me hablaras siquiera. Ya sabía yo que algo traías.

—Mamá, no necesito que me prendan veladoras.

—No es para que las necesites. Es para que yo duerma. —Lo dijo con una sonrisa cansada, y Renata no tuvo corazón para discutirle la fe a la única persona que la había cuidado sin cobrarle nada.

Damián, desde su lugar, las miraba a las dos. A su madre, terca y suave; a su hermana, blindada hasta los dientes. Y por debajo del enojo que todavía le hervía contra los Beltrán, algo le decía que esta vez Renata no estaba siendo arrastrada como cuando eran chicos. Esta vez caminaba ella sola hacia algo. Solo que no sabía hacia qué, y eso lo inquietaba más que cualquier otra cosa.

Antes de irse, Renata ayudó a su madre a entrar las bolsas del mandado del zaguán a la cocina. El pasillo de la casa era angosto y pasaba frente al cuarto de costura de Amparo, donde la máquina de coser convivía con cajas y telas dobladas. Sobre una de las cajas, abierta apenas, asomaba ropa pequeña. Ropa de bebé. Doblada con cuidado, guardada como se guarda lo que uno no sabe por qué guarda pero no se atreve a tirar.

Renata se detuvo.

Fue solo un instante. Pero Amparo, que iba detrás con la otra bolsa, la vio detenerse. Vio hacia dónde miraba. Y no dijo nada. Las dos se quedaron quietas frente a esa caja, madre e hija, cada una con un dolor que nunca habían puesto sobre la mesa, hasta que la voz de Damián las llamó desde el patio diciendo que se le había vuelto a salir la cadena y que alguien con dedos finos viniera a ayudarle.

El momento se rompió. Renata respiró. Siguió hasta la cocina.

—————

En la puerta, a la hora de despedirse, Amparo le tomó las manos para dar la bendición, como hacía siempre. Y sin intención, sin saber lo que tocaba, su pulgar pasó sobre el hueco de la mano izquierda de Renata, sobre la cicatriz vieja que cruzaba la piel.

Renata no retiró la mano.

Pudo haberlo hecho. Lo hacía con todo el mundo, ese gesto mínimo de apartarse antes de que alguien se acercara demasiado. Con su madre, no.

Amparo bajó la vista a la cicatriz. Luego la subió a la cara de su hija. No preguntó. Solo dijo, muy quedo, con esa fe terca de las madres que esperan toda la vida si hace falta:

—Algún día me vas a contar todo, mija.

Renata la miró un segundo largo.

Y asintió.

1
Beatriz Juárez
una duda no ya conocía al tío de Maximiliano e incluso escucho una conversación respecto a la salud de Max e incluso la mando a amenazar con pasarle algo a la mamá de ella
gabriela
excelente
Beatriz Juárez
hasta el momento lo que eh leído muy interesante, espero siga así el resto de la novela
mildred rivas
lo sospechaba no era casualidad
Maria Cerdán
Es de Max Renata.. te está protegiendo, ya te aceptó como su esposa..ja,ja
Maria Cerdán
Se va poniendo interesante.. le quitaron a sus bebés?
Liliana janeth reveles riojas
aaaaaaaaaaaaaaaa que emoción
Hilda Estrada
cuánta maldad
ana paez
lo mismo pregunto
ana cecilia mendoza
mercantil siempre contigo 🤣🤣🤣🤣😅❤️
Visitor3894
Muy buen libro .Hasta el momento diría casi excelente .
Ojalá siga así .
últimamente los libros repiten las historias ,solo cambian los nombres de los personajes.
Este es distinto.Excelente trabajo del autor .
ana cecilia mendoza
voy a llorar y al mismo tiempo me estrese 😭😭😭😭😭
Nely Morales Cruz
Yo tengo la duda de si Ernesto es el padre porqué ahora dice que su papá está muerto
Nely Morales Cruz
Ese niño debe de ser de Renata y será que el padre es maximiliano y el tampoco sabe
Carely Prieto
ya se siente el despertar 👏
audelina barra guzman
uuuuf yo tampoco me equivoqué wau esto de leer tantas historias voy aprendiendo hacer detective jajaja
Nely Morales Cruz
Tengo muchas dudas espero que en el transcurso de la novela pueda aclararme
audelina barra guzman
parece que también se le olvidó el ADN el ir a buscar a la niña gemela 🤔🤔🤔🤔😔😔😔😔😔
audelina barra guzman
me quedan muchos capitulos todavía esperando que arregles está trama
audelina barra guzman
se me perdió Vale la hermana de Max el tío que estaba haciendo daño la abuela el papá de Max que PASO Autora si es que tú escribes esto o lo copiaste mal 😱😱😱😱 hay algo que no cuadra 😱😱😱😱
mildred rivas: si no cuadra porque aquí dice que no tuvo niña y vale que es
total 2 replies
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