Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 14: Juicio Ante el Imperio
El salón de la junta directiva parecía más una corte real que una sala de negocios. Una larga mesa de caoba oscura flanqueada por rostros serios, miradas afiladas, plumas que se detuvieron en el aire cuando las puertas se abrieron de par en par. Gabriel entró primero, erguido, imperturbable, el traje azul oscuro realzando su estatura imponente… y a su lado, ella.
El murmullo recorrió la sala como una corriente eléctrica. Nadie esperaba verla. Muchos ya conocían su nombre vinculado al escándalo; otros la reconocían como esposa de Andrés Sinclair. Renata sentía cientos de ojos pesados recorrerla, juzgarla, desmenuzarla… pero mantuvo la cabeza alta, la postura firme, la mano sujeta con fuerza a la de Gabriel. Él no la soltó ni un segundo mientras llegaban a la cabecera de la mesa, donde ambos tomaron asiento juntos, ante el asombro general.
—¿Se nos ha convertido esto en una visita social? —soltó una voz rasposa desde el extremo opuesto. Marcelo Varela se recostó en su sillón con una sonrisa torcida y maliciosa—. Creí que veníamos a hablar de licencias, fraudes e identidades ocultas. No de acompañantes.
Gabriel clavó en él una mirada tan fría que el hombre enmudeció de golpe.
—La señora Sinclair no es una acompañante —dijo con voz grave y rotunda que llenó cada rincón del salón—. Es mi pareja. Y estará aquí como mi igual. Quien no lo acepte, puede retirarse ahora mismo y vender sus acciones antes de que caiga el sol. No tolero faltas de respeto hacia ella. ¿Alguien más tiene algo que objetar?
Silencio absoluto. Solo el zumbido lejano del aire acondicionado. Nadie se movió. Nadie se atrevió. Gabriel asintió satisfecho y tomó una carpeta que puso sobre la mesa con un golpe seco.
—Paso a desmentir cada acusación —continuó con voz firme, dominando la sala por completo—. Mi título médico es legítimo y registrado legalmente. Usé mi nombre materno para ejercer en privado con el fin de proteger a mis pacientes de presiones externas. Documentos de identidad falsos: ninguno. Datos inventados: ninguno. Lo que sí hubo fue filtrado deliberado de información interna, pruebas alteradas y amenazas a mi equipo… todo apunta a una sola persona.
Deslizó varios documentos por la mesa hacia donde estaba Varela. El rostro del hombre se descompuso al leer las primeras líneas.
—Usted —remató Gabriel con frialdad absoluta—. Deudas impagas, transferencias irregulares, intento de chantaje cuando me negué a cederle activos a precio ridículo. Pensó que destruir mi reputación borraría todo. Se equivocó.
Varela se puso de pie de un golpe, rojo de rabia.
—¡Pruebas fabricadas! ¡Quieren hundirme para quedarse con todo! —señaló a Renata con el dedo tembloroso—. ¡Y ella! ¿Qué me dice de ella? ¿Una mujer casada que se acuesta con usted para trepar posiciones? ¡Eso sí que es inmoral!
Gabriel iba a responder, pero Renata apretó suavemente su brazo y se levantó ella misma. La sala contuvo el aliento.
—Es verdad —dijo con voz clara, serena, mirando a todos a la cara—. Fui esposa de Andrés Sinclair durante tres años. Tres años en los que sufrí abandono, indiferencia y desprecio. Gabriel fue quien me ayudó a sanar, quien me devolvió mi valor. Nos enamoramos. No lo niego. ¿Es eso reprochable? Tal vez. Pero ¿es un crimen amar a quien te da la vida? No para mí.
Miró directamente a Varela, que retrocedió instintivamente ante esa mirada firme.
—Y si busca moralidad, señor Varela, limpie primero la suya. Los sobornos a inspectores, las facturas falsas, las amenazas telefónicas a Gabriel… todo eso también está ahí. ¿Seguro que quiere seguir cavando su propia tumba?
El silencio fue sepulcral. Gabriel la miraba con orgullo desbordado en los ojos, como si acabara de presenciar el milagro más hermoso del mundo. Varela miró a un lado y a otro buscando apoyo que no llegó. Todos apartaban la vista. Sabían. Siempre lo habían sabido.
—¿Quedan dudas? —preguntó Gabriel, poniéndose de pie y rodeando la mesa con Renata a su lado—. Marcelo Varela queda expulsado del consejo y demandado por daños y perjuicios. El resto: elijan. ¿Están conmigo o contra mí?
—Con usted, señor Sterling —dijo uno. Luego otro. Y otro. Hasta que solo quedó el sonido de la silla de Varela chirriando al levantarse para marcharse solo, derrotado, entre murmullos.
Cuando las puertas se cerraron tras él, Gabriel soltó el aire que había estado conteniendo y la atrajo hacia sí con desesperada ternura.
—Eres magnífica —susurró contra su frente—. Mi reina. Mi valiente luz. Lo hiciste tú también. Tú me salvaste a mí.
—Nos salvamos juntos —lo corrigió ella abrazándolo fuerte—. Siempre.
Gabriel sonrió, esa sonrisa que solo ella veía, y la besó despacio, allí mismo, ante todos los directivos que aún permanecían en la sala. Y nadie dijo nada. Nadie se atrevió. Porque en ese instante quedó sellado: el imperio tenía un nuevo rostro, y una nueva dueña.