Denmet es una joven soñadora que estudia gastronomía y lucha por construir un futuro lejos de las dificultades de su pasado. Cuando una oportunidad laboral la lleva a trabajar a la imponente mansión Kivilcim, jamás imagina que aquel empleo cambiará su vida para siempre.
En aquella casa vive Güner Kivilcim, un hombre atractivo, poderoso y profundamente solitario. Desde la muerte de su esposa, Fraize, Güner se ha convertido en un hombre frío y distante. Convencido de que fue traicionado por la mujer que amaba, decidió cerrar su corazón y dedicar toda su existencia al imperio empresarial de su familia.
Pero detrás de la aparente muerte accidental de Fraize se esconde una historia mucho más oscura.
Cuando Denmet llega a la mansión para trabajar en la cocina, su dulzura, sinceridad y carácter comienzan lentamente a derribar las murallas que Güner ha construido alrededor de su corazón.
Lo que ninguno de los dos imagina es que enamorarse será apenas el comienzo...
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capitulo 9
La alarma continuaba resonando por toda la mansión Kivilcim.
Denmet permanecía junto a Emre en el jardín, observando cómo varios empleados comenzaban a salir apresuradamente hacia los pasillos. La tranquilidad que había caracterizado aquella lluviosa tarde había desaparecido por completo.
—¿Qué está ocurriendo? —preguntó Denmet.
Emre guardó el teléfono.
—Alguien entró en el despacho de Güner.
—¿Cómo pudo entrar?
—No lo sé.
—¿Y la memoria?
Emre la miró.
—Ha desaparecido.
Denmet sintió un escalofrío.
Aquello significaba que alguien dentro de la mansión sabía de su existencia.
Alguien había esperado el momento preciso.
—Tenemos que entrar —dijo Emre.
—¿Por qué?
—Porque esto puede ser grave.
—Emre...
—Quédate aquí.
—¿Y por qué haría eso?
Él suspiró.
—Porque no quiero que tengas problemas.
Denmet cruzó los brazos.
—Estoy empezando a cansarme de que todos quieran protegerme sin decirme de qué.
Emre estuvo a punto de responder.
Pero una nueva alarma se escuchó desde el interior.
—Quédate cerca de mí.
Y ambos corrieron hacia la mansión.
El despacho de Güner estaba rodeado por varios empleados.
Nermin daba instrucciones mientras un hombre de seguridad revisaba la habitación.
Güner permanecía junto a su escritorio.
Su expresión era aterradora.
Nadie se atrevía a hablarle.
—¡Quiero saber quién entró aquí! —exclamó.
El jefe de seguridad bajó la mirada.
—Estamos revisando las cámaras.
—¿Y?
—Hay un problema.
Güner se giró.
—¿Qué problema?
—Las cámaras dejaron de funcionar durante doce minutos.
El silencio fue absoluto.
Kerem se encontraba junto a la ventana.
—¿Un fallo técnico?
El jefe de seguridad negó.
—Alguien desconectó el sistema.
Güner apretó los puños.
—Entonces no fue un robo improvisado.
Kerem asintió.
—Sabían exactamente lo que buscaban.
Denmet apareció en la puerta junto a Emre.
Güner la vio inmediatamente.
—¿Qué haces aquí?
La joven frunció el ceño.
—¿Otra vez esa pregunta?
—Te dije que no te involucraras.
—No sabía que iba a ocurrir un robo.
—Denmet...
—¡Basta!
Todos se quedaron inmóviles.
La joven respiró profundamente.
Había perdido la paciencia.
—Cada vez que algo ocurre, usted me dice que me mantenga al margen.
Güner la miró sorprendido.
—Pero de alguna manera siempre termino en medio de todo.
Emre intervino.
—Ella tiene razón.
Güner lo miró.
—No te pedí tu opinión.
—Pues deberías hacerlo más seguido.
—Emre.
—La memoria tiene algo que ver con Fraize.
Denmet guardó silencio.
—Y alguien la robó.
Emre continuó.
—Eso significa que todos los que estamos aquí podríamos estar en peligro.
Güner se dirigió hacia Denmet.
—Precisamente por eso quiero que te mantengas alejada.
Ella levantó la mirada.
—No soy una niña.
—No dije que lo fueras.
—Entonces deje de tratarme como si necesitara que me escondieran en una habitación.
Güner abrió la boca para responder.
Pero se detuvo.
Denmet lo había dejado sin palabras.
Kerem ocultó una sonrisa.
—Quizá deberías escucharla.
Güner lanzó una mirada hacia su amigo.
—No te acostumbres.
La investigación continuó durante horas.
La policía había sido avisada, pero Güner exigió que el asunto permaneciera en absoluta discreción.
—No quiero periodistas alrededor de la mansión —ordenó.
Kerem asintió.
—Yo me encargaré.
Mientras tanto, Denmet regresó a la cocina.
Necesitaba alejarse.
Todo aquello se estaba volviendo demasiado.
Apenas llevaba unos días trabajando allí.
Y ya parecía encontrarse atrapada en una historia que había comenzado mucho antes de que llegara.
—¿Quieres ayuda?
Denmet levantó la mirada.
Emre acababa de entrar.
—¿Con qué?
—Con lo que sea que estés haciendo para no pensar.
La joven soltó una pequeña risa.
—¿Se nota mucho?
—Demasiado.
Emre se sentó.
—Mi hermano puede ser difícil.
—Eso es una manera muy amable de describirlo.
—Es mi hermano. Tengo que proteger su imagen.
Denmet comenzó a preparar té.
—¿Tú sabes quién robó la memoria?
La sonrisa de Emre desapareció.
—No.
—¿Crees que fue alguien de la familia?
Emre guardó silencio.
—Eso no fue una respuesta.
—En esta familia todos tenemos secretos.
—Otra vez.
—Lo siento.
Denmet dejó dos tazas sobre la mesa.
—¿Y Selin?
Emre levantó la mirada.
—¿Qué pasa con Selin?
—No sé.
—Denmet.
—Solo pregunto.
Emre se inclinó hacia ella.
—¿Por qué piensas en Selin?
Denmet recordó la conversación entre Selin y la persona desconocida.
Tenemos que recuperarla.
Pero no podía decir que había escuchado aquella llamada.
No tenía pruebas.
—No sé.
Emre la observó atentamente.
—Tú sabes algo.
Denmet sonrió.
—Parece que todos estamos aprendiendo a responder de la misma manera.
En el piso superior, Selin entró rápidamente en su habitación.
Cerró la puerta.
Su corazón latía con fuerza.
Caminó hacia el armario.
Apartó varios vestidos y presionó una pequeña parte de la pared.
Un compartimento secreto se abrió.
En su interior se encontraba una caja.
Selin la tomó.
La abrió.
La memoria USB estaba allí.
La observó durante varios segundos.
—¿Qué hiciste, Fraize?
Susurró aquellas palabras con miedo.
Alguien llamó a la puerta.
Selin escondió inmediatamente la caja.
—¿Quién?
—Soy yo.
Era Güner.
Selin se quedó inmóvil.
—Un momento.
Escondió la memoria dentro de un pequeño bolso.
Después abrió la puerta.
—¿Qué ocurre?
Güner entró.
Su mirada recorrió lentamente la habitación.
—¿Dónde estabas hace una hora?
Selin sonrió.
—¿Me estás interrogando?
—Responde.
—En mi habitación.
—¿Alguien puede confirmarlo?
La sonrisa desapareció.
—¿Crees que fui yo?
—Te hice una pregunta.
Selin se acercó.
—¿Por qué haría algo así?
—Porque eres la única persona que sabía que existía una prueba.
Selin sintió que su cuerpo se tensaba.
—Kerem también lo sabía.
—Kerem no necesita esconderse para hacer las cosas.
—¿Y yo sí?
Güner guardó silencio.
Aquello fue suficiente.
Selin lo miró con dolor.
—Después de todos estos años, ¿realmente crees que podría hacerte daño?
La pregunta dejó a Güner inmóvil.
—No quiero discutir.
—Pero sí sospechar de mí.
—Selin.
—Vete.
Güner la observó.
—Si sabes algo...
—No sé nada.
Güner permaneció unos segundos más.
Después salió.
Selin cerró la puerta.
Su rostro cambió inmediatamente.
—Tengo que sacarla de aquí.
Tomó el bolso.
Pero cuando se giró...
Alguien estaba sentado en uno de los sillones.
Selin dejó escapar un grito.
—¡Dios mío!
La figura salió lentamente de las sombras.
Era Murat.
Selin palideció.
—¿Qué haces aquí?
Murat sonrió.
—Creo que esa es mi pregunta.
Selin retrocedió.
—No puedes estar aquí.
—Y, sin embargo, estoy.
Murat observó el bolso.
—¿La tienes?
Selin apretó el bolso contra su cuerpo.
—No sé de qué hablas.
Murat soltó una carcajada.
—Sigues mintiendo muy mal.
Selin sintió miedo.
—Vete.
—Dámela.
—No.
Murat se puso de pie.
—Selin, han pasado tres años.
Ella lo miró.
—Pensé que estabas muerto.
—Todos pensaron muchas cosas.
Murat se acercó lentamente.
—Pero aquí estoy.
Selin intentó correr hacia la puerta.
Murat la sujetó del brazo.
—¡Suéltame!
—Baja la voz.
—Güner está en la casa.
Murat sonrió.
—Precisamente por eso he venido.
Selin abrió los ojos.
—¿Qué quieres?
Murat se inclinó hacia ella.
—Que termine lo que comenzamos.
En la cocina, Denmet regresaba algunas cosas a su lugar.
La mansión parecía más silenciosa después del robo.
Emre había salido para hablar con el jefe de seguridad.
Denmet estaba sola.
O eso creía.
La puerta se abrió.
Güner entró.
Ella levantó la mirada.
—¿Ahora qué hice?
Güner suspiró.
—Nada.
—Entonces, ¿qué ocurre?
Él permaneció junto a la puerta.
—Quería saber si estabas bien.
Denmet dejó de moverse.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
Güner bajó la mirada.
—Porque esto no tiene nada que ver contigo.
Denmet sonrió tristemente.
—Empiezo a creer que sí.
Güner no respondió.
Ella se acercó.
—¿Quién es Fraize realmente?
La expresión de Güner cambió.
—Denmet...
—No quiero saber todos sus secretos.
La joven habló con suavidad.
—Solo quiero entender por qué alguien robaría una prueba después de tres años.
Güner la miró.
—Porque algunas personas tienen demasiado miedo de la verdad.
Denmet sintió que aquella respuesta escondía algo más.
—¿Y usted?
Güner frunció el ceño.
—¿Yo qué?
—¿Tiene miedo de la verdad?
La pregunta quedó suspendida entre ellos.
Por primera vez, Güner no supo qué responder.
Denmet bajó la mirada.
—Buenas noches, señor Kivilcim.
Güner dio un paso.
—Denmet.
Ella levantó la vista.
—¿Sí?
—No te vayas todavía.
El corazón de Denmet comenzó a acelerarse.
—¿Por qué?
Güner se acercó.
Estaba muy cerca.
Demasiado.
—Porque necesito hablar con alguien.
Denmet lo observó.
—¿Sobre Fraize?
Él negó lentamente.
—Sobre mí.
Denmet permaneció inmóvil.
Güner jamás había hecho algo parecido.
Por primera vez, no estaba ordenándole.
No estaba alejándola.
Le estaba pidiendo que se quedara.
Y Denmet comprendió que detrás del hombre frío que todos conocían existía alguien que necesitaba desesperadamente dejar de estar solo.
—De acuerdo —susurró.
Güner la observó.
Por primera vez aquella noche, una expresión de tranquilidad apareció en su rostro.
Pero ninguno de los dos sabía que alguien los observaba.
Desde el pasillo, Selin miraba a través de una pequeña abertura de la puerta.
Su rostro estaba lleno de rabia.
Y detrás de ella, oculto entre las sombras, Murat sostenía la memoria USB.
—¿Quién es esa chica? —preguntó él.
Selin no apartó la mirada de Denmet.
—El problema que nunca debió llegar a esta casa.
Murat sonrió.
—Entonces tendremos que ocuparnos de ella.
Selin se giró inmediatamente.
—No.
Murat la miró sorprendido.
—¿No?
Selin apretó los labios.
—Denmet es mía.
La sonrisa de Murat se volvió peligrosa.
—Como quieras.
Pero mientras Güner y Denmet permanecían juntos en la cocina, sin saber que sus enemigos comenzaban a unir fuerzas, la memoria USB cambió nuevamente de manos.
Y con ella...
el poder de destruir todas las mentiras que habían mantenido a la familia Kivilcim unida durante años.
CONTINUARÁ...