Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.
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Capítulo 17
Capítulo 17: Deudas de juego
No estuve ahí para verlo, y durante mucho tiempo ni siquiera lo sospeché. Mientras yo guardaba la pulsera de mi abuelo en el cajón de mi buró esa misma noche, dos colonias más allá, mi prima Daniela cerraba una puerta de manera muy distinta: la de un casino privado en Santa Fe, con una deuda que ya no podía seguir escondiendo. Lo até después, cabo por cabo, con lo que se supo cuando ya era demasiado tarde para que le sirviera de algo negarlo.
Llevaba semanas jugando ahí casi todas las noches, apostando lo que no tenía con la esperanza necia de recuperar de un solo golpe lo que había perdido en veinte. Verme a mí recuperar la mansión, el apellido, hasta el respeto de la gente que antes la trataba como "la prima buena" mientras a mí me miraban con lástima, le quemaba algo por dentro que nunca aprendió a nombrar. Apostar era, para Daniela, la única forma que conocía de sentir que todavía controlaba algo, aunque cada mesa la dejara con menos control del que tenía antes de sentarse.
—Doscientos mil, señorita Linares —le dijo uno de los cobradores del casino, un hombre de traje entallado y sonrisa profesional, la última noche que le permitieron jugar sin pagar—. Y no es una sugerencia. Sabemos dónde vive su familia.
Daniela salió de ahí con las manos temblando, sin poder llamar a su padre —tío Raúl ya tenía suficientes problemas propios, y ella lo sabía mejor que nadie— ni a nadie que no fuera a juzgarla primero y ayudarla después, si es que llegaba a ayudarla. Pasó dos noches sin dormir, calculando y recalculando una cifra que no le cuadraba de ninguna manera, mirando el teléfono cada vez que sonaba con miedo de que fueran ellos otra vez.
En la mansión, durante la cena, tío Raúl le preguntó dos veces si le pasaba algo, con la boca llena y sin dejar de ver el noticiero.
—Nada, papá —contestó, empujando la comida de un lado a otro del plato sin llevársela a la boca—. Cansancio, nomás.
Él no insistió. Nunca insistía cuando la respuesta le convenía, y esa noche, con sus propios problemas legales encima gracias a mí, le convenía más que nadie no tener que resolver también los de su hija.
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Bianca se enteró de la deuda por una amiga común, de esas que circulan entre los mismos salones y los mismos chismes desde niñas. Llevaba semanas buscando una manera de golpear a Renata sin que su nombre apareciera en ningún lado, y la noticia le cayó como caída del cielo.
—Pobre Daniela —le dijo a esa amiga, con la voz llena de una compasión que no sentía—. ¿Y nadie la puede ayudar?
Consiguió el número esa misma tarde y no perdió tiempo.
Se vieron en un café discreto de Santa Fe, de esos con mesas separadas por biombos donde nadie ve la cara de nadie. Daniela llegó con los ojos hinchados de no dormir; Bianca, impecable, con esa sonrisa que reservaba para las cámaras y para el momento exacto en que necesitaba que alguien confiara en ella.
—Supe lo de tu problema —le dijo, tomándole la mano por encima de la mesa con una ternura calculada—. Qué feo que tu familia no te apoye en algo así.
—No es que no me apoyen —dijo Daniela, a la defensiva—. Es que no puedo decirles.
—No tienes que decirles nada —contestó Bianca—. Yo puedo pagar esa deuda hoy mismo. Completa.
Daniela levantó la vista, con una mezcla de esperanza y desconfianza que Bianca conocía bien; la había visto antes en la cara de mucha gente, justo antes de comprarla.
—¿Y a cambio de qué?
—De un pequeño favor —dijo Bianca, sin dejar de sonreír—. Nada que no puedas hacer.
—¿Qué tipo de favor?
Bianca se recostó en la silla, jugando con la cucharita de su café, tomándose su tiempo antes de contestar, como si disfrutara el momento exacto en que Daniela ya no tenía forma de negarse sin quedar peor de lo que ya estaba.
—Ya te lo voy a hacer saber. Cuando sea el momento.
—Bianca, necesito saber en qué me estoy metiendo.
—¿Necesitas saberlo, o necesitas los doscientos mil pesos fuera de tu vida antes del viernes? —preguntó Bianca, con una calma que no dejaba lugar a discusión—. Porque a mí me sobra paciencia para esperar a que decidas. A esos hombres, no tanto.
—Te estás metiendo en salir de esa deuda sin que tu papá se entere y sin que esos hombres vuelvan a acercarse a tu casa —dijo, y por primera vez en toda la conversación algo helado le cruzó la voz, apenas un segundo, suficiente para que Daniela entendiera que la dulzura tenía un límite—. Eso es en lo que te estás metiendo.
Daniela se quedó callada, mirando el café que ya se le había enfriado en la taza. Pensó en su padre, en la cara que pondría si se enteraba; pensó en mí, en la rabia sorda que le crecía cada vez que me veía firmar documentos en la mansión que también debería haber sido suya; pensó, sobre todo, en los cobradores y en la dirección de su casa, que ya sabían de memoria.
—Está bien —dijo por fin, con la voz apenas audible—. Lo que sea. Págala.
Bianca sonrió, esta vez sin necesidad de fingir nada, y sacó el celular para hacer una llamada breve, casi aburrida, como quien liquida un trámite menor.
—Espera un mensaje esta noche —dijo el hombre al otro lado de la línea, y Bianca colgó sin despedirse—. Listo —le dijo a Daniela—. Mañana ya no le debes nada a nadie.
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Daniela salió del café con un alivio que no lograba sentir del todo limpio, como si el peso de la deuda se hubiera cambiado, no quitado, por otro peso distinto, más ligero por ahora, pero sin forma todavía. No sabía qué le iba a pedir Bianca, ni cuándo, ni qué tan lejos tendría que llegar para pagar el favor que acababa de aceptar sin condiciones. Se dijo a sí misma, en el auto, camino a la mansión, que cualquier cosa que Bianca pidiera no podía ser peor que la amenaza que acababa de quitarse de encima. Se equivocaba, y en el fondo, aunque no quisiera admitirlo, ya lo sabía.
Bianca, en cambio, subió a su auto con la satisfacción tranquila de quien acaba de comprar exactamente la pieza que le faltaba para el tablero que llevaba semanas armando en silencio. No pensó en Daniela ni un minuto más camino a casa. Repasó, en cambio, todo lo que sabía de mí: mis horarios, mi costumbre de andar sola cuando el asunto tenía que ver con la familia, la debilidad que nunca había logrado quitarme de encima por cualquier cosa que oliera a mi abuelo. Con esa mezcla, una prima resentida y una nieta sentimental, ya tenía material de sobra para armar una trampa que no dejara sus huellas por ningún lado.
Esa noche, mientras se quitaba las joyas frente al espejo, se permitió una sonrisa que no era ni dulce ni victimista, sino puramente satisfecha, la única que se guardaba siempre para cuando estaba completamente sola.
no va con el nombre d la novela