Durante veinte años, un matrimonio arreglado unió el destino de dos de las familias más poderosas del país. La elegida siempre fue la hija menor de los Moretti. Pero cuando oscuros rumores sobre la crueldad del heredero Volkov salen a la luz, los Moretti toman una decisión despiadada: proteger a su hija favorita… sacrificando a la mayor. Ivonne nunca imaginó que sería entregada como moneda de cambio por las mismas personas que juraron amarla. Sin embargo, descubrirá que el verdadero peligro no siempre se encuentra en el hombre con el que debe casarse, sino en la familia que la abandonó. Porque algunas alianzas se firman con tinta… Y otras, con sangre.
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Una conversación irreal
...¿Puede un padre dañar ?...
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La mansión Villald recuperó su silencio cuando los Volkov se marcharon.
Los empleados comenzaron a apagar las luces del salón mientras los últimos vehículos abandonaban la propiedad.
Ivonne seguía en el jardín.
Necesitaba unos minutos antes de volver a entrar.
No quería que nadie la viera derrumbarse.
Escuchó la puerta abrirse detrás de ella.
—Señorita…
Era Ernesto, el mayordomo.
—Su padre desea verla en el despacho.
Ivonne respiró hondo.
—Ya voy.
Giovanni permanecía de pie frente a la chimenea.
No levantó la vista cuando ella entró.
—Cierra la puerta.
El clic de la cerradura resonó en toda la habitación.
—¿Estás molesta?
La pregunta sorprendió a Ivonne.
—No lo sé.
Era la respuesta más sincera que podía dar.
Giovanni asintió lentamente.
—Entiendo que haya sido una noticia difícil.
—¿Difícil?
Por primera vez en años, una leve sonrisa amarga apareció en el rostro de Ivonne.
—Creí que Ivy se casaría.
Entré al comedor pensando eso…
Y salí comprometida con un hombre al que vi por primera vez esta noche.
Su padre guardó silencio.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque sabía cuál sería tu reacción.
—¿Y cuál era?
—Negarte.
Ivonne bajó la mirada.
Tal vez tenía razón.
—Pero si me lo hubieras pedido…
Giovanni la interrumpió.
—No podía pedirte algo así.
Tenía que decidirlo como jefe de esta familia.
Aquellas palabras le dolieron más de lo esperado.
No habló como padre.
Habló como presidente del Grupo Villald.
—¿Alguna vez pensaste en lo que yo quería?
Él tardó unos segundos en responder.
—Sí.
—¿Y?
—También pensé en Ivy.
El nombre de su hermana volvió a golpearla.
—Ella es demasiado inocente.
Tú misma lo sabes.
Ivonne cerró los ojos.
Sí.
Lo sabía.
—Si los rumores sobre Ivako son ciertos…
Prefiero que seas tú quien esté a su lado.
Porque eres fuerte.
Porque sabrás defenderte.
Porque, pase lo que pase…
Encontrarás la forma de salir adelante.
Aquellas palabras sonaban casi como un cumplido.
Pero no lo eran.
Eran la explicación de por qué la habían elegido a ella.
Porque soportaría el dolor mejor que su hermana.
—Entonces era cierto…
Giovanni la miró.
—¿Qué cosa?
—Me sacrificaste porque creías que yo sobreviviría.
El hombre no respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
Al mismo tiempo, en la residencia Volkov.
Ivako se encontraba en la biblioteca revisando unos documentos.
Pero llevaba diez minutos leyendo la misma página.
No podía concentrarse.
La imagen de las dos hermanas volvía una y otra vez a su cabeza.
Especialmente la reacción de la menor.
Golpearon la puerta.
—Adelante.
Entró Nikolai, el hombre que llevaba más de quince años trabajando para la familia.
—Señor.
—¿Qué ocurre?
—¿Desea que preparemos la seguridad para la señorita Villald?
Ivako dejó el documento sobre el escritorio.
—Sí.
Nikolai asintió.
—¿Con el mismo protocolo que para la familia?
—Sí.
El hombre hizo una ligera reverencia antes de retirarse.
Cuando estaba por salir, escuchó otra pregunta.
—Nikolai.
—¿Sí, señor?
—¿Qué sabes de las hermanas Villald?
El hombre pareció sorprendido.
—No demasiado.
La mayor trabaja junto a su padre.
La menor estudia en la universidad.
Dicen que son muy unidas.
Ivako apoyó los codos sobre el escritorio.
—¿Y los rumores?
—¿Sobre usted o sobre ellas?
Por primera vez esa noche, una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Ivako.
—Sobre mí.
Nikolai bajó la cabeza con respeto.
—Los rumores siempre crecen cuando alguien tiene poder.
Algunos son ciertos.
La mayoría no.
Ivako volvió a mirar por la ventana.
La lluvia había comenzado otra vez.
No le preocupaba que la gente le tuviera miedo.
Lo que sí le preocupaba…
Era no entender por qué una familia entregaría a su hija mayor mientras la menor lloraba como si acabaran de condenarla.
Y esa duda empezaba a resultarle mucho más interesante que el propio matrimonio.