Mónica Morgan lo perdió todo cuando descubrió que el hombre que amaba siempre había preferido a su propia hermana. Con el corazón destrozado y después de perder al hijo que esperaba, decidió alejarse de aquella vida y comenzar de nuevo.
Nunca imaginó que encontraría una nueva oportunidad en los brazos de Cristopher Sinclair, un hombre poderoso, distante y completamente ajeno a los sentimientos. Él le propone un trato: fingir ser su pareja a cambio de setenta mil dólares. Para Mónica, solo sería un acuerdo; para Cristopher, una forma de demostrarle algo a su abuelo.
Pero fingir estar enamorados resulta más difícil de lo esperado. Las miradas comienzan a durar demasiado, la cercanía deja de sentirse incómoda y los celos aparecen donde no deberían existir.
Mónica sabe que aquello tiene una fecha de finalización. Cristopher insiste en que entre ellos no hay nada real.
Sin embargo, si todo comenzó como una mentira… ¿qué ocurrirá cuando alguno de los dos termine enamorándose de verdad?
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Capítulo 17
Después de la entrevista de empleo, los días para Mónica se habían transformado en una eternidad insoportable. Cada amanecer traía consigo una mezcla de ansiedad y expectativa, y cada minuto parecía estirarse como si el tiempo se burlara de ella. La duda la carcomía desde adentro, desgarrando su tranquilidad y convirtiendo la espera en un tormento constante. No sabía si sería aceptada o rechazada; la incertidumbre la mantenía en un estado de alerta permanente.
La ansiedad, que antes parecía un enemigo, ahora se había convertido en una aliada silenciosa, recordándole que debía estar lista para cualquier resultado, aunque el peso de la espera la desgarrara. Se sentía atrapada entre la esperanza y la desesperación.
Cuatro días habían pasado desde aquella entrevista. Mónica no podía despegarse del celular, esperando ansiosamente un mensaje de la empresa o de Abigail informándole que ya habían contratado a alguien más.
Cada notificación que sonaba la hacía saltar de su asiento con la esperanza de recibir la buena noticia, solo para descubrir que era otra cosa: un mensaje de publicidad, un correo irrelevante, una llamada perdida sin importancia.
La angustia la consumía por completo, pero no podía permitir que el miedo la paralizara. Su situación económica no le daba margen para descansar; no podía permitirse detenerse a llorar o lamentarse.
Mientras aguardaba la decisión definitiva, debía mantenerse activa, buscando empleos de un solo día que le permitieran ganar algo de dinero sin comprometerse demasiado, sin arriesgarse a aceptar un trabajo que exigiera su presencia diaria y que la dejara sin tiempo ni energía para esperar ese mensaje que podría cambiarlo todo.
A veces, esos trabajos eran físicos y agotadores. Pintaba departamentos, un servicio que gracias a la ayuda de la señora Emma había conseguido, y que le ofrecía un ingreso razonable. Cada jornada era larga y agotadora: hasta dieciséis horas de trabajo continuo para ganar veinticuatro dólares por hora, lo que apenas le permitía subsistir. Sin embargo, aquellos trabajos le daban un propósito, le recordaban que podía mantenerse por sí misma, que podía generar ingresos con su esfuerzo.
La emoción que sentía al contar su dinero era intensa y gratificante, un alivio a la tensión acumulada. Cada billete era el reflejo tangible de su esfuerzo. Aquello la hacía sentir útil, capaz, y, sobre todo, independiente. La sensación de logro era profunda: por primera vez, podía sostenerse sola, sin depender de nadie, sin que el pasado la encadenara a recuerdos dolorosos de lo que había perdido.
Todo cambió el día que su teléfono vibró con una notificación inesperada. Era la empresa: la habían contratado. La honestidad y la sinceridad que había demostrado durante la entrevista habían sido determinantes. Los días de espera, la incertidumbre y la ansiedad, desaparecieron en un instante, dejando un vacío que rápidamente fue llenado por la euforia.
Mónica no pudo contener un grito de alegría dentro de su pequeño departamento de una sola habitación. Saltó, giró sobre sí misma y dejó escapar un grito que nadie escucharía, pero que su corazón celebraba con intensidad. Lo había logrado; había conseguido un empleo por sí misma. Cada sacrificio, cada hora de trabajo temporal, cada momento de duda, había valido la pena.
La emoción no la dejó dormir esa noche. Cada pensamiento estaba impregnado de anticipación y felicidad. Con el dinero que había logrado reunir, salió a comprar ropa para su primer día de trabajo. Sabía que debía estar impecable, que la primera impresión contaba y que quería mostrarse profesional, segura y capaz.
Eligió tres conjuntos con los que se sintió cómoda y seleccionó cuidadosamente su maquillaje, consciente de que cada detalle importaba. La idea de presentarse ante sus futuros compañeros con confianza le daba fuerza y una especie de paz interna que no sentía desde hacía mucho tiempo.
Al llegar a la caja, observaba cómo los números aumentaban, y su corazón latía con fuerza. Aunque parte de ella sentía que estaba gastando demasiado, sabía que lo primero que haría con su sueldo sería comprar ropa adecuada y útil; no permitiría que ocurriera de nuevo lo mismo que cuando estaba con Leandro, cuando siempre debía justificar sus decisiones y sacrificios.
Al salir de la tienda, un vitral llamó su atención: reflejaban unos hermosos zapatos que jamás habría considerado comprar antes. La libertad de decidir por sí misma la llenó de una alegría intensa. Entró sin dudarlo, compró los zapatos y salió con una sonrisa que iluminaba su rostro. La felicidad que sentía era pura y completa, sin remordimientos, sin culpa, solo el orgullo de quien finalmente puede sostenerse por sí misma.
Al llegar al refugio, entró a su cuarto y se dedicó a preparar su atuendo para el día de presentación. Eligió un conjunto que la hacía sentir poderosa: un blazer y una falda tubo color azul índigo, ajustada a sus piernas, combinados con una blusa blanca impecable y los zapatos blancos perla que tanto le habían gustado. Repasó varios tutoriales para peinarse correctamente y, tras ensayar varias veces, se sintió satisfecha con el resultado. Una paz silenciosa se apoderó de ella; por primera vez en mucho tiempo, nada ni nadie podía perturbar su felicidad.
Mientras Mónica se preparaba para su nuevo comienzo, en otra parte de la ciudad, Leandro no podía dejar de pensar en ella. La mujer que había dependido de él para todo, que parecía frágil y vulnerable, había decidido marcharse, y su ausencia lo consumía. Incluso mientras dormía junto a Alejandra, sintiendo el calor de su cuerpo, su mente estaba atrapada en recuerdos de Mónica: la primera vez que la tuvo, su sonrisa, su delicadeza y su forma de tratarlo, era diferente al de Alejandra. Cada pensamiento despertaba un deseo intenso de recuperarla, pero era tan orgulloso para querer buscarla, no iba a permitir que se encerrera en su cabeza, después de todo había conseguido su libertad.
Mónica, en cambio, disfrutaba de una paz que nunca había conocido. Acostada en su cama, sonreía suavemente y tras unos minutos, el sueño la envolvió, dándole la bienvenida con dulzura y ternura, y por primera vez en mucho tiempo, pudo descansar sin la sombra de la ansiedad que la había acompañado durante días.
El amanecer trajo consigo un rayo de luz que se coló por la ventana de su habitación, y el sonido de la alarma del teléfono la despertó. Apagándola rápidamente, agradeció a la vida que todo fuera real.
Se levantó con entusiasmo y tomó una ducha tibia que relajó cada músculo de su cuerpo, limpiando no solo la fatiga física, sino también el peso emocional que había llevado durante días. Se maquilló con cuidado, observándose en el espejo y maravillándose de la mujer que veía. Peinó su cabello como había practicado, aplicó un toque de perfume y metió sus pertenencias en la bolsa más decente que tenía.