Lo que Suria no imagina es quién firmará como comprador: Sr.C, su nuevo profesor de Derecho Penal, un hombre de mirada implacable, ático de lujo y un pasado que guarda bajo llave. Atractivo, dominante y acostumbrado a imponer sus reglas, Sr.C deja claro desde el primer momento que la quiere solo para él.
Entre clases magistrales y noches a puerta cerrada, lo que empieza como un acuerdo con fecha de vencimiento se convierte en una obsesión mutua imposible de contener. Pero fuera de las paredes de su ático, la realidad acecha: un ex violento que no acepta perder, secretos familiares que amenazan con destruirlo todo y un padre que no sabe nada del hombre que duerme con su hija.
Cuando el contrato expire, ¿quedará algo más que deseo entre ellos… o habrán cruzado una línea de la que ya no se puede volver?
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CAPÍTULO 3
En cuanto llegaron a la zona del estacionamiento, su amiga parecía animada.
Cilas\=Mi diosa.
Cilas se acercó abrazando a Matilde por detrás. Era el ligue de ella; trabajaba como guardia de seguridad en la empresa de al lado.
Matilde\=Cilas...
Él la tomó en sus brazos. Los dos combinaban.
Cilas\=Te la voy a robar un ratito, Suria.
Suria\=Es toda tuya. Te veo más tarde, amiga.
Ellos siguieron hacia el otro lado y Suria fue saliendo del campus. Incluso después de clases quedaban bastantes alumnos por ahí, parejas o amigos. Pasó por la pequeña plaza y en ese momento vio una sombra saliendo de los arbustos: era un perro, de porte grande y bien peludo. Se acercó y empezó a lamerla.
Suria\=Hola, chico. Eres tan lindo.
Se agachó y empezó a acariciarlo. Era raro ver un perro por ahí.
Suria\=¿Estás perdido...?
Sr.C\=Yo diría que no.
Se asustó y levantó la mirada. Esa figura imponente parada justo frente a ella; ni escuchó sus pasos. Se levantó y solo ahora, con él tan cerca, veía lo alto que era: le llegaba prácticamente a la altura del pecho. Él bajó la cabeza en su dirección. Sería mucha suerte o mala suerte encontrarse con él después de todas esas miradas durante la clase.
Suria\=Profesor...
Sr.C\=No estamos en clase. Llámame solo Sr.C.
El perro se colocó a su lado y se sentó. Parecía el dueño.
Suria\=El perro, él...
Sr.C\=Es mío. Tuve que traerlo esta noche, estaba en el carro y cuando abrí la puerta salió corriendo.
Suria no sabía qué decir. Esos ojos parecían desnudarla por completo. Dio una sonrisa algo incómoda.
Sr.C\=¿Cómo te llamas?
Suria\=Soy Suria, señor.
Sr.C\=No me llames solo señor, niña. Es Sr.C. Tengo edad para ser tu padre, pero llamándome así no es respeto lo que despiertas en mí, sino un gatillo bastante peligroso. Y viniendo de ti, es muy peligroso.
¿Pero qué fue eso? Esas palabras hicieron que su cuerpo se estremeciera. Apretó firme la bolsa.
Suria\=Bueno, necesito irme.
Sr.C\=¿No duermes en los dormitorios?
Suria\=No. Vivo a una cuadra hacia adelante.
Sr.C\=Peligroso ir sola. Ven, te llevo.
Él no esperó su respuesta y salió caminando; el perro lo acompañó. Ella no podía ser vista subiéndose al carro de un profesor, pero tampoco podía ignorarlo; lo vería durante todo el año. Salió apresurada detrás de él. Vio un carro negro de lujo; abrió la puerta trasera y el perro entró, y luego abrió la puerta del pasajero.
Suria\=Sr.C, no es necesario...
Sr.C\=Por favor, sube.
Él ignoró completamente su protesta. Entró algo incómoda. Adentro sintió su perfume más fuerte; era un olor masculino. Suria se aferró a la bolsa. Él arrancó enseguida. No debía ser así, pero se sentía expuesta por la forma en que la miraba.
Suria\=Queda en la calle del restaurante chino, en el edificio naranja.
Él siguió rumbo a la dirección. Parecía conocer dónde quedaba. Ella procuró no decir nada más, evitó hasta el contacto visual y se quedó mirando por la ventana. Estacionó el carro. Suria intentó abrir, pero la puerta estaba trabada.
Suria\=La puerta... el seguro.
Notó que él dudó un poco, pero luego destrabó.
Sr.C\=No olvides el trabajo mañana, Suria.
Suria\=Gracias por llevarme.
Suria salió rápidamente del carro y sin mirar atrás entró en el edificio. Al llegar al cuarto respiró profundo. Sentía el corazón palpitarle. ¿Por qué le ofreció llevarla? La mayoría de los profesores evitaban hasta hablar con los alumnos después de clases; la mayoría tenía miedo de cualquier cosa que involucrara leyes. Fue a tomar un baño y comer algo.
Después, ya sentada frente a su escritorio, empezó a redactar lo que pidieron en clase. Sería un gran trabajo, pero quería hacerlo esa noche. Escuchó pasos en la sala y la voz de su amiga; llegó y parecía animada, la salida con el ligue rindió. Al terminar le salieron casi cuatro páginas; organizó todo y lo dejó sobre la mesa. Fue un día bien intenso y fue apenas el primero. En ese momento no quería pensar en nada, solo descansar, y así lo hizo. Se durmió rápido.
A la mañana siguiente, Suria despertó sintiéndose muy mal. Le dolía el estómago; debió comer algo que le cayó mal. Matilde entró animada.
Matilde\=¿Todavía acostada?
Suria\=No me estoy sintiendo bien.
Matilde\=Estás pálida. ¿Quieres algún remedio?
Suria\=Creo que comí algo que me hizo mal.
Matilde\=Quédate y descansa, ¿sí? Los primeros días no hay nada importante.
No iba a poder ir a clases ese día; necesitaba reposo.
Suria\=Entrega mi trabajo. No puedo perder esos puntos. Está en la mesa.
Matilde fue hasta allá y tomó los papeles, le dio un beso en la mejilla y salió. Era una gran mala suerte que al segundo día de clases se pusiera así, pero tenía razón: en los primeros días de clases no pasaba nada. Tomó un remedio para el dolor y volvió a dormir.
Cuando despertó ya era de tarde y se sentía mucho mejor. Fue a tomar un baño; dejó que el agua le corriera por el cuerpo, era refrescante. Salió envuelta en la toalla y enseguida su mirada cayó sobre el escritorio. Le vino como un fogonazo a la mente.
Suria\=No... ¡no!
Fue hasta ahí y revolvió los libros y todo. No encontró el contrato. Se desesperó. ¿Será que Matilde lo agarró junto con su trabajo?
Suria\=Mierda.
Tomó el teléfono y llamó rápidamente a su amiga. Mientras tanto iba mirando por todos lados; tal vez estuviera por ahí en algún lugar.
Matilde\=Hola, linda. ¿Ya estás mejor?
Suria\=Matilde, mi trabajo, ¿ya lo entregaste?
Matilde\=Sí, ya. Fue la primera clase, la de él.
Suria\=¿Agarraste todos los papeles que estaban en el escritorio?
Matilde\=Sí, todos los de tu trabajo.
Suria\=Rayos... rayos. Creo que el papel del contrato que firmé estaba junto.
Matilde\=¿Qué? Qué fastidio... Tal vez se cayó en algún lugar.
Suria\=Ya busqué.
Matilde\=Bueno... hasta ahora ningún director vino. ¿Seguro que estaba junto? Creo que el Sr.C ya habría dicho algo. Hasta ahora nada.
Eso era cierto. Si no hubo alboroto, entonces el contrato debió haberse volado a algún lugar.
Suria\=Tienes razón. Voy a buscar mejor.
Colgó el teléfono. Siguió buscando. ¿Será que lo tiró a la basura y no se acordaba? No podía pensar solo en lo peor; necesitaba calmarse. Eso causaría problemas. No podía ni pensar en qué pasaría si la dirección de la universidad se enterara de las cosas que ocurrían por ahí. No solo sería expulsada ella, sino muchos otros.