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MARIONETA: LAZOS DE SANGRE Y OBSESIÓN

MARIONETA: LAZOS DE SANGRE Y OBSESIÓN

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Dominación / Completas
Popularitas:535
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa





Han transcurrido tres años desde aquella noche en que Antonia recuperó su libertad y Aarón comprendió que el amor no se encadena, sino que se respeta. Tres años en los que cada uno ha reconstruido su vida sobre las cenizas del pasado: Antonia brilla como actriz consagrada, dueña de su escenario y de su destino; Aarón ha redimido sus errores, saneado su imperio y se ha convertido en un hombre íntegro, serio y reservado, guiado por la lealtad y la palabra dada; Vicent ha construido junto a él una nueva etapa, firme y honesto; e Irina dirige con dedicación su fundación, transformando su experiencia en refugio para quienes lo necesitan.

La paz parece definitiva… hasta que las sombras regresan con un rostro aún más cruel.

El nuevo titiritero, Julian Van Thal, un hombre influyente, frío y sin escrúpulos, heredero de un imperio aún más vasto que el que alguna vez tuvo.

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Capitulo 5

Antonia salió del escenario con el corazón aún latiéndole acelerado por la emoción de la función. El aplauso había sido cálido y entusiasta, y mientras se desabrochaba el vestido en el camerino, sonreía al recordar cada momento bajo las luces. Entonces llamó a su puerta su asistente, con un ramo inmenso de rosas rojas en los brazos y una expresión confundida.

—Te las dejaron en la entrada —dijo, entrando y dejándolo sobre la mesa—. Sin tarjeta, sin nombre. Nadie vio quién las entregó. Solo dijeron que eran para la protagonista.

Antonia las miró de reojo, sin acercarse aún.

—¿Sin nada? Ni una nota, ni una dedicatoria?

—Nada. Solo las flores. Son hermosas, Antonia, pero… da un poco de misterio. ¿Crees que sea algún admirador?

Antonia se levantó y rodeó la mesa, observando las rosas. Eran perfectas, demasiado perfectas, y su color rojo intenso le pareció de pronto algo inquietante en lugar de hermoso.

—Los admiradores suelen escribir algo —murmuró—. Unas palabras, aunque sean simples. Esto… esto se siente diferente. Como si alguien quisiera estar cerca sin mostrarse.

Se acercó a la ventana y apartó levemente la cortina. Abajo, la gente se dispersaba por la calle, conversando y riendo, pero sus ojos se detuvieron en un hombre que permanecía de pie frente a la entrada del teatro, sin moverse, sin hablar con nadie. Estaba en la primera fila durante toda la función, lo recordaba bien: alto, impecable, con una mirada que no se apartó de ella ni un solo instante. Aún desde allí abajo, sentía que esos ojos oscuros la estaban viendo a ella, a través del cristal y de las paredes.

—¿Antonia? —llamó su asistente con suavidad—. ¿Te encuentras bien? Estás pálida.

—Ahí abajo —dijo ella señalando apenas con la cabeza—. Ese hombre de traje oscuro, el que está solo frente a la puerta… lo vi en la primera fila. No apartó la vista de mí en toda la obra. Y ahora sigue ahí.

Su asistente se asomó con cautela y frunció el ceño.

—Espera… yo lo vi entrar. No habló con nadie, no aplaudió como los demás. Solo te miraba a ti. ¿Crees que tiene que ver con las flores?

Antonia sintió un escalofrío recorrerle la espalda, una sensación antigua que creía haber dejado atrás: la sensación de ser observada, evaluada, como si fuera algo que alguien ya ha decidido que le pertenece.

—No lo sé —respondió con voz baja—. Pero hay algo en su mirada… no es admiración. Es hambre. Como si yo fuera algo que ya ha elegido y está esperando a reclamar.

—¿Quieres que llame a seguridad? ¿Que alguien te acompañe a casa? —se preocupó su asistente.

Antonia negó lentamente, sin apartar la vista del hombre que permanecía inmóvil allí abajo.

—Por ahora no. No quiero hacer un drama sin saber quién es. Pero no me quito la sensación de que algo ha cambiado. Como si una puerta se hubiera abierto y hubiera entrado… algo peligroso.

El hombre levantó entonces la vista, y aunque no podían verle bien el rostro desde esa distancia, Antonia supo con certeza absoluta que él sabía que ella lo estaba mirando. No se apartó. No se avergonzó. Solo la sostuvo con esa mirada pesada, hasta que ella tuvo que dar un paso atrás, alejándose de la ventana.

—No lo conozco —susurró, sintiendo el corazón encogérsele—. No sé quién es. Pero cuando lo vi en la sala, sentí miedo. No el miedo a lo desconocido, sino el miedo de reconocer algo que ya he vivido antes. Esa misma intensidad, esa misma mirada que lo absorbe todo.

—Entonces no te confíes —le dijo su asistente con firmeza—. A partir de ahora salimos juntas. Revisamos todo. Y si vuelves a sentir que te observa, lo decimos. No tienes por qué cargar con esto sola.

Antonia asintió, pero la inquietud no se le pasó. Miró una última vez las rosas rojas sobre la mesa, tan hermosas y silenciosas, y luego hacia abajo, donde el hombre seguía allí, esperando. No sabía su nombre, ni qué quería, pero en lo más profundo de su ser comprendió: esa mirada no era casualidad. Era el comienzo de algo que no podría detener tan fácilmente.

Antonia apartó la vista de la ventana y se pasó una mano por el brazo, como si quisiera quitarse de encima el peso de esa mirada.

—Es como si ya me conociera —dijo bajito—, aunque yo nunca lo he visto antes. Y no me mira como si fuera una persona. Me mira como si ya fuera suya.

—No dejes que te asuste —le dijo su asistente con voz firme—. Tú no eres de nadie. Y mucho menos de un desconocido que se queda mirando desde la calle.

—Lo sé —respondió Antonia, pero le tembló levemente la voz—. Pero el miedo no viene de creerle a él… viene de reconocer esa clase de mirada. Ya la vi antes. Y siempre trae problemas consigo.

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