Ella tiene una vida difícil. Hasta que reencarna en un nuevo mundo, ahora solo busca ayudar a otros, para agradecer por esa oportunidad de vivir.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Casa de Cuidados 1
Así comenzó un nuevo propósito en la vida de Lucille.
Ayudar a otros.
Al principio había pensado que sería algo sencillo, pero mientras más conocía el reino de Sunderland, más comprendía que las necesidades de las personas eran diferentes.
Y, curiosamente, aquella responsabilidad no la hacía sentirse agotada.
La hacía feliz.
Su vida personal, en cambio, continuaba siendo bastante sencilla.
Incluso para ser hija de los condes Harrington.
Por las mañanas desayunaba con sus padres, después dedicaba algunas horas a revisar documentos o salir al pueblo y, por las tardes, solía regresar a la biblioteca.
Y había algo que todavía le resultaba un poco extraño.
Sus padres.
El conde Harrington y la condesa Harrington seguían profundamente enamorados.
No importaba que fueran adultos.
No importaba que llevaran muchos años casados.
Seguían tomándose de las manos.
Se sonreían.
Él a veces acomodaba delicadamente un mechón de cabello de su esposa.
Ella podía apoyar la cabeza sobre su hombro mientras conversaban.
Incluso durante las comidas podían intercambiar miradas tan cariñosas que Lucille terminaba mirando hacia otro lado.
[¡Por favor!]
[¡Son mis padres!]
Una tarde, mientras tomaban el té, el conde tomó la mano de su esposa.
—Querida, ¿quieres probar este postre?
—Sí, pero solo un poco.
Él inmediatamente le sirvió una pequeña porción.
Lucille observó la escena.
[Se siguen comportando como recién casados...]
La condesa miró a su hija.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Pareces incómoda.
—No es eso.
Lucille bajó la mirada.
[Es solo que nunca había visto a mis padres demostrar tanto cariño.]
En su primera vida había visto parejas enamoradas, por supuesto.
Pero aquello era diferente.
Ellos parecían realmente disfrutar de estar juntos.
Y, aunque al principio le resultaba extraño, terminó sintiendo algo cálido.
[Qué bonito...]
Porque aquella era otra cosa que había recibido en su segunda vida.
Una familia que se quería.
Mientras tanto, Lucille comenzó a conocer el pueblo.
La primera vez que salió acompañada por su madre, quedó sorprendida.
Había imaginado que conocería un lugar lleno de personas que simplemente necesitaban ayuda.
Pero encontró algo mucho más complejo.
Había comerciantes.
Artesanos.
Campesinos.
Panaderos.
Herreros.
Familias.
Niños jugando.
Ancianos sentados frente a sus casas.
Personas trabajando desde temprano.
Y personas que, aunque tenían dificultades, intentaban seguir adelante.
Lucille comenzó a hablar con ellos.
No se limitaba a preguntar:
—¿Qué necesitan?
Comenzó a preguntar:
—¿Cómo es su día?
—¿Qué dificultades tienen?
—¿Qué creen que podría ayudarles?
Y llevaba siempre consigo un cuaderno.
Uno sencillo.
En la portada escribió..
Necesidades del pueblo.
La primera página comenzó a llenarse rápidamente.
"Familia con tres niños: necesitan ropa para el invierno."
"Anciano que vive solo: necesita medicamentos."
"Familia de agricultores: necesitan reparar parte del sistema de riego."
"Niños del barrio norte: necesitan libros."
"Mujer viuda: necesita ayuda para mantener su pequeño negocio."
Lucille escribía absolutamente todo.
Después regresaba a casa y conversaba con sus padres.
—Esto es lo que encontré hoy.
El conde escuchaba atentamente.
—¿Cuánto costaría resolverlo?
Lucille le mostraba sus cálculos.
—Aproximadamente esto.
Su padre asentía.
—Entonces podemos hacerlo.
Lucille levantaba la mirada.
—¿De verdad?
—Por supuesto.
La condesa sonreía.
—Solo debemos asegurarnos de que la ayuda llegue realmente a quien la necesita.
Lucille asentía inmediatamente.
—Sí.
Y así comenzó a utilizar parte de los recursos de la familia Harrington.
No de manera impulsiva.
No entregando dinero sin control.
Organizaba.
Registraba.
Comprobaba.
Y, sobre todo, escuchaba.
Sus padres nunca la trataron como una niña incapaz.
La trataban con cariño y respeto.
Si ella tenía una idea, la escuchaban.
Si cometía un error, se lo explicaban.
Si necesitaba recursos, se los proporcionaban cuando consideraban que el proyecto era viable.
Lucille agradecía profundamente aquella confianza.
[En mi primera vida habría dado cualquier cosa por sentirme así de querida.]
Su hermano también continuaba presente.
Desde la academia enviaba cartas con frecuencia.
"Querida hermana, espero que estés bien."
"Hoy tuvimos una clase particularmente difícil."
"Te envié un pequeño regalo. Espero que te guste."
Cada vez que llegaba una carta, Lucille sonreía.
Y cuando abría los pequeños paquetes que él enviaba, encontraba libros, pequeños adornos o cosas que había visto y pensaba que podían gustarle.
—Tu hermano piensa mucho en ti
comentó la condesa una vez.
Lucille abrazó el regalo contra su pecho.
—Sí.
[Realmente tengo una buena familia.]
Aquella idea todavía le resultaba difícil de aceptar.
Había pasado gran parte de su primera vida sintiendo que debía protegerse de los demás.
Ahora estaba rodeada de personas que la protegían a ella.
Y eso hacía que quisiera aprovechar todavía más aquella segunda oportunidad.
Pasaron varias semanas.
Lucille continuó visitando escuelas y orfanatos.
Allí descubrió que los niños ya estaban recibiendo ayuda de diferentes familias nobles.
Había recursos para alimentos.
Ropa.
Materiales escolares.
Libros.
Incluso algunas instituciones habían comenzado a recibir fondos regulares.
Lucille se sintió satisfecha.
[Esto está funcionando.]
Pero entonces comenzó a notar algo.
Los niños recibían ayuda.
Los huérfanos recibían ayuda.
Las escuelas recibían ayuda.
Sin embargo... había otro grupo de personas que parecía estar quedando olvidado.
Los ancianos.
Una tarde, mientras caminaba por una zona más alejada del pueblo, Lucille encontró a un anciano sentado frente a una pequeña casa.
Parecía enfermo.
—¿Se encuentra bien?
El hombre sonrió débilmente.
—Estoy bien, señorita.
Lucille no le creyó.
—¿Ha visto a un médico?
El anciano bajó la mirada.
—No puedo pagarlo.
Lucille se quedó en silencio.
—¿Y un sanador?
El hombre soltó una pequeña risa.
—Mucho menos.
Entonces Lucille comprendió.
En aquel mundo existían médicos.
Pero también existían magos capaces de utilizar magia de curación.
Y, naturalmente, sus servicios tenían un precio.
Un precio que muchas personas no podían pagar.
Lucille miró al anciano.
Después miró las calles.
Y comenzó a pensar.
[¿Cuántas personas estarán en la misma situación?]
Regresó a casa ese día con el cuaderno lleno de nuevas anotaciones.
Esa noche se sentó frente a su escritorio.
Encendió una lámpara.
Abrió una página nueva.
Y escribió:
Personas mayores que necesitan atención médica.
Debajo comenzó a anotar nombres.
Después agregó..
Costo de médicos.
Costo de magos sanadores.
Medicamentos.
Tratamientos prolongados.
Se quedó mirando la página.
[Esto no puede depender solamente de si una persona tiene dinero.]
Al día siguiente habló con sus padres.
—Quiero ayudar a los ancianos que no pueden pagar médicos o magos sanadores.
El conde la miró seriamente.
—¿Tienes una idea de cómo hacerlo?
Lucille asintió.
—Quiero crear un fondo.
Su madre sonrió.
—¿Un fondo?
—Sí. Un fondo destinado exclusivamente a tratamientos médicos.
Su padre permaneció pensativo.
—Eso podría funcionar.
Lucille abrió su cuaderno.
—Podemos registrar a las personas que realmente lo necesiten. Después podemos verificar sus condiciones y pagar directamente al médico o al mago.
El conde sonrió.
—Así evitamos que el dinero se pierda.
—Exactamente.
La condesa tomó la mano de su hija.
—Estoy orgullosa de ti.
Lucille se quedó quieta.
Aquellas palabras todavía conseguían tocar una parte muy sensible de ella.
Bajó la mirada.
—Gracias, madre.
[En mi primera vida nadie me dijo que podía hacer algo importante.]
Miró su cuaderno.
[Quizás ahora sí puedo.]
Y así, poco a poco, nació el siguiente proyecto de Lucille Harrington.
No sería una gran obra de caridad llena de fiestas y discursos.
Sería algo mucho más sencillo.
Un fondo para que las personas mayores que no podían pagar un médico pudieran recibir atención.
Y mientras escribía los primeros nombres en su cuaderno, Lucille sonrió.
[Una persona a la vez.]
[Una familia a la vez.]
[Quizás así pueda cambiar un poquito este mundo.]