Esta historia comienza con una joven estudiante de colegio que jamás imaginó que conocer a un doctor cambiaría su vida para siempre. Entre ellos nace un sentimiento profundo que, poco a poco, se convierte en un amor prohibido, lleno de obstáculos, secretos y decisiones difíciles. Sin embargo, ambos están dispuestos a luchar por aquello que sienten. Cuando la chica atraviesa el momento más doloroso de su vida, su mundo se derrumba: su querida abuelita, la única persona que la crió y estuvo a su lado, fallece después de enfrentar una grave enfermedad. El doctor no pudo salvarla, pero decidió quedarse para acompañarla y apoyarla.
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Capítulo 3 Una noche de rumba
Estaba en mi habitación descansando después de un día pesado en el hospital. Había llegado a la casa, había cenado con mi familia y luego me había tirado en la cama. Tenía el celular en la mano, mirando las redes, cuando de repente me llegó un WhatsApp.
Era Marcos, uno de mis compañeros del hospital.
—Parce, ¿qué hace?
Le respondí:
—Aquí, descansando. ¿Qué pasó pues?
A los pocos segundos me escribió otra vez.
—Parce, vamos de rumba pues. Vamos a parchar un rato y a dejar el camello de otro lado.
Me quedé mirando la pantalla.
—¿Hoy?
—Sí, hombre. ¿Qué? ¿Se va a arrugar?
Solté una carcajada.
—No jodás, parce.
—Caiga pues. Estamos varios del hospital.
La verdad, estaba cansado, pero también necesitaba despejarme. Últimamente mi vida se había convertido en levantarme temprano, trabajar, atender pacientes y volver a la casa.
Hospital, casa, hospital, casa.
—Bueno pues. Voy.
—¡Eso! Sabía que usted no me iba a fallar.
Me levanté de la cama y empecé a arreglarme. Me puse una camisa, un pantalón y unos zapatos cómodos. Antes de salir bajé a la sala.
Mi mamá estaba viendo televisión.
—Ma, voy a salir un rato con unos compañeros.
Ella levantó la mirada.
—¿A dónde va, mijo?
—A parchar. Vamos a salir de rumba un rato.
—Bueno, Xavier. Se cuida mucho.
—Sí, ma. Tranquila.
Zafire, que estaba sentada en el sofá, comenzó a reírse.
—¡Ave María! ¿El doctor de rumba?
—Pues sí, mija. ¿Qué tiene de raro?
—Que usted casi nunca sale.
—Pues hoy me dio la gana.
—Bueno, pues. Diviértase.
—Eso voy a hacer.
Salí de la casa y me encontré con Marcos cerca del lugar donde habíamos quedado.
—¡Parce! —me dijo apenas me vio—. Pensé que no iba a venir.
—Casi no vengo. Estaba cansado.
—Por eso mismo necesitaba salir.
—Tiene razón.
Entramos al lugar y ya estaban varios compañeros. La música estaba bastante fuerte, había luces por todos lados y el ambiente estaba lleno de gente.
—Ahora sí —dijo Marcos—. Esta noche se olvida el hospital.
—De una.
Nos sentamos con los demás y empezamos a hablar de cualquier cosa.
—Una regla —dije—: hoy nadie habla de pacientes.
—¡Apoyo la moción! —respondió uno de los compañeros.
Todos nos reímos.
Uno de ellos pidió unas bebidas y entre ellas había whisky. Yo acepté un vaso y seguimos conversando.
La noche empezó a ponerse más animada. La música estaba buena y poco a poco dejamos de estar sentados.
—¡Xavier, venga pues! —me gritó Marcos desde la pista.
—¿Qué?
—¡A bailar!
—Yo no bailo.
—No sea mentiroso, parce. Venga.
Me levanté entre risas y terminé bailando con ellos. No era precisamente el mejor bailarín del mundo, pero tampoco me importaba.
Esa noche quería olvidarme de todo.
Con el paso de las horas, entre las bebidas y el ambiente de la fiesta, empecé a sentirme bastante mareado y terminé completamente borracho.
—Parce, ¿está bien? —me preguntó Marcos.
Me reí.
—Estoy perfecto.
—Usted ya está hablando raro.
—¿Yo? Qué va.
Marcos soltó una carcajada.
—Ay, Xavier, usted sí me salió de cuidado.
Me quedé ahí con mis compañeros, disfrutando de la música y de la noche. Por unas horas había conseguido dejar el trabajo completamente de lado.
Ya no estaba pensando en pacientes, horarios ni responsabilidades.
Solo quería pasarla bueno con mis amigos.
La música seguía sonando mientras nosotros continuábamos parchando.
Y aquella noche todavía estaba lejos de terminar.