Evolett aprendió demasiado pronto que el mundo podía ser un lugar cruel. Durante dos años, sobrevivió en silencio, escondiendo sus heridas detrás de una mirada tímida y un corazón que ya no confiaba en nadie.
Hasta que apareció Will Cleim.
Él no la mira con lástima. No intenta salvarla. Simplemente decide quedarse.
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capitulo 18
El ascensor subió en silencio. Evolett sentía el calor de la mano de Will aún entre los dedos, como si su tacto se hubiera quedado grabado en su piel. El champán, las risas, la mirada de él en el mirador... todo parecía parte de un sueño del que no quería despertar.
—Ha sido una noche increíble
dijo ella, rompiendo el silencio mientras el ascensor se detenía.
Will sonrió, con esa sonrisa que le iluminaba el rostro.
—Para mí también. Y mañana tenemos otro día por delante. Otro desfile y después la gala donde hablaremos con todos los que viste hoy.
—¿Y iremos después a otra vista al río?
preguntó ella, con un tono que mezclaba timidez y coquetería.
—Eso depende de ti
respondió él, con un brillo en los ojos.
Llegaron a sus habitaciones, una al lado de la otra. Will se detuvo frente a la puerta de Evolett y se volvió hacia ella.
—Descansa bien. Mañana será un día largo.
—Si, tú también descansa Will.
respondió ella, sintiendo que el corazón le latía con fuerza.
Will se inclinó lentamente, como si estuviera pidiendo permiso con cada movimiento. Sus labios rozaron su mejilla en un beso suave, apenas un susurro de contacto, pero suficiente para que Evolett sintiera que el mundo se detenía.
—Buenas noches, Evolett
susurró, con la voz tan cerca que sintió su aliento.
—Buenas noches, Will
logró decir, con la voz apenas un hilo.
Él se retiró y entró en su habitación, dejando a Evolett en el pasillo, con el corazón latiendo tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo a través de la puerta.
Se quedó allí un momento, con la mano apoyada en el pomo de su puerta, sintiendo que el calor de su mejilla se extendía por todo su cuerpo. Una sonrisa tonta se formó en sus labios, y no pudo evitarlo. No quería evitarlo.
Cuando entró en su habitación, se dejó caer sobre la cama y se quedó mirando el techo, con la mano aún presionando la mejilla donde él la había besado.
—Esto no puede estar pasando
murmuró, pero su sonrisa decía lo contrario.
La rutina de la noche fue rápida. Se quitó el vestido burdeos con cuidado, colgándolo en el armario, y se puso el camisón de seda que Lena le había dado. Se cepilló los dientes, se lavó la cara y se miró al espejo, observando el brillo en sus ojos que no recordaba haber visto en mucho tiempo.
—Estás sonriendo como una tonta
se dijo, y rió bajito.
Se acostó en la cama, con las sábanas blancas y suaves acariciando su piel. Cerró los ojos y dejó que los recuerdos de la noche la envolvieran, la mano de Will sobre la suya, su mirada en el mirador, el beso en su mejilla.
El sueño llegó rápido, como una ola suave que la arrastraba hacia el descanso.
Pero el callejón apareció sin previo aviso.
Evolett se encontró de pie en el mismo lugar de siempre, con el olor a lluvia y humedad pegajosa llenando sus pulmones. Las paredes de ladrillo se alzaban a ambos lados, oscuras y amenazantes, y el suelo estaba cubierto de charcos que reflejaban la luz parpadeante de una farola al final del pasaje.
Sabía que era un sueño. Siempre lo sabía. pero el dolor era tan real, como ese día, y esa era la pesadilla que siempre la seguía.
—No
susurró, dando un paso atrás.
—Por favor, no otra vez.
La figura apareció al final del callejón, avanzando lentamente hacia ella. No podía ver su rostro, pero sabía quién era. Siempre lo sabía. La risa ronca, el olor a alcohol y colonia asquerosa, las manos que se extendían hacia ella con una seguridad brutal.
—Me lo debes
decía la voz, grave y burlona.
—Me lo debes por haberme rechazado. ¿Quién crees que eres? Una pequeña huérfana sin nombre, sin familia, sin nada.
—No, por favor
rogaba Evolett, pero sus palabras caían en el vacío.
Las manos la sujetaban contra la pared de ladrillo, y el dolor explotaba en su costado como un puñal de fuego. Gritaba, pero ningún sonido salía de su garganta. Solo el eco de su propio terror resonando en el vacío.
—¡No me toques!
gritó en el sueño, pero su voz era un hilo de aire.
—¡No quiero, por favor!
En la habitación contigua, Will estaba a punto de apagar la luz cuando escuchó los gritos. Al principio pensó que era su imaginación, un eco de la noche en su mente. Pero luego los oyó de nuevo, gemidos ahogados, palabras rotas, un desespero que helaba la sangre.
—No... por favor... no me toques...
Will salió de su habitación sin pensar. No se detuvo a ponerse los zapatos, ni a preguntarse si era apropiado. Algo dentro de él se rompió al escuchar ese dolor, y solo supo que tenía que llegar hasta ella.