Lila se cansó de ser un eco en la vida de Abad, su esposo. Durante años, ocupó el segundo, el tercero, incluso el cuarto lugar en su mundo, siempre a la sombra de sus prioridades. Fue una situación límite, una gota que rebasó el vaso, lo que encendió en ella la chispa definitiva para desaparecer. Y se fue. Tan silenciosamente que todos la dieron por muerta. Todos, menos Abad. Él se negó a creer en su ausencia eterna, aferrado a una certeza que solo él entendía.
Cuando Lila regresó, no lo hizo sola. Traía consigo un niño, un secreto que Abad no había previsto, pero que no le importó en lo más mínimo. Sin dudarlo un segundo, Abad se lanzó a la reconquista. No solo para recuperarla a ella, sino para ganarse también al pequeño, dispuesto a aceptarlo como suyo, sin importar si la sangre lo unía o no. Porque esta vez, Abad sabía que no podía permitirse ser el último en la vida de nadie.
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Capítulo 14 La tormenta mediática
El sol de la mañana se colaba a través de las cortinas de la suite presidencial, pero Violeta Lombardi ya estaba despierta desde hacía horas.
Había pasado la noche en vela, mirando el techo y repasando cada palabra que había intercambiado con Abad en el vestíbulo. Su corazón aún latía con fuerza al recordar la expresión de él: esa mezcla de shock, culpa y deseo que había visto brillar en sus ojos.
Pero no se iba a dejar engañar. No otra vez.
Se levantó de la cama y se dirigió a la habitación contigua. Salvatore estaba dormido, acurrucado entre sus sábanas azules, con su avión de juguete apretado contra el pecho. Violeta sonrió al verlo, sintiendo que el amor por su hijo era el único ancla que la mantenía en tierra firme.
—Buenos días, mi amor —susurró, besando su frente.
Salvatore gruñó y se dio la vuelta, enterrando la cara en la almohada. Violeta rió suavemente y salió de la habitación, dirigiéndose a la sala de estar donde Nicoló ya estaba sentado, con una taza de café en una mano y su teléfono en la otra.
—Prima —dijo sin levantar la vista—, tenemos un problema.
—¿Qué tipo de problema? —preguntó Violeta, sirviéndose un café.
Nicoló levantó el teléfono para mostrarle la pantalla. En ella, el rostro de Violeta ocupaba la portada de todos los principales periódicos digitales. Los titulares eran variados, pero todos decían lo mismo:
"La heredera de Lombardi Corp llega a la ciudad: ¿quién es la misteriosa Violeta?"
"La nueva reina de los negocios: Violeta Lombardi, la mujer que revolucionó el imperio de su padre."
"¿Es ella la esposa perdida del magnate Abad Mansur? Los rumores no cesan."
Violeta apretó la taza de café con más fuerza. —Maldición. Esto es peor de lo que pensaba.
—No es lo peor —dijo Nicoló, deslizando el dedo por la pantalla—. Mira esto.
Apareció otra foto. Esta vez, era una imagen borrosa tomada desde lejos: Violeta y Abad en el vestíbulo del hotel, cara a cara. El titular decía:
"Encuentro explosivo: ¿reconciliación o confrontación entre la heredera y el magnate?"
—Esto va a ser un circo —murmuró Violeta, dejando la taza sobre la mesa—. Mi padre me advirtió que esto podría pasar. Pero no pensé que fuera tan rápido.
—Bueno, prima —dijo Nicoló, con su tono ligero pero con los ojos serios—, cuando eres una mujer hermosa, millonaria y exitosa, eres noticia. Cuando además tienes un pasado misterioso, eres un escándalo. Y cuando ese pasado incluye a uno de los hombres más poderosos del país... eres un fenómeno mediático.
Violeta soltó un suspiro. —No tengo tiempo para esto. Vine a hacer negocios, no a alimentar chismes.
—Lo sé. Pero el chisme ya está aquí. —Nicoló dejó el teléfono sobre la mesa—. La pregunta es: ¿cómo vas a manejarlo?
Violeta se quedó en silencio, pensando. Y entonces, su teléfono vibró en la mesa. Era un mensaje de su padre.
"Hija, las noticias han llegado a Ginebra. Sé que es un momento difícil, pero recuerda: eres más fuerte que todo esto. Si necesitas algo, estoy aquí."
Violeta sonrió al leerlo. Su padre, a pesar de los años perdidos, siempre estaba ahí cuando lo necesitaba.
—Voy a manejarlo con la cabeza en alto —dijo finalmente, mirando a Nicoló—. Como he hecho siempre. Que digan lo que quieran. Yo sé quién soy y lo que valgo.
Nicoló asintió con orgullo. —Esa es mi prima.
Pero el día apenas comenzaba, y lo que estaba por venir era mucho más grande de lo que cualquiera de ellos imaginaba.
*_*
En la mansión Mansur, el desayuno se había convertido en un campo de batalla.
Eleonor Mansur estaba sentada en la cabecera de la mesa, con su taza de té en una mano y su tableta en la otra. En la pantalla, la foto de Violeta Lombardi ocupaba el lugar central.
—¿Puedes creerlo? —dijo, con su voz llena de desdén—. Esa mujer ha vuelto. Y con un nombre falso, como si fuera una criminal. Morel, querida, mira esto.
Morel Monroy, sentada a su derecha, tomó la tableta con manos temblorosas. Su rostro, que siempre había sido bonito pero vacío, se contrajo en una mueca de rabia.
—Es ella —susurró, y su voz era veneno—. Es Lila. Pero con otro nombre y otra cara. ¿Cómo se atreve a volver después de cinco años?
—No lo sé —respondió Eleonor, con un tono que fingía preocupación—. Pero lo que sé es que Abad la vio anoche. En el hotel. Y que está como loco desde entonces.
Morel apretó la tableta con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. —No puede ser. No después de todo lo que hemos hecho. No después de que yo estuve a su lado todos estos años. —Su voz se quebró—. Yo lo he esperado, Eleonor. He estado aquí, esperando a que me viera, a que me eligiera. Y ahora ella vuelve y lo arruina todo.
Eleonor extendió la mano para acariciar el brazo de Morel, con un gesto que fingía consuelo. —No te preocupes, querida. Yo no voy a permitir que esa mujer vuelva a poner un pie en esta casa. Abad es mi hijo, y sé lo que es mejor para él. Y tú eres mejor para él. Siempre lo has sido.
Morel levantó la vista, y en sus ojos brillaba un odio profundo. —Entonces, ¿qué vamos a hacer?
—Por ahora, nada —dijo Eleonor, con una sonrisa fría—. La dejaremos que se exponga sola. Con el tiempo, su pasado saldrá a la luz. Y cuando Abad vea quién es realmente, volverá a ti.
Pero en el fondo, Eleonor sabía que no era tan sencillo. Abad había cambiado en los últimos cinco años. Se había vuelto más distante, más frío, más obsesionado con encontrar a Lila. Y ahora que la había encontrado, nada la detendría.
—Morel —dijo, cambiando de tema—, ¿has hablado con Sahina?
—No, ¿por qué?
—Porque ella también debe estar viendo las noticias. Y si hay alguien que podría hacer que Abad se distancie de Lila, es ella.
Morel arqueó una ceja. —¿Cómo?
Eleonor sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —Sahina siempre ha sido un misterio para nosotros. Pero hay algo que sabemos: Abad la ha protegido todo este tiempo. ¿Y si esa protección se debe a algo más que una simple amistad? ¿Y si hay un secreto que podría separarlo de Lila para siempre?
Morel asintió lentamente, comprendiendo. —Entonces, tenemos que hablar con Sahina.
—Exactamente.
ella es excelente escritora