Seis años atrás, Luz Acosta fue traicionada por su propia familia, acusada de una vergüenza que no pudo explicar y echada de la casa como si nunca hubiera llevado su sangre.
Ahora volvió a Buenos Aires con dos hijos, una identidad que todos buscan y una sola idea clara: nadie va a volver a usarla.
Pero apenas pisa la ciudad, Ciro desaparece unos minutos y regresa con un hombre que no debería cruzarse en su camino: Bruno Ferrer, dueño de un imperio, frío hasta la crueldad y famoso por no dejar que ninguna mujer se le acerque.
Tina, en cambio, lo mira una vez y decide que ese hombre tiene que ser su papá.
Luz no quiere saber nada con Bruno. Bruno está convencido de que ella se le acercó con segundas intenciones. Y mientras los Acosta intentan volver a encerrarla en el papel de hija descartable, un secreto de aquella noche de hace seis años empieza a salir a la luz.
Dos hijos. Una traición vieja. Un padre que no sabe que lo es.
Y una mujer que esta vez no piensa bajar la cabeza.
NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18
Capítulo 18
Sissi entró al cuarto de Silvana intentando parecer tranquila.
—¿Qué querías darme, mamá?
La cachetada le cruzó la cara.
—¿Robaste el dije de rosa de mi cuarto y se lo mandaste a Luz?
Sissi se tocó la mejilla, aturdida.
—¿Por qué la reconocen a ella si yo soy su hija? ¿Solo porque puede darle sangre a Lautaro? Yo también puedo.
Silvana se puso blanca.
—Callate.
La voz le salió baja, urgente.
—¿Qué más sabés?
Sissi negó con lágrimas en los ojos.
Silvana respiró, pero no del todo.
Le tomó las manos.
—Tonta. Todo lo que hice fue por vos. Para que tuvieras una vida mejor.
Sissi no entendió.
—El dije queda en secreto. ¿Entendiste?
—Sí.
Esa tarde, Luz esperó frente al jardín con el corazón apretado.
Ciro había pasado su primer día ahí. El teléfono no había sonado. Nadie la había llamado por una crisis.
Cuando la puerta se abrió, Tina salió corriendo con Ciro.
—¡Mami!
Luz los abrazó.
—¿Cómo les fue?
—Los chicos son buenos. Las maestras también.
Ciro asintió.
Luz por fin soltó el aire.
—¡El auto de Bruno! —gritó Tina.
Ella y Ciro corrieron hacia la Rolls-Royce.
Luz frunció el ceño.
El jardín quedaba cerca del edificio, pero no de la zona de casas de Bruno. Su auto no tenía por qué estar ahí.
La ventanilla bajó.
—Bruno, sos vos.
—¿Salieron del jardín?
Facundo apretó la boca.
Jefe, eso era bastante obvio.
—Sí —dijo Tina—. ¿Vos saliste del trabajo?
—Sí.
—Vení a casa. Quiero contarte todo lo que pasó.
Ciro lo miraba con la misma esperanza.
Bruno iba a responder, pero Luz habló primero.
—Tina, Bruno tiene cosas que hacer. No podemos invitarlo así.
La mirada de Bruno se enfrió.
Ella parecía querer mantenerlo lejos a toda costa.
—Hoy no tengo nada.
Abrió la puerta y bajó.
Facundo se sobresaltó.
—Jefe...
Una mirada lo silenció.
Tina y Ciro saltaron de alegría y lo llevaron al departamento.
Luz quedó atrás, entre molesta y resignada.
¿Bruno Ferrer no tenía una empresa gigantesca que dirigir?
En casa, los chicos le contaron el día. Tina hablaba sin parar; Ciro asentía y sonreía de vez en cuando.
Luz cocinaba, escuchando desde la cocina. Verlos tan contentos le confirmó que la escuela había sido una buena decisión.
—Ciro —preguntó Bruno—. ¿Te gustó el jardín?
El nene asintió.
No estaba eufórico como Tina, pero tampoco rechazaba la idea.
—A comer.
Luz había preparado platos más suaves. La última vez notó que Bruno no comía picante.
Tina y Ciro llevaron los platos, los cubiertos y el arroz. Ciro tiró apenas de la manga de Bruno para señalarle una silla.
La cena tuvo una calma extraña.
Tina contaba anécdotas de la maestra, de una nena que compartió crayones, de un chico que se cayó sin llorar. Ciro escuchaba. Bruno respondía poco, pero prestaba atención.
Luz sonrió sin darse cuenta.
Bruno la vio.
Por un segundo, una imagen borrosa le cruzó la mente: una sonrisa suave, una noche perdida.
Luz notó su mirada y el corazón le dio un golpe.
Tina miró a uno, después al otro.
Sonrió con picardía.
—Mami, Bruno, Ciro y yo ya comimos. Vamos a hacer tarea.
Los dos salieron del comedor.
El silencio quedó espeso.
—Gracias —dijo Luz al fin.
Bruno la miró.
—¿Por qué?
No le gustó esa distancia en su voz.
—Por acompañarlos. Les hacés bien. Sobre todo a Ciro.
—A Ciro le falta seguridad. Un padre suele ser el apoyo más grande para un chico. ¿Dónde está el suyo?
Luz se quedó quieta.
Por un instante, vio a Ciro en la sombra de Bruno.
—No tienen padre.
—¿Murió?
Luz pensó un segundo.
—Algo así.
Si no podía encontrarlo, ¿qué diferencia había?
Bruno no preguntó más.
A la mañana siguiente, Luz dejó a los chicos en el jardín. Al volver, un auto se detuvo frente a ella.
Ramiro Varela bajó con una sonrisa.
—Doctora Ynua, ¿tiene tiempo para conversar?
—No.
—Si no quiere en el auto, hay un café a media cuadra.
Le cerró la salida con cortesía.
Luz entendió que no iban a irse.
Subió.
Desde otro auto, Facundo vio la escena.
—Jefe, Luz subió al auto de Federico Ferrer.
El celular de Facundo sonó antes de que Bruno respondiera.
Su cara cambió.
—Llamaron los César. Don César empeoró de golpe. Está en el hospital. Los médicos no saben qué hacer.
La mirada de Bruno se volvió helada.
—¿Cree que puede tener relación con Luz? —preguntó Facundo, con cuidado.
Bruno lo cortó con una mirada.
—Al hospital.