Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
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24
Camila bajó a toda prisa. Le daba vergüenza ajena lo que Adrián estaba haciendo. Apenas unos días atrás los había hecho terminar en la comisaría, a él y a toda su familia. Pero era evidente que no iban a rendirse tan fácilmente.
—¡Camila, baja ya! ¡Mujerzuela, devuélveme mi casa! —seguía gritando Adrián.
Las puertas del elevador se abrieron y Camila salió. Adrián se quedó boquiabierto al verla. Hacía poco la había visto desaliñada, con su bata vieja y el aspecto descuidado de siempre. Ahora parecía otra persona.
Camila caminó con paso seguro y elegante hacia el hombre que muy pronto sería su exesposo. Una sonrisa asomó en el rostro de Adrián: por fin la había encontrado.
—¿Qué quieres ahora? —le espetó Camila con frialdad.
—Camila, ven conmigo. Nos vamos a la casa ahora mismo. Tienes que responder por todo lo que hiciste. Devuélvenos la casa como estaba antes.
—¿Perdiste la memoria, Adrián? ¿De qué casa hablas? ¿Cuándo en tu vida compraste una casa? Esa casa la compraron mis padres mucho antes de que nos casáramos. Si la vendí o si hago lo que quiera con ella, es asunto mío. ¿Cuántas veces más tengo que repetírtelo?
—Soy tu esposo y tengo los mismos derechos sobre esa casa. No puedes venderla sin mi permiso. Devuélvela, mi familia necesita dónde vivir —le ordenó con brusquedad.
—Tu familia no es mi problema. Búsquense un lugar por su cuenta. Ya basta de molestarme. Ya fue suficiente de usarme como sirvienta en mi propia casa. Mientras tú y los tuyos se iban de vacaciones cada año, a mí me dejaban encerrada cuidándoles todo —Camila soltó por fin lo que había guardado durante tanto tiempo.
—No tienes ningún derecho a prohibirme que mi familia y yo vayamos de vacaciones. Yo soy el que trabaja, y mi dinero lo uso como me da la gana.
—Está bien. A partir de ahora no voy a discutir más por eso. Vamos a separarnos lo antes posible —dijo Camila con firmeza.
—Jamás nos vamos a separar. Ahora ven conmigo y ponte a hacer lo que te corresponde en la casa —Adrián la sujetó del brazo e intentó llevársela a la fuerza.
Camila forcejeó con todas sus fuerzas hasta que logró soltarse.
—No voy a ir a ningún lado contigo. Tú ya no eres mi hogar —sacó el teléfono del bolsillo y llamó a seguridad.
—Vengan de inmediato. Saquen a este hombre de aquí —ordenó por teléfono.
—Desgraciada, ¿te atreves a correrme? —Adrián levantó la mano, listo para darle una bofetada.
—¡Deténgase! —retumbó una voz grave que hizo que Adrián se frenara en seco.
Todos los presentes voltearon hacia el origen de la voz. Un hombre de porte imponente estaba de pie a pocos metros de ellos.
—Don Fernando... —dijo Camila al reconocer a su jefe.
Don Fernando, dueño de la empresa, se acercó con paso firme. Estaba furioso al ver que su oficina se había convertido en un circo.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó con voz severa.
—Señor, esto es entre mi esposa y yo. Le pido que no se meta —le dijo Adrián con todo el atrevimiento del mundo.
No tenía la menor idea de con quién estaba hablando. Creía que humillando a Camila en público lograría que ella volviera con él.
—No me interesan sus problemas matrimoniales. Pero les voy a pedir una cosa: resuelvan sus asuntos afuera y no armen escándalos en mi empresa —sentenció don Fernando.
—Discúlpeme, señor. No volverá a pasar —dijo Camila con la cabeza baja.
En ese momento llegaron los guardias de seguridad que Camila había llamado. Se encontraron con el tumulto en el vestíbulo.
—Retírese de aquí por las buenas, o lo sacan los guardias. Usted elige —dijo don Fernando, clavándole la mirada.
—Ya me voy. Ven, Camila, vámonos —Adrián volvió a jalarla del brazo.
—No me voy a ningún lado. Estoy trabajando. No hay nada más que hablar —Camila le arrancó la mano de un tirón.
—No me contradigas, o te va a pesar —la amenazó Adrián.
—Señores, sáquenlo de aquí —les indicó Camila a los dos guardias.
—Sí, señora —respondieron con un asentimiento.
Los dos hombres, fornidos y corpulentos, sacaron a Adrián a la fuerza. Adrián intentó zafarse, pero no pudo contra la fuerza de ambos.
—¡Esto no se acabó, Camila! ¡Voy a volver por ti! ¡No voy a dejar que te salgas con la tuya después de vender mi casa y engañarme con otro! —gritó mientras lo arrastraban hacia la puerta.
Camila sintió que la cara le ardía de vergüenza. La acusaba de serle infiel cuando ella jamás había hecho algo así. Estaba limpia, lejos de cualquier cosa que Adrián le imputara.
—Camila, a mi oficina. Ahora —ordenó don Fernando con tono seco.
—Sí, señor —respondió ella, sin levantar la vista.
—Los demás, a sus lugares. Se acabó el espectáculo —dijo don Fernando.
Todos los curiosos se dispersaron y volvieron a sus escritorios. Nadie se atrevía a desobedecer a don Fernando; desde que dirigía esa empresa, siempre había sido un hombre de carácter firme.
Don Fernando se dirigió a su elevador privado. Camila se quedó un momento en el vestíbulo con la cabeza gacha. Cuando él desapareció, ella también se encaminó hacia su oficina.
Adrián se pasó de la raya. No llevo ni un mes de haber vuelto a trabajar aquí y ya me metió en problemas.
Con paso lento, Camila fue a su oficina. Ahora le tocaba enfrentar a don Fernando, y sabía que esta vez la reprimenda sería severa.
Ojalá no me despida. Porque si eso pasa, Adrián, tú y toda tu familia van a sufrir mucho más de lo que se imaginan.