Durante siete años, Estela Ríos fue la esposa perfecta.
Renunció a una carrera prometedora, cuidó sola de su hijo y hasta quedó marcada por el accidente en el que salvó la vida de Adrián Valadez, su famoso marido. A cambio, recibió indiferencia, desprecio y un arete de perla que cayó del bolsillo de él la noche en que su amor de juventud regresó al país.
Entonces Estela vio el futuro.
Vio su propia muerte. Vio a Adrián casarse con otra mujer. Y vio a su pequeño Mateo crecer abandonado hasta convertirse en un hombre condenado a un final terrible.
Lo que Estela jamás imaginó fue que su hijo de cuatro años también recordaba aquella vida.
Esta vez, ella no permitirá que nadie escriba su destino. Pedirá el divorcio, luchará por la custodia de Mateo y recuperará la carrera que dejó enterrada durante años. Pero mientras intenta comenzar de nuevo, aparece Maximiliano Alarcón: el multimillonario más codiciado del país, un hombre frío ante el mundo y sorprendentemente dulce con ella y con su hijo.
Max conoce sus flores favoritas, recuerda sus pequeños hábitos y siempre aparece cuando más lo necesita. Estela no entiende por qué… hasta que descubre que él lleva quince años amándola en secreto.
Mientras Adrián comprende demasiado tarde a qué mujer dejó escapar, Estela deberá enfrentarse a una verdad aún más peligrosa: el futuro que vio no fue una casualidad, y alguien alteró su destino mucho antes de que ella pudiera elegir.
Una vez entregó su vida al hombre equivocado.
Esta vez, amará únicamente a quien ella decida.
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Capítulo 24
Capítulo 24: Novios y anillos
—Sí —dijo Max—. Todo este tiempo fui yo.
No dijo nada más, porque no hacía falta. Estela rodeó la mesa, se sentó en sus piernas, le echó los brazos al cuello y lloró contra su hombro, y él la abrazó fuerte, callado, meciéndola apenas, con la cara hundida en su pelo. Gabriel, que era buen amigo, se había escurrido de la casa hacía rato con cualquier pretexto, dejándolos solos con la caja de zapatos abierta sobre la mesa y quince años de silencio por fin dichos.
Esa noche algo se acomodó entre ellos, hondo y definitivo. Pero Max, fiel a su costumbre de no correr, no le pidió nada. Esperó. Dejó que ella respirara.
Fue una semana después.
Max la invitó a cenar a un lugar en lo alto de un edificio, con la ciudad entera abajo como un río de luces, y le pidió que llevara a Teo. Eso a Estela le extrañó —las cenas elegantes no eran cosa de niños—, pero el niño estaba feliz de ir, estrenando un saquito que Max le había mandado hacer, muy serio, muy hombrecito.
La mesa estaba en una terraza privada, solo para ellos tres, con foquitos colgados como los de aquel patio de la prepa. Estela entendió el detalle en cuanto los vio, y se le apretó el pecho.
Cenaron. Teo contó un chisme de la guardería. Max lo escuchó con una atención que a Adrián jamás le había visto para su propio hijo. Y al final, cuando llegó el postre, Max dejó los cubiertos, se limpió la boca con la servilleta, y de pronto —él, que nunca se ponía nervioso— carraspeó.
—Teo —dijo, girándose hacia el niño con una seriedad de igual a igual—. Tengo que hablar contigo. De hombre a hombre.
Teo dejó la cuchara, con la cara solemne, como si lo hubieran estado esperando toda la vida.
—Dígame.
—Quiero pedirte permiso para algo. —Max sostuvo la mirada del niño sin condescendencia, sin voz de bebé, tratándolo como lo que su alma era y no como lo que su cuerpo aparentaba—. Quiero a tu mamá. La quiero muchísimo. Y quiero cuidarlos a los dos, todos los días, no de lejos como antes, sino de cerca. Pero tú eres el hombre de la casa. Así que te lo pregunto a ti primero. ¿Me das permiso de ser el novio de tu mamá?
Estela contuvo la respiración.
Teo lo miró largo rato, con esos ojos demasiado adultos, estudiándolo, como quien revisa por última vez una cuenta que ya sabe que está bien. Y entonces, muy despacio, asintió.
—Sí —dijo el niño, con una gravedad que le puso a Estela la piel de gallina—. Usted sí. —Se inclinó un poco hacia Max, y bajó la voz, muy serio—. Yo lo estaba viendo desde hace mucho, ¿sabe? Desde el charco. Usted es de los buenos. De los que se quedan. —Después, de golpe, volvió a ser un niño de cuatro años y agarró su cuchara—. Pero tiene que cuidarla bien o le va mal conmigo, ¿eh?
Max se rio, esa risa rara y honda que casi nadie le escuchaba.
—Trato hecho, campeón. Con la mano.
Y le tendió la mano al niño, y Teo se la estrechó con toda la seriedad del mundo, sellando un pacto que a Estela le pareció, de pronto, más solemne que cualquier boda. Tuvo que apretar los labios para no deshacerse ahí mismo. Siete años había esperado en vano a que un hombre mirara a su hijo así, como a alguien que importa, como a alguien cuyo permiso se pide. Adrián nunca le había preguntado nada a Teo. Adrián apenas lo miraba. Y este hombre, que no tenía por qué, se había arrodillado en el terreno del niño primero, antes que en el de ella, porque había entendido —sin que nadie se lo dijera— que a Estela no la conquistaba nadie sin conquistar antes a su hijo.
Teo, satisfecho, se recargó en su silla con los bracitos cruzados, como un juez que acaba de dictar una sentencia justa, y le lanzó a su mamá una miradita de reojo que decía, clarísima: "Te lo dije. Este sí."
Después se volvió hacia Estela. Y de la bolsa del saco sacó una caja. Chica. De terciopelo azul, como la de los aretes. Estela sintió que el corazón se le subía a la garganta.
—Max —dijo, alarmada—. Si esto es lo que…
—No es eso —la calmó él, con una sonrisa—. Todavía no. No te asustes. Para eso falta, y cuando llegue, va a ser distinto. —Abrió la caja—. Esto es otra cosa.
Adentro no había un anillo de compromiso, ni diamantes, ni nada aparatoso. Había dos aros de plata, sencillos, iguales, uno más grande y uno más chico, con una línea fina grabada por dentro que ella no alcanzó a leer.
—Anillos de novios —dijo Max—. Uno para ti, uno para mí. Para que el mundo sepa, y para que tú sepas, que ya no ando buscando a nadie. Que se acabó la búsqueda. —Tomó el más chico entre los dedos—. No es caro. A propósito. Los caros ya te los doy después. Este es de plata porque quería uno sencillo, de todos los días, de los que no te quitas ni para lavar los trastes.
Estela se rio, con los ojos húmedos.
—Es perfecto.
—Hay algo más. —Max metió la mano en la bolsa y, uno tras otro, fue sacando otros estuchitos. Tres. Cuatro. Cinco—. Mandé hacer varios.
—¿Varios? —Estela lo miró sin entender—. ¿Por qué varios?
Max se puso, por única vez en la noche, un poco rojo. Bajó la vista a los estuches, y cuando contestó lo hizo con una honestidad tan desarmada que a ella se le partió algo por dentro.
—Porque me da pánico perderlo —dijo—. El tuyo. El que te vas a poner. Pensé… se te puede caer lavando los trastes, se te puede ir por la coladera, lo puedes perder en un viaje. Y no soportaría que anduvieras un solo día sin él, ni que te angustiaras por haberlo perdido. —Se encogió de hombros, como pidiendo disculpas por quererla tanto—. Así que mandé hacer de a varios. Iguales. Para que siempre haya otro. Para que nunca, nunca, tengas que estar sin uno.
Estela se quedó mirándolo, con los cinco estuchitos abiertos sobre el mantel, cada uno con su aro de plata idéntico, y entendió que ese montón absurdo de anillos repetidos era la declaración de amor más grande que le habían hecho en la vida. Un hombre tan aterrado de perderla, después de quince años de tenerla lejos, que había mandado hacer copias de un anillo por si acaso.
—Estás loco —murmuró, y era lo más tierno que le había dicho a nadie.
—Por ti —dijo él—. Desde los diecisiete.
Estela tomó aire. Y por una vez en su vida no esperó a que el hombre diera el paso. Tomó ella el anillo más chico de su estuche, le tomó a él la mano izquierda, y dijo lo que llevaba semanas sintiendo y no se había atrevido a nombrar:
—Quiero intentarlo contigo, Max. De verdad. No de a poquito. Contigo. —Le sostuvo la mirada, firme, entera, eligiendo con cada hueso—. Ya no tengo miedo de lo que siento. Sé que es mío. Sé que eres tú.
Y le puso el anillo, ella a él, en el dedo, del revés de como manda la costumbre, la mujer al hombre, porque así lo había decidido.
Max cerró la mano sobre la de ella y la apretó, y por un segundo ese hombre de piedra tuvo los ojos brillantes.
—Ahora tú —dijo, ronco.
Tomó el otro aro, el de ella, el que había mandado copiar cinco veces por miedo a perderla. Le levantó la mano derecha —la del brazo de la cicatriz, la más cercana a él—, y le deslizó el anillo despacio en el dedo.
Y en ese instante, justo en ese instante, cuando el metal frío le rozó la piel y el aro quedó en su lugar, a Estela le cruzó el brazo derecho una punzada.
No fuerte. No como un dolor de verdad. Más bien como un tirón viejo, un latido sordo saliendo de la cicatriz misma, de esa marca antigua del accidente que ella creía dormida hacía años. Un pinchazo profundo, como si algo debajo de la piel se hubiera apretado un segundo, y se hubiera vuelto a soltar.
Estela contuvo el aire y se llevó la otra mano al antebrazo, por reflejo.
—¿Qué pasó? —Max se alarmó al instante—. ¿Te lastimé?
—No. —Estela se quedó mirando su brazo, el anillo nuevo brillando en el dedo, la cicatriz vieja debajo, latiendo apenas—. No es nada. Me… me dio una punzada en la cicatriz. Ya se pasó. —Forzó una sonrisa—. Ha de ser el clima.
Se lo guardó para ella. No iba a arruinar la noche más feliz que había tenido en años por un tirón en una cicatriz vieja. Se puso el anillo derecho, bien derecho, brindó con agua con su hombre y con su hijo bajo los foquitos, y se rio, y fue, de verdad, dichosa.
Pero mientras Max le besaba la mano y Teo aplaudía y los foquitos brillaban sobre la mesa como en un patio de hacía quince años, Estela seguía con una parte de la cabeza en esa punzada rara, la que le había subido por el brazo en el segundo exacto en que aceptaba, por fin, ser feliz. Como si algo, en algún lugar que ella no alcanzaba a ver, no estuviera de acuerdo. Como si el brazo se acordara de algo que ella no. Se apretó la cicatriz por debajo de la mesa, disimulada, y se obligó a soltarla. Ya se había pasado. Seguramente no era nada.
Seguramente.