El vestido de novia caía perfecto sobre el cuerpo de Isabella Parker. La seda blanca abrazaba su figura con elegancia, y frente al espejo, sus ojos verdes brillaban llenos de ilusión.
—Hoy me caso… —susurró, sin poder creerlo.
Todo estaba listo. La iglesia, los invitados… Adrian Collins esperándola al final del altar. O al menos eso creía.
Muy lejos de ahí, Adrian no estaba en la iglesia.
Estaba en un estacionamiento, con el mismo traje de novio… pero con la decisión más fría en su mirada.
—No puedes hacer esto —le dijo Ethan, su mejor amigo.
Adrian no dudó.
—Ya no la amo.
El silencio fue brutal.
—Estoy enamorado de otra persona.
Ethan entendió todo sin necesidad de más palabras.
—La vas a destruir.
Adrian no respondió. Solo sacó un sobre.
—Entrégaselo.
Y se fue.
Se fue de su propia boda.
De la mujer que lo esperaba vestida de blanco.
De una vida que prometió… y que decidió romper.
Horas después, Isabella sostendría esa carta frente a todos.
Y ese día…
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Capítulo 11: El profesor guapo
Capítulo 11
En otro lado de la ciudad, donde el ruido no era de recuerdos rotos sino de páginas pasando y murmullos académicos, existía un ambiente completamente distinto… más ordenado, más controlado… pero no por eso menos cargado de emociones ocultas. Los pasillos de la universidad estaban llenos de estudiantes que iban y venían, algunos riendo, otros apresurados, pero todos compartían un mismo tema de conversación cuando se trataba de cierta clase en específico.
El aula 204.
Ahí era donde él enseñaba.
Su nombre era Gabriel Foster.
El sonido de una tiza rozando el pizarrón rompía el silencio del salón mientras su figura se mantenía firme frente a todos. Alto, de porte elegante, con una presencia que no necesitaba imponerse porque simplemente se sentía. Su cabello oscuro caía ligeramente desordenado, dándole un aire despreocupado que contrastaba con la precisión de sus movimientos. Pero eran sus ojos… esos ojos azules intensos… los que realmente atrapaban.
No era una belleza común.
Era de esas que inquietan.
De esas que llaman la atención sin pedir permiso.
—La literatura no se trata solo de palabras bonitas —dijo con voz tranquila, pero firme, mientras dejaba la tiza a un lado—. Se trata de lo que esas palabras esconden… de lo que no se dice directamente.
Caminó lentamente entre los pupitres, con las manos en los bolsillos, observando a cada estudiante como si pudiera leerlos también a ellos.
El aula estaba completamente en silencio.
Atentos… o tal vez hipnotizados.
Algunas alumnas lo seguían con la mirada sin disimulo. Otras fingían escribir, pero levantaban la vista cada pocos segundos. Era imposible no hacerlo.
Gabriel Evans no solo era el profesor más joven de la facultad… también era el más comentado.
Y no precisamente por su método de enseñanza.
—Cuando un autor escribe sobre amor… —continuó, deteniéndose junto a una de las filas—. No siempre está hablando de algo bonito.
Levantó la mirada, recorriendo el salón.
—A veces habla de pérdida… de traición… de lo que queda cuando todo termina.
Una leve tensión se sintió en el ambiente.
—Porque el amor mal vivido… deja marcas —añadió.
Una estudiante en la primera fila levantó la mano, visiblemente nerviosa.
—Profesor… —dijo, jugando con su bolígrafo—. ¿Usted cree que alguien puede dejar de amar de verdad?
El tiempo pareció detenerse por un segundo.
Gabriel no respondió de inmediato.
Su mirada se quedó fija en algún punto, como si aquella pregunta hubiera tocado algo más profundo de lo que debía. Sus labios se apretaron apenas… un gesto mínimo, pero revelador.
Finalmente, la miró.
—No —respondió, con una calma que no era del todo tranquila—. Cuando amas de verdad… no dejas de sentir. Solo… aprendes a cargar con eso.
El silencio fue absoluto.
Nadie se movió.
Nadie habló.
Porque esa respuesta… no sonaba a teoría.
Sonaba a verdad.
Gabriel desvió la mirada y retomó su postura habitual, como si nada hubiera pasado.
—Sigan leyendo —ordenó con serenidad.
Las hojas comenzaron a moverse nuevamente, pero el ambiente ya no era el mismo.
Había algo en él que no encajaba del todo con su perfección.
Algo que lo hacía… real.
Y al mismo tiempo… inalcanzable.
Minutos después, la clase terminó. Los estudiantes comenzaron a salir lentamente, pero no sin antes mirar una última vez hacia él. Algunas chicas susurraban entre ellas, otras suspiraban, otras simplemente sonreían.
—Es demasiado serio…
—Pero es tan guapo…
—Nunca mira a nadie…
—Eso lo hace más interesante…
Los comentarios se perdían en el aire mientras Gabriel recogía sus cosas sin prestar atención. Guardó el libro, tomó su saco y salió del aula con la misma tranquilidad con la que había entrado.
El pasillo estaba lleno, pero a su alrededor parecía abrirse un espacio natural. No por miedo… sino por respeto.
O tal vez por algo más.
Caminó sin prisa, con la mirada al frente, sin detenerse en nadie. Su expresión era serena, pero distante… como si siempre estuviera en otro lugar.
Como si su mente nunca estuviera completamente presente.
Al llegar al estacionamiento, sacó las llaves de su auto y se detuvo un momento antes de abrir la puerta. Su mirada se perdió en el vacío, y por primera vez en todo el día… su expresión cambió.
Solo un poco.
Lo suficiente para notar que esa calma… no era real.
Que había algo que lo perseguía.
Algo que no había superado.
Algo que, de alguna forma… seguía vivo dentro de él.
Entró al auto y cerró la puerta con suavidad.
El silencio lo envolvió.
Y en ese instante… sin distracciones, sin máscaras…
sus ojos ya no parecían tan tranquilos.
Porque Gabriel Foster no solo era un profesor respetado.
Era un hombre que también cargaba con su propia historia.
Una que aún no había terminado.
Y que, sin saberlo… estaba a punto de cruzarse con alguien que cambiaría todo.
En otro lado del mundo: "Canadá"
El salón de conferencias estaba lleno, completamente iluminado por grandes lámparas de cristal que reflejaban el lujo y el poder de la empresa. Las paredes de vidrio dejaban ver la ciudad extendiéndose a lo lejos, como si todo ese mundo también formara parte de aquel momento. Ejecutivos de alto rango, inversionistas importantes y empleados clave ocupaban cada asiento, conversando en voz baja mientras esperaban que todo comenzara oficialmente.
En el centro de la sala, con una presencia impecable, se encontraba Adrian. Vestía aquel traje azul de seda que Scarlett había elegido especialmente para él. Le quedaba perfecto, como si hubiera sido hecho a medida para encajar no solo en su cuerpo… sino en la imagen que ahora debía representar. Su cabello castaño estaba perfectamente acomodado, su mirada firme, su postura segura. A simple vista… parecía un hombre que lo tenía todo bajo control.
Pero por dentro… la historia era distinta.
Frente a él, una larga mesa de madera pulida sostenía varios documentos importantes que marcarían el inicio formal de su integración en la empresa. Papeles que no solo hablaban de trabajo… sino de compromisos más profundos.
—Es un honor formar parte de esta compañía —comenzó Adrian, tomando el micrófono con elegancia, dejando que su voz grave y segura se expandiera por todo el salón—. No solo representa crecimiento… sino una visión que trasciende generaciones.
Los murmullos cesaron.
Todas las miradas estaban sobre él.
—Desde el primer momento entendí que aquí no se trata solo de números —continuó, caminando lentamente mientras hablaba—, sino de construir algo que permanezca… algo que deje huella.
Algunos inversionistas intercambiaron miradas aprobatorias. Otros asentían con leve admiración.
Adrian sabía hablar.
Sabía exactamente qué decir.
—Daré lo mejor de mí para estar a la altura de esta empresa —añadió, deteniéndose finalmente frente a la mesa—. Y trabajaré con compromiso para honrar la confianza que han depositado en mí.
El aplauso no tardó en llenar el lugar.
Fuerte. Convincente.
Perfecto.
Adrian inclinó ligeramente la cabeza en señal de agradecimiento, ocultando tras esa sonrisa pulida todo lo que no podía mostrar. Luego tomó la pluma que reposaba sobre los documentos y comenzó a firmar.
Su nombre se deslizó sobre cada hoja con una precisión casi mecánica.
Adrian Collins.
Una y otra vez.
Cada firma era un paso más dentro de un camino que ya parecía trazado.
Cada trazo… una decisión que lo ataba más.
Cuando terminó, dejó la pluma en su lugar con calma, como si nada pesara sobre sus hombros.
Pero sí lo hacía.
Y mucho.
Desde un costado, el padre de Scarlett lo observaba con detenimiento. Su expresión, que meses atrás estaba cargada de desconfianza, ahora reflejaba algo muy distinto… aprobación.
Orgullo.
El hombre se acercó con paso firme, abriéndose camino entre los presentes, hasta quedar justo a su lado. Sin decir nada al principio, colocó una mano pesada sobre el hombro de Adrian.
Un gesto que no era solo cercano… era posesivo.
—Buen discurso —dijo finalmente, con voz grave y autoritaria—. Estoy orgulloso de ti.
Adrian giró ligeramente el rostro hacia él, sorprendido por esas palabras que no esperaba escuchar.
—Gracias, señor —respondió con respeto, manteniendo la compostura.
El hombre soltó una leve risa, como si recordara algo.
—¿Sabes? —continuó—. Al principio pensaba que eras un bueno para nada… otro chico más que se acercaba a mi hija por interés.
Las palabras eran duras, pero su tono ya no tenía desprecio.
Adrian sostuvo su mirada sin reaccionar demasiado.
—Pero me equivoqué —añadió el hombre, mirándolo fijamente—. Has demostrado que tienes cabeza… y carácter.
Un pequeño silencio se instaló entre ambos.
—Ahora mi concepto de ti cambió —concluyó.
Adrian asintió levemente.
—Agradezco que lo vea así.
El hombre cruzó las manos detrás de la espalda y comenzó a caminar lentamente a su alrededor, analizándolo como si aún estuviera midiendo cada una de sus piezas.
—Dime algo, Adrian… —dijo de pronto, deteniéndose frente a él—. ¿Para cuándo el matrimonio con mi hija?
La pregunta cayó como un golpe directo.
Adrian no respondió.
No de inmediato.
—Ya llevan un año juntos —continuó el hombre, con total naturalidad—. Es más que suficiente tiempo.
Adrian tragó saliva casi imperceptiblemente.
—Me imagino que el próximo año ya tendré nietos —añadió, con una leve sonrisa que, lejos de ser tierna, sonaba más a expectativa que a deseo.
Esa frase lo tomó completamente desprevenido.
Por un segundo… su mente se quedó en blanco.
Nietos.
Familia.
Futuro.
Palabras que no encajaban con lo que realmente sentía.
—Yo… —intentó hablar, pero las palabras no salieron con la misma facilidad que en su discurso.
El hombre lo observó con atención, notando ese pequeño quiebre.
—No estaría mal —continuó, bajando ligeramente la voz— que mi yerno… el futuro esposo de mi hija… tome mi lugar cuando yo ya no esté.
El ambiente cambió.
Ya no era una conversación casual.
Era una propuesta.
No… una condición.
—Sobre eso… todavía… —empezó Adrian, esta vez con más cautela.
Pero no pudo terminar.
—Adrian Collins —lo interrumpió el hombre, acercándose un poco más, reduciendo la distancia entre ambos—. Eres un chico inteligente.
Sus ojos se clavaron en los de él, sin dejar espacio para evasivas.
—Y sabes perfectamente lo que te conviene.
El silencio entre ellos se volvió pesado.
Denso.
—No todos tienen la oportunidad que tienes tú ahora —añadió—. Poder… estabilidad… un apellido fuerte… un futuro asegurado.
Cada palabra caía con intención.
—Tú sabes qué decisión tomar… ¿no?
No era una pregunta.
Era una presión directa, envuelta en aparente confianza.
Adrian sostuvo su mirada, sintiendo cómo todo a su alrededor se desdibujaba por un instante. Los aplausos, las luces, las voces… todo quedó en segundo plano.
En su mente, algo más se hacía presente.
Un recuerdo.
Una voz.
Un pasado que no terminaba de desaparecer.
Pero frente a él… estaba el presente.
Un presente que le ofrecía todo.
Todo… excepto paz.
Sus dedos se tensaron levemente, pero su expresión no cambió.
Porque Adrian sabía hacer eso.
Sabía fingir.
Sabía sostener una máscara incluso cuando por dentro algo no encajaba.
Y entonces…
sonrió.
Una sonrisa perfecta.
Ensayada.
Convincente.
—Por supuesto —respondió finalmente, con una seguridad que no nacía del corazón—. Sé exactamente lo que debo hacer.
El hombre asintió, satisfecho.
—Eso esperaba escuchar.
Le dio una palmada en el hombro y se alejó, dejando atrás una decisión que ya parecía tomada… aunque dentro de Adrian, la historia estaba lejos de terminar.
Porque a veces…
elegir lo que conviene…
es el inicio de perderlo todo.
^^^Continuará...^^^
excelente capitulo gracias, vamos x mas