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Cien Años Para Encontrarte

Cien Años Para Encontrarte

Status: En proceso
Genre:Maldición / Amor eterno / Reencuentro
Popularitas:829
Nilai: 5
nombre de autor: (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。

Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.

NovelToon tiene autorización de (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Hilos Invisibles

Mientras tanto en las afueras de la ciudad, en la mansión Huxley los preparativos para la exclusiva fiesta de compromiso de Charlotte y Beltrán estaban en su máximo apogeo. El trajín de los organizadores del evento, el desfile de arreglos florales de invernadero y las exigencias del servicio de banquetes mantenían la propiedad en un estado de sutil caos, preparando el escenario para la reservada velada del fin de semana.

En su despacho, ajeno al movimiento del servicio, Gideon se encontraba de pie frente al ventanal. Entre sus dedos largos, manipulaba con lentitud casi ritual la cinta métrica de tela de Elara.

Sus intensos ojos azules recorrían una y otra vez la pequeña inscripción metálica.

Entrada la noche, mientras el murmullo de las copas de cristal y las conversaciones refinadas llenaban el gran salón de la mansión, Gideon aguardó pacientemente en el descanso superior. Cuando los novios hicieron su entrada oficial y capturaron la atención de todos, recién entonces, comenzó a bajar las escaleras de la propiedad.

Aunque quiso pasar desapercibido, su aparición fue magnética.Todos miraban curiosamente al misterioso Huxley. Portaba una elegancia fría, pulcra y absolutamente atemporal, vistiendo un traje de sastre negro que parecía diseñado en otra época pero que se ajustaba a su figura con una perfección impecable. Gideon arrastraba consigo un aura de misterio tan densa y un semblante tan serio y reservado que, con una sola mirada de sus intensos ojos, impuso una distancia insalvable en el lugar; una advertencia silenciosa que obligaba a los pocos y selectos invitados a contener el aliento y a no atreverse, bajo ninguna circunstancia, a dirigirse hacia él o a irrumpir en su espacio personal. Era un rey en su propio mausoleo, presente entre los vivos, pero completamente inalcanzable.

Charlotte no tenía la certeza absoluta de si Gideon realmente cumpliría su palabra de bajar a la recepción, conociendo lo mucho que detestaba las reuniones sociales y el esfuerzo que le costaba exponerse al ojo público. Por eso, al divisar su imponente y elegante silueta descendiendo los últimos peldaños de la majestuosa escalera, no pudo evitar que la emoción le inunde el pecho.

Acompañada de Beltrán, se abrió paso entre los invitados de inmediato y se acercó a él con los ojos brillantes de gratitud.

—Gracias, abu... hermano. Gracias de verdad por estar aquí esta noche. Sé perfectamente que para ti esto representa un...

—Está bien, Charlie, no necesitas decir nada más —la interrumpió Gideon con suavidad, matizando la frialdad de su semblante con una sonrisa casi imperceptible que reservaba únicamente para ella—. ¿Cómo iba a perderme una noche tan importante para ti? Estoy aquí, por supuesto.

Beltrán asintió con un gesto de profundo respeto hacia su jefe, aliviado de ver que el inmortal mantenía la compostura a pesar del agotamiento que arrastraba por las pesadillas. Charlotte, conmovida, entrelazó su brazo con el de su prometido, sintiéndose la mujer más afortunada del mundo al tener a las dos personas que más amaba unidas en su fiesta de compromiso.

La velada transcurrió con absoluta normalidad. Gideon se retiró discretamente apenas una hora después de su llegada, pero Charlotte no se enfadó en lo más mínimo; para ella ya había sido un milagro y un obsequio suficiente haberlo visto allí, compartiendo su felicidad.

Ya en la profunda oscuridad de su habitación, Gideon contemplaba la luna desde el balcón. El viento frío de la noche golpeaba su rostro inmóvil, mientras el eco lejano de la música y el murmullo de la fiesta apenas se escuchaban como un eco difuso desde el gran jardín de la mansión.

Gideon metió la mano en el bolsillo de su pantalón de sastre y extrajo la cinta métrica de Elara. Bajo la intensa luz plateada de la luna, sus ojos azules se clavaron en la pequeña chapita de metal grabada.

—¿Quién eres...? ¿Por qué te pareces tanto a ella...? —preguntó a la nada, con la voz apagada por el viento de la noche.

Sabía perfectamente que Elara no era Zahli, sin embargo, la razón se le escapaba de las manos. Le intrigaba profundamente esa modista, pero también, de manera inevitable, el recuerdo del medallón de oro asaltó su mente. Aquella reliquia que lo había acompañado por siglos como el recordatorio físico de su condena se había esfumado de la vitrina. Necesitaba descubrir quién era verdaderamente Elara, pero también necesitaba saber urgentemente quién se había llevado el medallón y qué hilos invisibles se estaban moviendo a su alrededor en la ciudad.

             

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El fin de semana pasó, desgraciadamente, como una ráfaga para Elara. El lunes por la mañana, los nervios la invadieron por completo al recordar que se vería obligada a llamar a la joyería para preguntar por su cinta métrica olvidada. Por si fuera poco, apenas se había instalado en su mesa de trabajo, Diora apareció buscándola por el pasillo, ansiosa por saber si había hecho un buen trabajo el viernes por la tarde.

—Elara... —comenzó a decir la jefa con voz entusiasmada, pero su tono quedó drásticamente apocado por la repentina interrupción de Sophie, su asistente, quien se apresuró a entrar al cubículo.

—Señora Diora, disculpe, tiene una llamada en la línea principal. Es del señor Huxley.

Elara se tensó por completo en su asiento, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. Mila, captando la gravedad de la situación en el acto, dio un paso al frente y se interpuso sutilmente para cubrir a su amiga, evitando que Diora notara el repentino palidecimiento y los nervios de Elara.

En cuanto Diora se retiró apresurada hacia su oficina para atender el teléfono, Elara se tomó el rostro con ambas manos, apoyando los codos sobre el escritorio en un gesto de absoluta desesperación.

—Por Dios... Estaré despedida si ese hombre presenta una queja formal por haberme ido así —susurró Elara con un hilo de voz.

—Cálmate, Eli. La señora Diora sabe perfectamente que eres imprescindible en este taller. Además, tienes una cartera de clientes tan fieles que te seguirían a donde fuera que decidieras irte —la consoló Mila en voz baja, dándole un apretón reconfortante en el hombro.

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