Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
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Capítulo 14
# Capítulo 14: Demasiada crema
Alegra tenía una teoría sobre Alejandro Montero y la comida.
La teoría era la siguiente: el hombre no comía. No en el sentido humano de la palabra. Lo que hacía era ingerir nutrientes con la misma pasión que un robot procesa datos. Proteínas, verduras, cero carbohidratos extra. Todo medido, todo calculado, todo entregado por el restaurante de abajo en un contenedor que parecía diseñado por un ingeniero alemán.
Nunca variaba. Nunca pedía algo diferente. Nunca, en las seis semanas que Alegra llevaba observándolo a través del cristal, lo había visto disfrutar lo que comía.
Come para funcionar, no para vivir, pensó Alegra un lunes, mientras lo veía abrir su contenedor de pollo a la plancha con brócoli y arroz integral con la misma emoción con que abriría un sobre de impuestos. ¿Este hombre nunca ha comido unos tacos al pastor a las dos de la mañana? ¿Nunca ha mordido un elote con los ojos cerrados? ¿Nunca ha chupado un mango con chile en la banqueta?
La respuesta, casi con certeza, era no.
Y eso le parecía una tragedia.
El martes, Alegra llegó a la oficina con un tupper.
No era un tupper cualquiera. Era EL tupper: de plástico azul, con la tapa medio vencida y una calcomanía de Hello Kitty que Lía le había pegado cuando tenían quince años y que ya era parte integral de la estructura. Dentro había chilaquiles verdes con pollo, bañados en crema, con queso fresco desmoronado encima y una rodaja de aguacate que Tía Carmen habría aprobado.
Eran los chilaquiles del domingo. Los había hecho la noche anterior con la receta de su abuela —la mamá de su mamá, la única persona de su familia de sangre que la había querido sin condiciones y que se había muerto cuando Alegra tenía once años—. Salsa verde de tomatillo, totopos caseros, pollo desmenuzado y una cantidad de crema que su abuela habría descrito como "la necesaria" y que el resto del mundo describiría como "excesiva."
Había hecho de más. No por accidente.
A las dos de la tarde, mientras Alejandro abría su contenedor de proteínas sin alma, Alegra tomó el tupper, caminó hasta la puerta de cristal y tocó.
—Adelante.
Entró. Él estaba en su escritorio, con el tenedor en una mano y el teléfono en la otra, leyendo algo en la pantalla.
—Señor Montero, le traje algo.
Levantó la vista. Vio el tupper. Vio la calcomanía de Hello Kitty.
—¿Qué es eso?
—Chilaquiles. Me sobraron de ayer. —Lo dejó en la esquina del escritorio, al lado de su contenedor de pollo—. Por si quiere probar algo diferente.
Alejandro miró el tupper. Luego la miró a ella. Su expresión no cambió —nunca cambiaba—, pero algo en la forma en que sostuvo la mirada un segundo más de lo habitual le dijo a Alegra que la había sorprendido.
—Está bien —dijo. Que, en el idioma de Alejandro Montero, podía significar desde "de acuerdo" hasta "me has conmovido profundamente pero antes muerto que admitirlo."
Alegra asintió. Salió de la oficina. Se sentó en su escritorio.
Y esperó.
No miró. Hizo un esfuerzo sobrehumano por no mirar a través del cristal mientras él comía. Abrió correos. Revisó la agenda del miércoles. Respondió una llamada de Sofía que no requería respuesta pero que contestó de todos modos porque necesitaba algo que la distrajera de la pregunta que le palpitaba en las sienes:
¿Se los está comiendo? ¿Le gustaron? ¿Los probó siquiera?
A las tres de la tarde, cuando Alejandro salió para una reunión, Alegra entró a recoger su taza de café. El contenedor de pollo a la plancha estaba intacto. El tupper de Hello Kitty estaba vacío.
Se los comió. Se comió mis chilaquiles. Se comió TODOS mis chilaquiles.
La sonrisa que le cruzó la cara habría iluminado el piso dieciocho entero.
Lavó el tupper en el baño —no iba a llevar a lavar un tupper de Hello Kitty al comedor ejecutivo, eso ya era demasiado— y lo guardó en su cajón.
Al día siguiente, el tupper apareció en su escritorio.
No estaba donde ella lo había dejado, en su cajón. Estaba sobre el escritorio, al lado de su teclado, limpio, seco, con la tapa perfectamente cerrada. Alguien lo había sacado de su cajón, lo había lavado (mejor de lo que ella lo había lavado, porque el tupper brillaba como si fuera nuevo), y lo había devuelto.
Y dentro del tupper, doblada con una precisión que solo una persona en el mundo practicaba, había una nota.
Alegra la sacó. La desdobló.
Caligrafía negra. Trazos perfectos. Cada letra como si hubiera sido dibujada, no escrita:
"Demasiada crema."
Dos palabras.
Alegra se quedó mirando la nota con la boca abierta. Luego se rio. Se rio en serio, con una risa que le sacudió los hombros y que le ganó una mirada curiosa de Sofía, que pasaba por el pasillo.
—¿Qué te pasa? —preguntó Sofía.
—Nada. —Alegra se guardó la nota en el bolsillo—. Cosas de trabajo.
—Tienes una cara muy rara para que sea cosas de trabajo.
Sofía se fue, sospechando correctamente que no eran cosas de trabajo.
Alegra releyó la nota.
"Demasiada crema."
No dice que estaban malos. No dice que no le gustaron. Se los comió TODOS y lo único que tiene que decir es que había demasiada crema. El señor calculador tiene opiniones sobre los chilaquiles. El señor témpano de hielo, el hombre que come pollo a la plancha con la emoción de un contador fiscal, tiene una opinión específica sobre la cantidad de crema en unos chilaquiles hechos en casa.
Es lo más humano que le he visto hacer.
Lo que siguió fue una guerra silenciosa de tuppers.
El jueves, Alegra le dejó enchiladas de mole con arroz. Al día siguiente, el tupper regresó con una nota: "Menos picante."
El lunes de la semana siguiente, tinga de pollo con tostadas. Nota: "Bien."
El miércoles, sopes de frijol con queso. Nota: "El queso estaba bueno."
El viernes, pozole rojo que le había enseñado a hacer Tía Carmen. Nota: no hubo nota. Pero el tupper regresó tan limpio que parecía nuevo, y cuando Alegra lo abrió, dentro había algo que no era una nota.
Era un post-it amarillo con esa caligrafía imposible:
"¿Mañana hay?"
Alegra se quedó mirando el post-it con una emoción que no cabía en su pecho. Tres palabras. Una pregunta. La primera vez que Alejandro Montero le pedía algo que no era profesional, que no estaba en la agenda, que no podía justificarse con un memorándum de recursos humanos.
Le estaba pidiendo que le cocinara.
Le gustan. Le gustan mis chilaquiles y mi mole y mi tinga y mi pozole. Le gusta lo que cocino. Le gusta comer algo que no viene en un contenedor de restaurante medido al gramo.
Respondió en otro post-it, con su letra redonda y grande que era lo opuesto exacto de la caligrafía de él:
"Mañana hay tamales. Pero le advierto que llevan MUCHA crema."
Lo pegó en el tupper y lo dejó en su cajón.
Al día siguiente, el tupper estaba vacío. Y la nota decía:
"La crema estaba bien."
Alegra guardó el post-it con los demás. Su colección crecía: la servilleta de la primera galleta, el post-it de las galletas de mantequilla, el "Demasiada crema", el "¿Mañana hay?" Ya no cabían en el bolsillo del blazer. Los guardó en un sobre en su cajón, como un archivo de todas las veces que Alejandro Montero había sido humano cuando nadie lo estaba mirando.
El viernes por la tarde, Héctor se asomó a la antesala.
—¿Le estás dando de comer? —dijo, con una mezcla de horror y admiración.
—Le llevo lo que me sobra.
—Alegra Vega, a ti no te sobra nada. Vives en un departamento de treinta metros cuadrados en Iztapalapa. Estás cocinando de más para alimentar a un multimillonario que puede comprarse un restaurante entero.
Alegra se puso roja. —No es así.
—Es exactamente así. Y es lo más tierno que he visto en mi vida. —Héctor se apoyó en el marco de la puerta—. ¿Sabes que no come comida de nadie? ¿Que lleva años comiendo la misma proteína con verdura del mismo restaurante? ¿Que la última vez que alguien le ofreció comida casera fue su madre, y eso fue hace más de diez años?
Alegra no supo qué decir.
—Tú le diste unos chilaquiles en un tupper de Hello Kitty y él se los comió todos y te pidió más. —Héctor negó con la cabeza—. Si esto no es amor, no sé qué es.
—No es amor. Es hambre.
—El hambre también es una forma de amor, niña. Sobre todo cuando llevas años sin permitirte tener hambre de nada.
Se fue silbando. Alegra se quedó en su escritorio, con el tupper vacío en las manos y una sonrisa que ya ni intentaba esconder.
Esa noche, mientras cocinaba el guisado del día siguiente —un mole de olla que requería tres horas de cocción y que llenó su departamento entero de un olor a chile ancho y epazote—, Alegra pensó en las notas.
En la caligrafía perfecta que las escribía.
En las manos que sostenían la pluma.
Las mismas manos que sostenían el pincel. Las mismas que pintaban de noche, durante horas, con esa intensidad que ella había visto a través de puertas entreabiertas. Las mismas manos que se habían cerrado en puños cuando ella le limpió la corbata.
Manos frías. Siempre frías.
¿Por qué siempre tiene las manos frías?
Revolvió el mole. El vapor le subió a la cara, caliente, especiado, vivo.
¿Y por qué cada vez que pienso en sus manos se me olvida la receta?
Sacudió la cabeza. Bajó la llama. Tapó la olla.
Mañana habría mole de olla para dos. Con cilantro fresco. Con limón. Con una cantidad de crema que ella ya sabía era exactamente la correcta.