Durante tres años, Cloe Conti y Mattheo Farina tuvieron una sola regla: nada de besos, nada de sentimientos.
Hasta que una noche la rompieron... Y después, Cloe desapareció.
Cuando finalmente regresa, ya no es la mujer desafiante y despreocupada que Mattheo conocía. Lleva consigo heridas que nadie puede ver y recuerdos que amenazan con destruirla.
Mattheo sabe que no puede borrar lo que le hicieron.
Pero puede quedarse.
Puede protegerla.
Puede recordarle quién era antes de que intentaran arrebatárselo todo.
Lo que ninguno de los dos espera es descubrir que aquello que durante años llamaron deseo quizá siempre fue algo mucho más peligroso.
Porque Mattheo Farina estaría dispuesto a enfrentarse al mundo entero por Cloe.
Y esta vez, su princesa no tendrá que luchar sola.
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La dejé ir
Mattheo
Lo miro.
No entiendo las palabras.
Sé lo que escuché, pero no consigo unirlas y encontrarles un significado.
—¿Qué?
—Fabiano dice que...
—¿Qué significa que desapareció?
—No llegó a casa.
Mi corazón comienza a golpear demasiado rápido.
—Entonces está en otro lado.
—Mattheo...
—Salió tarde. Quizá fue a casa de alguien. Quizá...
Me callo.
Salió tarde de mi habitación.
Siento que el suelo se mueve.
—¿A qué hora? —pregunto.
—¿Qué?
—¿A qué hora desapareció?
Nino me observa confundido.
—No sé.
—Pregúntale.
—Mattheo...
—¡PREGÚNTALE!
Varias personas voltean a mirarnos. Me importa una mierda.
Nino levanta el teléfono.
—Fabiano sigue en línea.
Se me corta la respiración.
Extiendo la mano.
—Dámelo.
Pero Nino no lo hace.
—Antes tienes que escucharme.
—Dame el puto teléfono.
—Mattheo.
Lo empujo contra la pared.
—DÁMELO.
Nino me agarra de los antebrazos.
—¡La secuestraron!
Me quedo inmóvil.
No.
No.
—No.
—Mattheo...
—No.
Retrocedo.
Nino intenta acercarse.
Levanto una mano.
—No.
Tiene que estar equivocado.
Tiene que haber entendido mal.
Cloe no puede estar secuestrada.
Cloe estaba conmigo hace unas horas.
Estaba riéndose.
Burlándose de mí.
Besándome.
Dios… Su boca.
—No —repito.
—Fabiano tiene imágenes.
Levanto los ojos.
—¿Qué imágenes?
Nino mira el teléfono como si quisiera arrojarlo contra una pared.
—Cámaras de seguridad.
Siento náuseas.
—¿Dónde?
—Cerca del hotel.
Todo dentro de mí se congela.
El hotel.
El hotel donde hicimos el amor por primera vez.
—¿Qué...? —Mi voz se rompe. Aclaro mi garganta. Es doloroso—. ¿Qué hotel?
Nino no responde.
No necesita hacerlo.
Lo sabe.
Por mi cara.
Por cómo lo estoy mirando.
—Mattheo —dice lentamente—. ¿Qué está pasando?
No puedo respirar.
Cloe salió de mi habitación. Sola. Porque la dejé ir. Porque fui demasiado cobarde para pedirle que se quedara.
Me llevo una mano al pecho.
No entra aire.
—Mattheo.
—¿A qué hora?
—No sé.
—¿A qué puta hora, Nino?
Mi hermano vuelve a llevarse el teléfono al oído.
—Fabiano. ¿A qué hora?
Silencio.
Nino cierra los ojos.
—Hace aproximadamente nueve horas.
Nueve horas.
Calculo.
No quiero hacerlo.
Mi cerebro lo hace de todas formas.
La hora en que cerró la puerta.
La hora en que debió bajar.
La hora en que yo seguía despierto mirando el techo, preguntándome si debía correr detrás de ella.
Dios.
—No.
Mis piernas dejan de sostenerme.
Nino me agarra antes de que llegue al suelo.
—Mattheo.
—Yo estaba ahí.
—¿Qué?
Me aparto de él.
—Yo estaba ahí.
—¿Dónde?
No consigo mirarlo.
—Con ella.
Silencio.
—¿Qué estás diciendo?
Aprieto los ojos.
La veo.
Con una mano sobre la manilla.
Si me hubieras pedido que me quedara, probablemente habría dicho que sí.
Mierda.
Mierda.
Mierda.
—Estuvo conmigo anoche. —Nino no dice nada—. Salió de mi habitación.
Mi voz apenas existe.
—Mattheo...
—Yo la dejé ir.
—No sabías...
—¡LA DEJÉ IR!
Golpeo la pared.
El dolor atraviesa mis nudillos.
No siento nada.
Vuelvo a golpearla.
Nino me atrapa antes de que pueda hacerlo una tercera vez.
—¡Basta!
—Suéltame.
—No.
—¡Suéltame!
—¡No vas a ayudarla rompiéndote la puta mano!
Cloe.
Su nombre atraviesa mi cabeza.
Cloe.
Cloe.
Cloe.
—Tengo que volver.
—Lo sé.
—Ahora.
—Mattheo...
—AHORA.
Nino asiente.
—Voy a hablar con papá.
Saco mi teléfono del bolsillo.
Lo enciendo.
La pantalla tarda unos segundos. Demasiados. Cuando finalmente prende, aparecen las llamadas perdidas.
Fabiano.
Fabiano.
Fabiano.
Fabiano.
Una detrás de otra.
Miro la hora de la primera.
Poco después de que Cloe salió de mi habitación.
Siento que voy a vomitar.
Fabiano estaba llamándome.
Mientras yo corría al aeropuerto.
Mientras apagaba mi teléfono.
Mientras pensaba que habría otra noche.
Otro hotel.
Otra oportunidad.
Nino toca mi hombro.
—La encontraremos.
No respondo.
Abro los mensajes.
No hay ninguno de ella.
Por supuesto que no.
Nosotros no hacemos eso.
No preguntamos si llegamos bien.
No nos llamamos después.
No decimos buenos días.
Reglas.
Nuestras putas reglas.
Aprieto el teléfono hasta que los dedos me duelen.
—¿Quién fue? —pregunto.
Nino permanece en silencio.
Levanto la mirada.
—¿Quién se la llevó?
—Fabiano todavía no lo sabe con certeza.
—Entonces que lo averigüe.
Mi hermano me estudia.
—Lo está haciendo.
—Dile que mueva a todo el mundo.
—Mattheo...
—Contacta a nuestros hombres en Italia. Puertos, aeropuertos, carreteras. Quiero las cámaras de cada puta salida de la ciudad. Habla con papá. Que La Cosa Nostra ponga a disposición todos los recursos que tiene.
—Lo haré.
—Y consigue el avión.
Nino asiente.
Da dos pasos y lo detengo.
—Nino.
Se gira.
—Que mamá no se entere todavía.
Su expresión se suaviza.
—Mattheo...
Miro hacia la puerta donde está mi familia.
Mi nono acaba de darnos un susto de muerte.
Mi madre lleva horas llorando.
Y al otro lado del océano, Cloe... No.
No voy a completar ese pensamiento.
—Solo consigue el avión.
—Bien.
Nino se aleja.
Me quedo solo en medio del pasillo.
Miro nuevamente las llamadas perdidas.
Después abro nuestra conversación.
El último mensaje tiene casi dos meses.
Una dirección.
Nada más.
Eso somos.
Direcciones.
Hoteles.
Horarios.
Ni una puta frase que diga avísame cuando llegues.
Ni una que diga te extraño.
Ni una que diga quédate.
Apoyo la espalda contra la pared.
Cierro los ojos.
Y escucho su voz con una claridad insoportable.
Si me hubieras pedido que me quedara, probablemente habría dicho que sí.
Aprieto los dientes.
No.
No voy a pensar así.
La vamos a encontrar.
Y cuando la encuentre... Cuando vuelva a tenerla frente a mí... Esta vez voy a decirlo.
Todo.