Dos vidas entrelazadas por las costuras del destino.
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Capítulo 4
Marel permaneció inmóvil durante varios segundos.
Las lágrimas seguían deslizándose por sus mejillas.
Pero el dolor había sido tan fuerte que incluso llorar comenzaba a parecer insuficiente.
Frente a ella estaba el hombre al que amaba.
El hombre con quien había imaginado una vida.
Rainer dio un paso hacia ella.
—Marel...
Ella retrocedió inmediatamente.
Como si su cercanía quemara.
Como si tocarlo fuera demasiado doloroso.
—No.
Su voz salió quebrada.
Rota.
—Marel, por favor...
—No.
Las lágrimas continuaron cayendo.
—No me toques.
Aquellas palabras golpearon a Rainer con fuerza.
Porque sabía que se las había ganado.
Porque era él quien había provocado aquel dolor.
Porque era él quien acababa de romper el corazón de la mujer que más amaba.
—Déjame explicarte...
—¿Explicarme qué?
Marel soltó una risa amarga.
Dolorosa.
¿Que todo este tiempo fue una mentira?
Rainer sintió cómo cada palabra se clavaba en su pecho.
—No digas eso.
—¿Entonces qué debo decir?
Su voz se quebró nuevamente.
—Porque no entiendo nada.
Todo estaba bien.
Y ahora vienes a decirme que todo terminó.
Rainer bajó la mirada.
Incapaz de soportar verla así.
Incapaz de soportar saber que él era el responsable.
—Lo siento.
Aquello solo empeoró las cosas.
—No quiero tus disculpas.
El silencio cayó entre ambos.
Marel se secó las lágrimas con rabia.
Y cuando volvió a mirarlo, algo había cambiado en sus ojos.
Ya no había esperanza.
Solo dolor.
—Vete.
Rainer sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—Marel...
—Vete.
Aquella vez sonó más firme.
Más fría.
—Por favor.
Durante unos segundos permanecieron observándose.
Ninguno quería despedirse.
Ninguno quería aquel final.
Pero allí estaban.
Separados por una decisión que ninguno podía deshacer.
Rainer dio un paso hacia ella.
Instintivamente.
Como si quisiera abrazarla una última vez.
Como si quisiera memorizarla.
Como si quisiera aferrarse a ella antes de perderla para siempre.
Pero se detuvo.
Porque había visto el miedo.
La decepción.
La devastación en sus ojos.
Y comprendió que ya no tenía derecho a acercarse.
No después de lo que acababa de hacer.
No después de haber destruido la relación que habían construido juntos.
Entonces dio media vuelta.
Y caminó hacia la puerta.
Cada paso le costaba respirar.
Cada segundo era una tortura.
Cuando abrió la puerta, una parte de él esperaba escuchar su voz.
La puerta se cerró detrás de él.
La noche lo recibió con una brisa suave.
Pero él apenas la sintió.
Caminó sin rumbo por la acera.
Con las manos cerradas en puños.
Con el pecho ardiendo.
Con el corazón hecho pedazos.
Entonces sacó del bolsillo la pequeña caja de terciopelo negro.
La observó durante varios segundos.
Aquella noche debía haberle pedido matrimonio.
Aquella noche debía haber sido la más feliz de sus vidas.
Aquella noche debía haber comenzado su futuro juntos.
Y, sin embargo, él mismo había destruido todo.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Marel permaneció inmóvil.
Rainer había salido de su vida.
Las fuerzas abandonaron su cuerpo.
Sus piernas cedieron y terminó sentándose en el sofá.
Las lágrimas continuaban cayendo sin control.
Lentamente llevó ambas manos a su vientre.
Todavía no había ningún cambio visible.
Había querido compartir aquella noticia con él.
Su reacción.
Marel cerró los ojos.
Más lágrimas recorrieron sus mejillas.
—Te prometo que por ti saldré adelante.
Su voz apenas fue un susurro.
—Te prometo que no te faltará nada.
Acarició suavemente su vientre.
Como si pudiera proteger a aquel pequeño ser del dolor que estaba sintiendo.
—Voy a trabajar.
Voy a luchar.
Voy a convertirme en la mejor diseñadora que pueda ser.
Las lágrimas siguieron cayendo.
—Y voy a darte todo lo que necesites.
Su respiración se quebró.
—Aunque tenga que hacerlo sola.
Aquellas palabras terminaron de romperla.
Porque hasta ese momento no había querido aceptarlo.
No había querido pensar en ello.
Pero la realidad era innegable.
Estaba sola.
Completamente sola.
El hombre al que amaba se había marchado sin saber que iba a ser padre.
Y ella ya no estaba segura de querer que lo supiera.
Se abrazó a sí misma mientras el llanto volvía a apoderarse de ella.
Minutos después escuchó la puerta principal abrirse.
Las voces de Yelena y Zaira llegaron desde el recibidor.
Ambas hablaban animadamente sobre el pastel.
Pero las palabras murieron en cuanto entraron a la sala.
Porque encontraron a Marel llorando.
Destrozada.
Con las manos sobre el vientre.
Y el corazón hecho pedazos.
—¿Marel? —susurró Yelena.
Zaira dejó caer las bolsas del supermercado.
—¿Qué pasó?
Marel levantó la mirada.
Y al ver a las dos mujeres que siempre habían estado a su lado, terminó derrumbándose por completo.
—Se fue.
Su voz se quebró.
—Rainer me dejó.
El silencio que siguió fue tan doloroso como la propia noticia.
Yelena y Zaira permanecieron inmóviles durante unos segundos.
Ninguna parecía capaz de procesar lo que acababa de escuchar.
Marel seguía llorando.
Las manos temblorosas descansaban sobre su vientre mientras intentaba recuperar el aliento.
Finalmente levantó la mirada hacia ellas.
—Y... estoy esperando un hijo.
La confesión cayó como un rayo en medio de la habitación.
Los ojos de Yelena se abrieron por la sorpresa.
Zaira llevó una mano a sus labios.
—¿Qué...? —susurró.
Marel asintió entre lágrimas.
—Lo descubrí esta mañana.
Quería decírselo hoy.
Quería que fuera el primero en saberlo.
Su voz se quebró de nuevo.
—Y ahora ya no importa.
Zaira fue la primera en reaccionar.
Se arrodilló frente a ella y tomó sus manos.
—Claro que importa.
—Pero estoy sola...
—No.
La respuesta fue inmediata.
—No estás sola.
Yelena se acercó enseguida y se sentó a su lado.
—Escúchame bien, hija.
Marel la miró.
—Ese bebé nunca estará solo.
Porque te tiene a ti.
Y nos tiene a nosotras.
Las lágrimas volvieron a brotar de los ojos de Marel.
—Mamá...
—Vamos a salir adelante.
Como siempre lo hemos hecho.
Yelena acarició su cabello con ternura.
—No sé cuánto trabajo costará.
No sé cuántas dificultades vendrán.
Pero te prometo que ese niño crecerá rodeado de amor.
Zaira asintió.
—Y tendrá una madre increíble.
La mejor.
—Y una tía insoportable —intentó bromear Marel entre sollozos.
—Exactamente.
La más insoportable de todas.
Las tres sonrieron apenas.
Una sonrisa pequeña.
Entonces Yelena y Zaira la abrazaron al mismo tiempo.
Marel se aferró a ellas con fuerza.