Eduardo Belmont lo tiene todo: poder, dinero y el control absoluto de un imperio empresarial. Pero tras la muerte de su esposa, el hombre más temido del mundo corporativo se convirtió en una sombra. Se refugió en el trabajo, en noches vacías y en una frialdad que mantuvo a todos a distancia, incluida su propia hija.
Clara tiene apenas meses de vida y nunca ha sentido los brazos de su padre.
Cuando Alana llega a la mansión Belmont como niñera, lo único que espera es un empleo estable. Lo que encuentra es una casa llena de silencio, una bebé que necesita amor desesperadamente y un hombre que parece incapaz de sentir. Pero detrás de la mirada gélida de Eduardo, Alana descubre algo que nadie más ha visto: un corazón roto que todavía late.
Lo que comienza como un deber profesional se transforma en algo que ninguno de los dos puede controlar. Cada sonrisa de Clara los acerca. Cada roce accidental enciende algo prohibido. Y mientras Eduardo lucha contra lo que siente por la mujer que le devolvió la luz, alguien observa desde las sombras, dispuesta a destruir todo lo que Alana ha construido.
Entre la pasión que crece, los secretos que acechan y una obsesión peligrosa que amenaza con arrasar con todo, Eduardo tendrá que decidir: seguir escondiéndose detrás de su armadura de hielo... o arriesgarlo todo por el amor que jamás creyó merecer.
Una historia de segundas oportunidades, amor prohibido y la familia que el destino tenía reservada.
NovelToon tiene autorización de Vitória Tavares para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7 — Entre la huida y el deber
La noche había caído sobre la ciudad.
Afuera, las luces de los edificios brillaban como estrellas artificiales.
En el último piso del Grupo Belmont, solo una oficina permanecía encendida.
La de Eduardo.
La corbata ya estaba aflojada.
Los primeros botones de la camisa azul oscuro estaban abiertos.
Sobre el escritorio, dos copas de vino.
Y Patricia.
Ella estaba recargada en el borde del escritorio, usando un vestido negro ceñido que resaltaba cada curva de su cuerpo.
Los ojos fijos en él.
Una sonrisa provocativa en los labios.
— Andas diferente… — murmuró, acercándose lentamente.
Eduardo la observó en silencio.
— ¿Diferente cómo?
Patricia pasó la punta de los dedos por la solapa del traje de él.
— Más distante.
Su voz salió baja.
— Hasta conmigo.
Eduardo soltó una media sonrisa sin humor.
— Tú y yo nunca fuimos cercanos, Patricia.
Ella levantó la mirada.
— Tal vez quiero cambiar eso.
Antes de que él respondiera, Patricia se acercó más y unió sus labios a los de él.
El beso comenzó lento y caliente.
Lleno de tensión acumulada.
Eduardo correspondió, atrayéndola por la cintura con firmeza.
Patricia entrelazó los brazos alrededor del cuello de él, profundizando el beso.
El ambiente parecía encogerse alrededor de los dos.
El sonido de la respiración.
El roce.
La fuga perfecta.
Por unos segundos, Eduardo logró olvidar.
Olvidar la mansión vacía.
La habitación silenciosa.
Los recuerdos de Eleonor.
El llanto de Clara.
Pero entonces…
TRIIIIIM.
El sonido del celular cortó el ambiente como una cuchilla.
Eduardo se apartó de inmediato.
Patricia soltó un suspiro irritado.
— Ay, no…
El teléfono seguía sonando sobre el escritorio.
En la pantalla, un recordatorio:
21:00 — Volver a casa / Clara
Patricia frunció el ceño.
— ¿Pusiste una alarma?
Eduardo tomó el celular y apagó el sonido.
— Sí.
Ella cruzó los brazos.
La mirada cambió por completo.
— ¿Estás hablando en serio?
Eduardo tomó el saco.
— Tengo que irme.
La rabia en el rostro de ella fue inmediata.
— ¿Me vas a dejar aquí por una alarma?
La voz salió más alta.
— ¿En medio de esto?
Eduardo la miró con frialdad.
— Sí.
Patricia dio un paso al frente.
— ¡Eduardo, estaba contigo!
Él se puso el saco con calma.
— ¿Y?
La respuesta salió dura.
Ella lo miró, incrédula.
— ¿Cómo que "y"?
Su mirada se llenó de irritación.
— No soy cualquiera para que te vayas así.
Eduardo finalmente la miró directo a los ojos.
La mirada fría.
Impenetrable.
— Patricia.
La voz salió baja, autoritaria.
— Lo que tenemos es casual.
El silencio se apoderó de la oficina.
Ella pareció acusar el golpe.
— ¿Casual?
— Sí.
Él se acercó justo lo suficiente para que ella entendiera cada palabra.
— No te debo explicaciones.
Patricia apretó los labios, furiosa.
— ¿Entonces es eso?
— Es eso.
Eduardo tomó la llave del auto.
— Mi hija va primero.
La frase la dejó aún más furiosa.
— Qué curioso que te acuerdes de que tienes una hija justo ahora.
La mandíbula de él se tensó.
La mirada se oscureció.
— Cuidado con lo que dices.
Patricia respiró hondo.
Todavía irritada.
Pero retrocedió.
Eduardo caminó hasta la puerta y, antes de salir, dijo sin voltear:
— Mañana temprano quiero los currículos de las candidatas al puesto de niñera en mi escritorio.
La puerta se cerró.
Patricia se quedó sola en la oficina.
Los puños apretados.
Los ojos ardiendo de odio.
— Te vas a arrepentir, Eduardo Belmont.
Mientras tanto, en la mansión…
Clara estaba despierta.
Sentadita en la cuna, abrazada a un osito rosa, mirando hacia la puerta del cuarto como si esperara a alguien.
Y esa noche… por primera vez,
Eduardo cumpliría la promesa de volver temprano.