Durante tres años, Cloe Conti y Mattheo Farina tuvieron una sola regla: nada de besos, nada de sentimientos.
Hasta que una noche la rompieron... Y después, Cloe desapareció.
Cuando finalmente regresa, ya no es la mujer desafiante y despreocupada que Mattheo conocía. Lleva consigo heridas que nadie puede ver y recuerdos que amenazan con destruirla.
Mattheo sabe que no puede borrar lo que le hicieron.
Pero puede quedarse.
Puede protegerla.
Puede recordarle quién era antes de que intentaran arrebatárselo todo.
Lo que ninguno de los dos espera es descubrir que aquello que durante años llamaron deseo quizá siempre fue algo mucho más peligroso.
Porque Mattheo Farina estaría dispuesto a enfrentarse al mundo entero por Cloe.
Y esta vez, su princesa no tendrá que luchar sola.
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Nada de besos (+18)
Mattheo
Su sonrisa desaparece.
Sus ojos brillan febriles, con el mismo calor, que siento calcinar mi piel.
Ahí está. Ese pequeño cambio.
Esa tensión que siempre aparece entre nosotros justo antes de que alguno haga algo estúpido.
—No —responde.
—¿Segura?
Traga ruidosamente.
—Segura.
Me acerco un poco.
—Quizá me podrías recomendar a alguien.
—Te recomendaría terapia.
Suelto una carcajada.
Y esa tensión que me acompañaba desde hace dos meses de pronto desaparece.
—Solo decía… que esto es un hotel. Arriba hay muchas habitaciones disponibles.
Sonríe.
—Que tú y tu mano se diviertan esta noche. Adiós, Mattheo.
Se aleja.
Esta vez no la sigo.
Respiro una vez.
Dos.
Tres veces.
Se detiene sin girarse.
Sonrío.
Sabía que lo haría.
—¿Vienes? —pregunta.
Maldita sea.
Dos meses.
Y bastaron cinco minutos con ella para recordar por qué ninguna otra mujer me interesa.
Tomo su mano, y por unos segundos me quedo ahí, disfrutando del calor de su piel y del anhelo en sus ojos.
—No puedes mirarme así —susurra.
—¿Así cómo?
—Como si llevaras dos meses esperando verme.
—Llevo dos meses intentando no verte.
—¿Y cómo te está funcionando?
Miro su cara y bajo por su cuerpo antes de admitir: —Terriblemente.
Ríe libremente, dejando caer su cabeza hacia atrás.
Es hermosa.
Aprieto su mano y avanzo entre la gente en dirección a los ascensores.
Una vez en ellos presiono el botón del piso trece.
Cuando las puertas se cierran la arrincono.
—Recuerda nuestro acuerdo —susurra.
Sé perfectamente a qué se refiere.
Nada de dormir juntos.
Nada de preguntas.
Nada de celos.
Y, sobre todo, nada de besos.
Miro sus labios. Por más tiempo del que tengo derecho.
—Mattheo...
—Cállate, princesa —digo antes de besar su cuello.
Sus dedos se enredan en mi cabello y sube su pierna hasta mi trasero, abriéndose para mí en una invitación que he estado esperando por dos putos meses.
Subo su vestido y sonrío cuando descubro que no lleva bragas.
—Siempre lista.
—Me conoces —susurra en mi oído—. No me gusta perder el tiempo.
Me pierdo en la profundidades de sus ojos oscuros como el ónix.
Son preciosos.
Quisiera hundirme en ellos y no salir más a respirar.
—Te extrañé —siseo antes de enterrar mis dedos en la calidez de su cuerpo.
Entierra sus uñas en mis bíceps
Beso su barbilla y todo el costado de su cuello mientras voy arrancando un gemido detrás de otro.
Siempre sé lo que le gusta.
Siempre sé dónde quiere que la toque.
Y lo que es peor de todo, siempre quiero tocarla.
Esto es una puta locura.
Las puertas del elevador se abren.
Tomo su mano y la arrastro a mi habitación.
Cada vez que hay un lanzamiento fuera de la empresa, me hospedo en el hotel más cercano, con la esperanza de que ella venga.
Y siempre viene.
Cada maldita vez.
Entramos a la habitación, empujándonos el uno al otro, mientras nos quitamos la ropa.
Me empuja a la cama y se sube a horcajadas sobre mí.
Siempre ha sido así.
Desde la primera vez que estuvimos juntos… Hace ya tres años.
Su boca se pierde en mi cuello mientras abro el paquete plateado con mis dientes.
—Dámelo —exige antes de quitármelo.
Me coloca el preservativo con movimientos expertos antes de hundirse en mí.
La abrazo con fuerza y la pego más a mi cuerpo.
—Te extrañé, princesa.
—Cállate y fóllame, Farina.
Me giro con ella y la tomo como he soñado hacerlo desde la última vez que nos vimos, en el cumpleaños de Dylan.
La última vez terminamos haciéndolo en el baño de Kei mientras todos estaban abajo.
Fue una locura.
Fabiano estaba ahí.
Todos nuestros amigos estaban ahí… pero no pudimos contenernos.
—Sí, sí. ¡Sí! —grita mientras su espalda se separa del colchón—. No te atrevas a parar —pide mientras sus uñas se entierran en mi trasero.
Sujeto su cuello con una mano y con la otra subo su trasero a mi encuentro.
El sonido de nuestros cuerpos chocando.
El calor que emana de nosotros.
El deseo que puedo ver en sus ojos.
Sus gemidos.
Todo se transforma en ese coctel embriagador que solo siento con ella.
Su grito resuena por toda la habitación cuando termina.
Sus dedos se entierran en mi cadera y me arrastra con ella.
Caigo sobre su cuerpo mientras lucho por llenar mis pulmones de aire.
Ruedo para no aplastarla.
Me mira con la sonrisa más hermosa que he visto en mi puta vida y levanta su mano.
Levanto la mía y chocamos nuestros puños.
Lo hacemos cada vez.
No es amor.
Es un acuerdo entre amigos que se quieren mucho.
—Todavía no pierdes tu toque, Mattheo Farina.
Sonrío.
—Ni tú el tuyo, Cloe Conti.
Ambos nos reímos mientras le damos un tiempo a nuestros pulmones para seguir funcionando.
tu eres un poco hombre y ahora sí sabemos que no es tu hijo
cloe tiene un hijo y es de Mateo 🎉🎉🎉🎉