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Las órdenes privadas de mi jefe

Las órdenes privadas de mi jefe

Status: En proceso
Popularitas:6.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

# Capítulo 12: Trabajar

Héctor Quiroga era muchas cosas: director de operaciones, alma de las fiestas, consumidor profesional de tacos, y novio comprometido con la mujer más guapa de la Condesa (según él). Pero por encima de todo, Héctor era un observador.

No del tipo académico. Del tipo callejero. Del que se sienta en una esquina con un café y en veinte minutos sabe quién engaña a quién, quién debe dinero y quién se acaba de enamorar. Un don que en la universidad le había servido para pasar los exámenes copiándole al compañero correcto, y que en la vida adulta le servía para algo mucho más importante:

Vigilar a Alejandro Montero.

Y lo que Héctor estaba viendo lo tenía al borde de la euforia.

Fue el jueves cuando lo confirmó. No con un evento grande —las confirmaciones importantes nunca vienen con fanfarria— sino con tres detalles microscópicos que cualquier otra persona habría pasado por alto.

Detalle número uno: el horario.

Héctor llegó a la oficina a las 8:10 para dejar unos papeles. Alejandro estaba en su escritorio, como siempre, con la pantalla encendida y el café en la mano. Pero no estaba leyendo la pantalla. Estaba mirando el reloj de la pared.

Eran las 8:10. Alegra llegaba a las 8:12. Héctor lo sabía porque ella le había contado que tomaba el metro de las 7:30 y que le daban exactamente cuarenta y dos minutos de puerta a puerta.

Alejandro Montero, un hombre que no esperaba a nadie, estaba mirando el reloj a las 8:10.

Está esperando que llegue, pensó Héctor. Está esperando a su secretaria como un perro espera a su dueño. Dios mío.

Detalle número dos: el abrigo.

A las once de la mañana, el aire acondicionado del piso dieciocho decidió compensar el mes anterior sin funcionar y empezó a congelar la oficina como si quisiera almacenar carne. Alegra, que ese día llevaba una blusa de manga corta, se abrazó a sí misma y siguió tecleando.

Héctor la vio tiritar desde la puerta. Estaba a punto de ofrecerle su saco cuando la puerta de cristal se abrió y Alejandro salió con algo en la mano.

No dijo nada. Pasó junto al escritorio de Alegra. Dejó un abrigo sobre el respaldo de su silla. Siguió caminando hacia la sala de juntas como si no hubiera hecho nada.

Alegra se quedó mirando el abrigo. Era nuevo. Azul marino. De cachemira. Con la etiqueta todavía puesta. Una etiqueta que Héctor, con sus ojos de halcón, alcanzó a leer desde tres metros: la marca era italiana, el precio era obsceno, y el tamaño era exactamente el de Alegra.

Le compró un abrigo. No uno del perchero de la oficina. Uno NUEVO. De su talla. ¿Cuándo averiguó su talla? ¿CÓMO averiguó su talla?

Alegra se puso el abrigo. Le quedaba perfecto. Se hundió en él con una sonrisa que intentó disimular y que no disimuló nada.

Detalle número tres: la voz.

Este fue el que mató a Héctor. Porque era el más sutil y, por lo tanto, el más revelador.

A las cuatro de la tarde, Héctor estaba en la antesala esperando para su reunión semanal con Alejandro. Alegra tomó una llamada del corporativo de Monterrey y la transfirió al despacho. Cuando terminó, le avisó a Alejandro por el intercomunicador:

—Señor Montero, la llamada de Monterrey terminó. ¿Necesita algo más?

—No. Gracias.

Dos palabras. Pronunciadas con el tono habitual de Alejandro: bajo, parco, definitivo.

Diez minutos después, entró un analista a entregar un reporte. Alejandro le dijo:

—Déjalo en la mesa. Gracias.

Mismo "gracias." Mismas dos sílabas. Pero el tono era distinto. Medio tono más alto. Medio grado más frío. La diferencia entre decir "gracias" a alguien y decir gracias a alguien.

Le habla diferente, pensó Héctor. Le habla medio tono más bajo que a todo el mundo. Y ni siquiera se da cuenta.

A las cuatro y media, Héctor entró al despacho y cerró la puerta.

Alejandro estaba revisando un estado financiero. No levantó la vista.

—Siéntate —dijo.

Héctor se sentó. Se despatarró en la silla de enfrente con las piernas cruzadas y los brazos detrás de la cabeza, porque trece años de amistad le habían ganado el derecho de sentarse como quisiera.

—Tengo que hablar de logística contigo —dijo Héctor—. Pero primero necesito que me contestes algo.

—Si es sobre la niña, no.

—No iba a preguntar sobre la niña.

—Tu cara dice que ibas a preguntar sobre la niña.

—Mi cara siempre dice muchas cosas. Es una cara expresiva. Es parte de mi encanto. —Héctor se inclinó hacia adelante—. ¿Te das cuenta de lo que estás haciendo?

Alejandro pasó una página del estado financiero.

—Trabajar.

—Le compraste un abrigo.

—Tenía frío.

—Un abrigo de cachemira. Italiano. De su talla exacta.

—El aire acondicionado funciona mal. Es responsabilidad de la empresa garantizar condiciones adecuadas de trabajo.

—Alejandro. Hermano. Escúchate. "Condiciones adecuadas de trabajo." Le compraste un abrigo que cuesta lo que ella gana en un mes y me lo justificas con lenguaje de recursos humanos.

Alejandro dejó de pasar páginas. No levantó la vista, pero su mano se detuvo sobre el papel con la quietud de alguien que está eligiendo cuidadosamente sus siguientes palabras.

—¿Qué es lo que quieres decir, Héctor?

—Quiero decir que llevas cinco semanas cambiando tus horarios para coincidir con ella. Que miras el reloj a las ocho y diez porque ella llega a las ocho y doce. Que tu voz baja medio tono cuando le hablas. Que le mandas mensajes por el sistema interno que podrías mandar por correo, pero el sistema interno se siente más... íntimo. Que Don Felipe me contó lo de la corbata. Que la señora de la limpieza me contó que el estudio huele a pintura todas las noches, más que nunca. Y que yo te conozco desde que teníamos diecinueve años y nunca, en trece años, te había visto así.

La pausa se alargó: que Alejandro usaba como arma: dejaba que el vacío incomodara al otro hasta que retirara lo dicho.

Héctor no retiró nada. Héctor nunca retiraba nada.

—Así ¿cómo? —preguntó Alejandro, con la voz nivelada.

—Así como alguien que quiere algo y no se lo permite.

La mandíbula de Alejandro se apretó. El bolígrafo empezó a girar entre sus dedos.

—Estás confundiendo las cosas. Es una empleada eficiente. La trato como trato a cualquier empleado.

—No le compras abrigos a cualquier empleado.

—Héctor.

—No miras el reloj esperando a que llegue cualquier empleado.

—Héctor.

—Y definitivamente no pintas toda la noche después de que cualquier empleado te limpia la corbata.

El bolígrafo dejó de girar. Alejandro levantó la vista. Sus ojos claros se encontraron con los de Héctor, y por un instante —un instante que Héctor atesoraría para siempre— la máscara se corrió un milímetro.

Fue apenas una grieta en un muro de concreto, casi invisible pero suficiente para revelar la presión acumulada dentro.

—¿Terminaste? —dijo Alejandro.

—No. Pero voy a parar porque tienes esa cara de "voy a despedir a alguien" y me gusta mi trabajo.

—No te voy a despedir.

—Lo sé. Soy demasiado útil. Y demasiado guapo. —Héctor se echó para atrás en la silla—. Solo digo una cosa más y me callo.

—Dila.

—Esa niña es buena, Alejandro. Es honesta, es fuerte, y come con las manos sin pedir disculpas. No sé qué va a pasar entre ustedes, pero si le haces daño, te rompo la cara. Y si tú mismo te impides ser feliz por esa mierda de "soy el director general y no puedo sentir nada", también te rompo la cara. Son dos opciones. En las dos te rompo la cara. Elige sabiamente.

Alejandro lo miró un largo rato. Luego, algo que Héctor casi no reconoció: la comisura izquierda de su boca se movió. No fue una sonrisa. Fue la posibilidad de una sonrisa. El fantasma de algo que, en otro universo, habría sido una carcajada.

—Logística —dijo Alejandro—. ¿Ibas a hablar de logística?

—Sí. El proveedor de Querétaro está pidiendo una extensión de plazo.

—Niégala.

—Hecho. —Héctor se levantó—. Ah, una cosa más.

—Dijiste que era la última.

—Miento mucho. Es parte de mi encanto. —Se detuvo en la puerta—. Ella usa el abrigo que le compraste. Se lo puso en cuanto te fuiste. Y sonrió. —Pausa—. Pensé que te gustaría saberlo.

Cerró la puerta.

Esa noche, Alegra se quedó hasta las nueve terminando un reporte para el consejo. Cuando recogió sus cosas, vio que la luz del estudio estaba encendida. El olor a pintura se filtraba por debajo de la puerta con la densidad de siempre.

Antes de irse, pasó por la oficina para dejar los documentos terminados. La puerta del estudio estaba cerrada, pero al lado del escritorio de Alejandro, en el cesto de basura, algo asomaba entre los papeles arrugados.

No debería haberlo mirado. No era asunto suyo. La basura de su jefe era exactamente eso: basura.

Pero la esquina del papel que asomaba tenía un trazo que le llamó la atención. Un trazo curvo, repetido. Familiar.

No lo hagas, Alegra. No revises su basura. Eso es cruzar una línea.

Lo hizo.

Sacó el papel con cuidado. Lo desdobló.

Docenas de trazos rápidos. El mismo rostro, repetido una y otra vez por toda la página. Una sonrisa. Hoyuelos. Pelo largo cayendo sobre los hombros. La nariz pequeña. Los ojos grandes. La barbilla redondeada.

Alegra miró el papel. Los trazos eran rápidos, casi furiosos, pero la repetición les daba una ternura involuntaria. Quien hubiera pintado este rostro lo había hecho tantas veces que ya no necesitaba pensar: la mano sabía el camino sola.

¿Quién es? Es una mujer. Tiene hoyuelos. Tiene el pelo largo. ¿Será alguien que conoce? ¿Una ex? ¿Una amiga? ¿Alguien de su familia?

Dobló el papel. Se lo guardó en el bolsillo del abrigo —el abrigo de cachemira que él le había comprado esa mañana—, sin saber por qué. Sin saber que ese papel era la primera pieza de un rompecabezas que tardaría semanas en armar.

Y sin saber que la mujer de los hoyuelos era ella.

En el estacionamiento, Don Felipe la esperaba junto al auto.

—Señorita Vega, el señor Montero me pidió que la llevara a su casa.

Alegra parpadeó. —¿A mi casa? No, Don Felipe, yo tomo el metro. No hace falta.

—Son instrucciones del señor. —Don Felipe abrió la puerta trasera con la cortesía de quien no acepta un no—. A esta hora el metro va muy lleno. Suba, por favor.

Alegra miró el auto. Miró a Don Felipe. Miró la noche de la Ciudad de México, con sus luces y su ruido y sus vendedores de tamales en cada esquina.

—¿Él le pidió que me llevara?

—Sí, señorita. Todos los días que salga después de las ocho. —Don Felipe hizo una pausa—. Dijo que era una... condición adecuada de trabajo.

Alegra se mordió el labio para no reírse. Se subió al auto.

En el camino a Iztapalapa, con las luces de Reforma pasando por la ventanilla como un río de ámbar, Alegra sacó el papel doblado del bolsillo del abrigo. Lo miró otra vez. Los hoyuelos. La sonrisa. El pelo largo.

¿Quién eres?, le preguntó al rostro pintado. ¿Por qué te pinta tantas veces? ¿Qué eres para él?

El rostro no respondió. Los hoyuelos siguieron sonriendo en silencio, guardando un secreto que Alegra todavía no estaba lista para descubrir.

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♾️Virginia☘Quijada☘Márquez☘️☘️
Es q no tiene un espejo para ver el. Parecido con ella misma 🥴
♾️Virginia☘Quijada☘Márquez☘️☘️
Interesante 🤣🤣ay Alejandro
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