«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 21: El peso de la corona
El zumbido del mercado financiero global era un monstruo que Nolan Cross sabía domar a la perfección, pero las últimas doce horas habían superado incluso sus propias proyecciones estadísticas. En las pantallas de alta definición que recubrían la pared principal de su despacho privado, los gráficos no dejaban de parpadear en un verde brillante y agresivo. Las acciones de Cross Enterprises se habían disparado un 25% en un repunte histórico sin precedentes.
La rueda de prensa del día anterior, donde Nolan había anunciado al mundo no solo su compromiso oficial con Dayana, sino también la llegada de un futuro heredero, había actuado como un desfibrilador para la confianza de los inversionistas. El mercado amaba la estabilidad, y nada gritaba más "imperio consolidado" que un magnate implacable sentando cabeza.
Nolan observaba las cifras con los brazos cruzados sobre el pecho, la mandíbula tensa y la mirada fija en el flujo de capitales. Llevaba una taza de café negro en la mano, intocable, dejando que el vapor se disipara en el aire acondicionado de la habitación. Sabía que cada punto porcentual de ese veinticinco por ciento no era un regalo; era un préstamo del destino, una corona de oro macizo cuyo peso comenzaba a hundirse directamente sobre sus hombros y, por extensión, sobre los de su nueva y falsa esposa.
—El precio del éxito, señor Cross —murmuró su asistente principal a través del intercomunicador— Los analistas de Wall Street están llamando a este fenómeno "El Efecto Dayana". La junta directiva está extasiada, pero la presión mediática está alcanzando niveles críticos.
Nolan presionó el botón con frialdad.
—Mantén a los tiburones de la junta bajo control. Y duplica la seguridad perimetral de la mansión. Ahora mismo.
Mientras el imperio financiero celebraba, en el ala este de la imponente propiedad, Dayana observaba el mismo fenómeno desde la pantalla de su computadora portátil. Sentada al borde de la lujosa cama que había ocupado desde su llegada, sentía que el aire de la habitación se volvía cada vez más denso. El titular de la revista de finanzas más importante del país parpadeaba ante sus ojos: «La boda del siglo salva el imperio Cross: ¿Quién es la mujer que domó al Emperador de Hielo?»
Un escalofrío recorrió su columna vertebral. Ella no había domado a nadie. Solo había firmado un trozo de papel para sobrevivir a la ruina y vengarse de la traición de su propia sangre. Pero el mundo exterior no buscaba contratos legales; buscaba un cuento de hadas corporativo, y estaban hambrientos de detalles.
De repente, un sonido agudo y mecánico interrumpió sus pensamientos. Dayana se levantó de prisa y se acercó al gran ventanal que daba a los jardines traseros. Al mirar hacia el cielo teñido por el atardecer, divisó la silueta oscura de un dron de alta gama flotando peligrosamente cerca de la propiedad, con el lente de su cámara apuntando directamente hacia los cristales de su habitación.
Los paparazzi no se estaban conteniendo. Estaban usando tecnología militar para capturar una sola foto que confirmara si la pareja realmente vivía bajo el idilio que habían vendido frente a los micrófonos.
La puerta de su habitación se abrió de golpe, sin previo aviso. Nolan Cross entró con la elegancia destructiva que lo caracterizaba, su traje gris hecho a medida perfectamente alineado, pero con una tormenta silenciosa reflejada en sus ojos oscuros.
—Prepara tus cosas —dijo sin preámbulos, su voz resonando como un mandato absoluto en el espacio cerrado.
Dayana parpadeó, desconcertada, dando un paso atrás.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando, Nolan?
—El servicio de la mansión está compuesto por seres humanos, Dayana, y los seres humanos hablan por dinero —explicó él, acercándose a la ventana y tirando de las pesadas cortinas de terciopelo con un movimiento seco, bloqueando la vista del dron exterior— El ama de llaves ya ha comenzado a notar que mis sábanas en el ala oeste permanecen intactas mientras tú pasas las noches en el extremo opuesto de la propiedad. Un solo rumor que se filtre a los tabloides sobre nuestras habitaciones separadas, y ese veinticinco por ciento de acciones se convertirá en humo para mañana al mediodía.
Dayana sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Me dijiste que tendría mi propio espacio. Ese fue nuestro trato.
—El trato cambia cuando los paparazzis usan drones con visión térmica para vigilar mis ventanas —replicó Nolan, fijando su mirada implacable en ella— A partir de hoy, dejas el ala este. Tu ropa, tus pertenencias y tú se trasladan a mi suite principal en el ala oeste. Mantendremos las apariencias ante el servicio, ante las cámaras y ante cualquiera que pise esta casa.
El traslado de sus pertenencias fue rápido y silencioso, ejecutado por dos doncellas que no se atrevían a levantar la mirada, pero cuyos rostros reflejaban una complicidad silenciosa que a Dayana le revolvía el estómago. Para el personal, la joven señora Cross finalmente estaba ocupando el lugar que le correspondía al lado de su esposo. Para Dayana, se sentía como adentrarse voluntariamente en la guarida del lobo.
La suite principal de Nolan en el ala oeste era tres veces más grande que su habitación anterior, decorada en tonos grises oscuros, maderas nobles y mármol negro. Era un reflejo exacto de su dueño: minimalista, imponente, fría y peligrosamente elegante. En el centro de la habitación, dominando el espacio, se encontraba una descomunal cama king-size vestida con sábanas de seda negra de ochocientos hilos.
Cuando la noche finalmente cayó sobre la ciudad, la realidad de la situación golpeó a Dayana con la fuerza de un camión. Se había duchado en el baño contiguo, vistiéndose con un camisón de seda blanco que, aunque era lo más recatado que había encontrado en su guardarropa de diseñador, se sentía terriblemente expuesto en ese nuevo entorno.
Se sentó en el lado izquierdo de la enorme cama, manteniendo el cuerpo rígido. El plan acordado era estrictamente platónico: la cama era lo suficientemente grande como para que dos personas durmieran sin llegar a rozarse jamás, pero la atmósfera del lugar estaba tan cargada de expectativas silenciosas y timidez que el simple tic-tac del reloj de pared parecía ensordecedor. Cada sombra, cada sonido de la mansión parecía amplificar el hecho de que estaba a punto de compartir su intimidad con el hombre más peligroso y poderoso del país.
Abrazó sus propias rodillas, tratando de calmar los latidos desbocados de su pecho. Sabía que esto era solo parte del precio de su apellido, una cláusula invisible que no venía estipulada en los papeles, pero que debía pagar si quería ver caer a quienes la destruyeron. Sin embargo, estar allí, esperando que él cruzara la puerta para compartir el descanso, despertaba en ella una vulnerabilidad que no había previsto.
Pasadas las once de la noche, el sonido metálico del pomo de la puerta principal girando hizo que Dayana se tensara por completo. Contuvo el aliento, esperando ver aparecer al frío ejecutivo con el ceño fruncido y los papeles bajo el brazo.
Empujó la puerta de madera noble con suavidad y entró a la habitación, pensando que ella ya estaría dormida debido a lo tarde de la hora. No se había percatado de que Dayana continuaba despierta, sentada en la penumbra.
Con un movimiento fluido producto del cansancio de una jornada extenuante, Nolan se desabrochó la corbata de seda y la dejó caer sobre el sillón de cuero individual. Acto seguido, sus manos expertas desabotonaron los puños de su camisa blanca y, sin dudarlo, se la quitó de los hombros de un solo tirón, dándole la espalda a la cama.
Dayana se quedó completamente petrificada, el aire atrapado en sus pulmones de manera instantánea.
La luz tenue de las lámparas de la suite delineaba a la perfección la imponente y atlética silueta del magnate. Su espalda era ancha y marcada por el esfuerzo físico, mostrando una musculatura esculpida con una precisión casi escultórica que denotaba poder y control absoluto. Las líneas de sus hombros descendían firmes hacia una cintura estrecha, y la piel de su torso reflejaba la salud y la vitalidad de un hombre en la cúspide de su fuerza. Era una estampa de masculinidad pura, abrumadora e inevitable, que llenaba por completo el espacio de la habitación y reducía el mundo de Dayana a ese único punto focal.
El sutil roce de las sábanas delató que ella se había movido apenas unos milímetros debido a la sorpresa. Nolan, con el oído agudizado por años de mantenerse alerta en el mundo de los negocios, se percató de inmediato de su presencia despierta.
No se cubrió, ni mostró el más mínimo signo de incomodidad o sorpresa por haber sido descubierto en su intimidad. En su lugar, giró lentamente la cabeza, mirándola de reojo con esos ojos oscuros y profundos que parecían capaces de leer cada uno de sus pensamientos ocultos. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible y cargada de una ironía mordaz, se dibujó en la comisura de sus labios al notar el evidente rubor que teñía las mejillas de la joven.
Con una voz grave, pausada y de un magnetismo que hizo vibrar el aire de la suite, Nolan rompió el silencio de la noche:
—Acostúmbrate a la vista, esposa.
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