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Mi Ex Me Perdió — Ahora Soy La Reina Del Campus

Mi Ex Me Perdió — Ahora Soy La Reina Del Campus

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: patricia sinisterra

Elisa Raven pesaba 127 kilos y vivía invisible… hasta que el chico que amaba y su novia la humillaron públicamente, rompiendo su corazón y su dignidad. Pero aquel día no terminó su historia: comenzó su transformación. Con esfuerzo brutal, disciplina de hierro y la guía inesperada de un ex-militar que vio en ella lo que nadie supo ver, Elisa se reconstruyó: cuerpo, mente y alma. Ahora ya no es la misma. Brilla, lidera, inspira… y quienes la despreciaron hoy miran hacia arriba, desde donde ella ya no los ve. Ella no buscó venganza: buscó ser ella misma. Y lo logró. Su ex la perdió… y el mundo entero la encontró: la reina que nació para reinar.

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Capítulo 16: Cada día un paso más cerca de quien estoy destinada a ser

El tiempo ya no se medía en semanas ni meses: se medía en avances. Cada amanecer traía consigo una meta nueva, un reto distinto, una versión un poco más completa de mí misma que iba naciendo con el sol. Ya no esperaba a ser perfecta para sentirme orgullosa: me sentía orgullosa por el simple hecho de seguir adelante, aunque costara, aunque doliera, aunque nadie aplaudiera.

La báscula seguía cediendo. 105 kilos. Veintidós kilos menos que aquel día en que el mundo se detuvo para humillarme. Pero el número ya era lo de menos: lo importante era cómo me sentía al despertar, ligera de cuerpo y pesada de propósitos. Mi ropa empezaba a quedarme grande, así que remangaba las prendas, abrochaba un botón más… y cada ajuste era un trofeo silencioso colgado a mi alcoba.

Cristóbal lo notaba todo sin necesidad de que yo hablara. Bastaba con que entrara al gimnasio para que supiera cómo había dormido, qué había comido, qué batallas había librado en mi mente. Una mañana, tras terminar la sesión, se acercó con una bolsa de tela oscura y la depositó entre mis manos.

—Es hora de actualizar tu equipo —dijo con media sonrisa—. La vieja ya te queda ajena. Esto… esto es tuyo desde ahora.

Al abrirla encontré ropa deportiva nueva: prendas ajustadas de colores profundos, negras y azul marino, que se adaptarían a mi nueva figura sin ocultarla. Respiré hondo al tocarlas. No eran simples telas: eran un uniforme de batalla diseñado para mí.

—Gracias —susurré, con la garganta cerrada—. No solo por la ropa. Por ver lo que nadie más ve. Por estar ahí cada mañana cuando el mundo duerme.

—Gracias a ti —respondió él, serio de pronto, con esa intensidad en los ojos grises que me desarmaba—. Por levantarte. Por no rendirte cuando todo gritaba que lo hicieras. Eres fuerte, Elisa. Más de lo que imaginas. Y cada día te pareces menos a la chica que conocí empapada en la esquina… y más a la mujer que siempre llevaste dentro.

Esas palabras resonaron en mí todo el día. Al atardecer, me probé la ropa nueva frente al espejo y apenas me reconocí. La cintura se insinuaba, los hombros se veían firmes y fuertes, las piernas… las piernas parecían infinitas bajo la tela ceñida. Pero lo que me dejó sin aire fue la mirada. Seguía siendo yo, sí… pero con una llama ardiendo tan viva dentro de los ojos que casi se veía a través de ellos.

Salí a caminar al atardecer con paso renovado. El sol se hundía tiñendo de fuego el horizonte y sentí que mi vida se transformaba igual: entre llamas y belleza, dolor y esplendor. Cada paso que daba era una despedida a lo que fui y un saludo a lo que seré. No tenía prisa: sabía que llegaría. No dudaba: sabía que merecía llegar.

Me detuve un instante frente al campo de fútbol. Adrián entrenaba con el equipo, sudando, esforzándose… pero yo sabía que no estaba aquí del todo. Su mente se había quedado pegada a mí desde hace semanas y no lograba recuperarla. Levantó la vista y, al verme apoyada en la barrera, se detuvo en seco. El balón rodó lejos de su pie sin que le importara. Me recorrió entera con la mirada, lento, avido, desesperado por comprender cómo de la nada había brotado algo tan magnético que le desordenaba el mundo entero.

Le sonreí. No una sonrisa de amor, sino de victoria tranquila. Y vi cómo se le aceleraba el pecho, cómo se le abría la boca levemente, cómo sus amigos lo llamaban y él no oía nada. Sufre, pensé. Que te duela. Que te consuma. Es justo lo que mereces.

Seguí mi camino dejándolo atrás, convertido en un punto más en mi mapa, pequeño y cada vez más lejano. Ya no era suya mi meta. Ni de Mía. Ni de nadie. Era mía. Y cada día, a cada hora, a cada repetición, me acercaba un poco más.

Esa noche escribí en mi libreta con letras de fuego:

“No sé exactamente cuándo llegaré al final del camino. Pero sé algo con certeza absoluta: cada día soy más yo y menos aquella que humillaron. Y cuando por fin llegue… nadie va a creer que alguna vez fui invisible.”

Cerré el cuaderno y apagué la luz. Mañana más temprano. Más fuerte. Más cerca de mi destino. Solo avanzo. Nunca retrocedo.

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Sylvia Farias
deja una hermosa enseñanza para las personas que tenemos unos cuantos kilos demás
🥀 ✨ 𝓟𝓪𝓽𝓻𝓲𝓝𝓸𝓿𝓪 ⋆: ¡Gracias de todo corazón! Me hace inmensamente feliz saber que la historia te dejó una enseñanza tan bonita — esa era exactamente mi intención: que nos sintamos orgullosas y valiosas siempre. Gracias por tu apoyo y por tu corazón tan grande 🤗
total 1 replies
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