Arianna Falcone creyó que la muerte de Lucio Castelli, capo de la Sagrada Familia, significaría por fin su libertad. Se equivocó.
Con la organización al borde de una guerra interna, su padre pretende utilizarla otra vez y casarla con el hombre que consiga hacerse con el poder.
La única salida es Nino Farina.
Tiene veinte años, una sonrisa fácil y la violencia corriendo por las venas. Para impedir que los antiguos capitanes de Lucio recuperen el control, deberá tomar la Sagrada Familia. Y Arianna puede darle la legitimidad que necesita.
La solución: un matrimonio por contrato.
Seis meses. Habitaciones separadas. Ninguna obligación. Y una cláusula que le permite a Arianna marcharse cuando quiera.
No es amor. Solo una alianza.
Hasta que Arianna descubre junto a Nino todo aquello que nunca sintió con su primer marido: curiosidad, deseo y seguridad.
Porque esta vez no será elegida sin poder decidir.
Esta vez, ella también elegirá.
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La libertad también necesita práctica
Arianna
El mundo se queda completamente quieto.
Ni siquiera siento mis manos.
Lo único que escucho es esa frase.
Se casará con él.
Lucio está muerto.
Lucio está muerto.
Lucio está muerto.
Y no importa. Porque hay otro.
Siempre habrá otro.
Otro hombre.
Otro acuerdo.
Otro apellido.
Otro dormitorio.
Otra puerta cerrándose.
—Repita eso.
La voz de Fabiano es tan tranquila que me da más miedo que si estuviera gritando.
Mi padre no lo nota.
Nunca fue bueno reconociendo el peligro cuando estaba convencido de tener razón.
—No voy a permitir que nuestra familia pierda todo lo que conseguimos con ese matrimonio. Si uno de esos hombres controla la Sagrada Familia, necesitará legitimidad. Arianna puede dársela.
Puede.
Como si estuviera hablando de tierras.
Dinero.
Una firma.
—Ella no es una propiedad.
—Es mi hija.
—Eso tampoco la convierte en una propiedad.
—No sabes cómo funciona nuestra familia.
Fabiano guarda silencio.
—No —dice finalmente—. Y cada vez estoy más agradecido.
Mi padre eleva la voz.
—No tienes ningún derecho a retenerla aquí.
Mi cuerpo se encoge.
La reacción es inmediata.
La mandíbula me empieza a doler de tanto apretarla.
—Yo no estoy reteniendo a nadie —responde Fabiano—. Arianna puede salir de esta casa cuando quiera.
—Entonces llámala.
No.
Por favor.
—No.
—Quiero hablar con mi hija.
—Y yo quiero que salga de mi casa.
El silencio dura aproximadamente cinco respiraciones.
—No voy a irme sin ella.
Escucho movimiento.
Una silla.
Pasos.
Después la voz de Fabiano mucho más cerca.
—Entonces tendré que hacer que lo saquen.
—¿Me estás amenazando?
—No. Le estoy explicando lo que ocurrirá durante los próximos treinta segundos.
Hay otros pasos.
Más pesados.
Seguridad.
—No volverá a entrar en esta casa —continúa Fabiano—. No volverá a enviar hombres. No intentará ponerse en contacto con Arianna por medio de terceros. Y no volverá a verla hasta que ella diga expresamente que quiere hacerlo.
—Es mi hija.
—Ya lo mencionó.
—No puedes impedir…
—Veintidós segundos.
A pesar de todo, algo dentro de mí casi quiere reír.
Casi.
—Esto no termina aquí, Conti.
—Para usted, hoy sí.
La puerta principal se abre.
Voces.
Después se cierra.
Me quedo inmóvil.
No sé cuánto tiempo.
Cinco segundos.
Cinco minutos.
Quizás más.
Mis piernas empiezan a doler.
No consigo moverlas.
Entonces escucho pasos por el corredor.
Mi respiración vuelve a acelerarse.
—Arianna.
Fabiano.
No respondo.
Los pasos se detienen.
—Sé que estás ahí.
Cierro los ojos.
No quiero que me vea así.
No quiero que nadie me vea así.
Escucho cómo se agacha al otro lado del sillón.
No intenta moverlo.
No intenta tocarme.
—Se fue. —Trago saliva—. No va a volver a entrar.
Consigo bajar lentamente los brazos.
Fabiano está a unos metros.
Sentado en el suelo.
No sabía que los capos se sentaban en el suelo con personas escondidas detrás de muebles.
Supongo que Lucio nunca me enseñó esa parte.
—Lo escuché —susurro.
Fabiano asiente.
—Lo imaginé.
Miro mis manos.
—Va a volver.
—No.
—No lo conoces.
—Él tampoco me conoce a mí.
Hay algo tan simple en la forma en que lo dice que levanto la mirada.
Fabiano parece furioso.
No conmigo.
Todavía me cuesta distinguirlo algunas veces.
Durante años, la furia de un hombre siempre terminaba siendo problema mío.
—No quiero volver con él.
Mi voz se rompe al final.
Odio eso.
Fabiano niega lentamente con la cabeza.
—No vas a volver con él.
—Va a intentar…
—Arianna. —Me callo—. Mírame. —Lo hago—. No voy a casarte con nadie. —Algo dentro de mi pecho se aprieta—. No voy a entregarte a tu padre —continúa—. Ni a un capitán de Lucio. Ni a ningún otro hombre.
Las lágrimas aparecen antes de que pueda detenerlas.
Desvío la mirada.
—Pero él…
—No importa lo que él quiera.
Me quedo mirándolo.
Es una frase extraña.
No importa lo que él quiera.
Mi padre siempre importó.
Lo que quería.
Lo que pensaba.
Lo que ordenaba.
Después Lucio.
Lo que quería.
Lo que pensaba.
Lo que ordenaba.
No recuerdo la última vez que alguien habló como si los deseos de esos hombres fueran irrelevantes.
Fabiano se pone de pie.
Me ofrece una mano, pero no se acerca más.
La miro.
Después de unos segundos, la tomo.
Me ayuda a levantarme.
Mis piernas tiemblan.
—Nadie va a obligarte a hacer nada —dice.
Asiento.
Quiero creerle.
De verdad quiero.
Fabiano espera hasta que consigo sostenerme sola.
Después mira hacia el extremo del corredor.
Frunce el ceño.
Sigo su mirada.
Hay alguien allí.
Nino Farina.
No sé cuánto tiempo lleva parado.
No sé cuánto escuchó.
Está apoyado contra la pared, vestido de negro, con una mano dentro del bolsillo y la otra cerrada alrededor de su teléfono.
He visto a Nino sonreír prácticamente desde el día que lo conocí.
Sonríe cuando entra en una habitación.
Sonríe cuando Mattheo amenaza con matarlo.
Sonríe cuando Viola le pega en la mano por robar comida antes de la cena.
Parece tener una respuesta absurda preparada para todo.
Ahora no sonríe.
Está mirando el lugar del suelo donde yo estaba escondida.
Después levanta los ojos hacia mí.
Por un instante, algo oscuro aparece en su rostro. Tan rápido que podría haberlo imaginado.
Fabiano rompe el silencio.
—Nino. —Él lo mira—. Necesitamos hablar.
Nino guarda el teléfono en el bolsillo.
Entonces vuelve a mirarme.
Esta vez su expresión es distinta.
Más suave.
No pregunta qué pasó.
No pregunta por qué estaba en el suelo.
No hace una broma.
Solo inclina ligeramente la cabeza antes de seguir a Fabiano hacia el despacho.
Los observo desaparecer y vuelvo a mirar mis manos.
Nadie va a obligarte a hacer nada.
Repito las palabras en silencio.
Una vez.
Dos.
Tres.
Como si fueran algo que pudiera aprender.
Como si la libertad también necesitara práctica.
Nino pero si en su momento se pondrá más difícil muchos quieren la Sagrada Familia a si que esperemos no seas tan orgulloso y tomes la palabra de tu padre con la ayuda de todos
a disfrutar al bombocito de Farina
🥺🥺🥺 nino tan tierno con tanta espera 💪💪💪Ary muy bien
ya no se contengan desaten todo su amor 💗💗💗💗 porque dense cuenta es amor un amor real del bueno sincero puro hermoso 😌